El mentiroso
Capítulo II
El sol, ese sol que amaba Verónica, y que tanto echaba de menos en Londres, era ahora su enemigo. El coche se detuvo, y Raquel fue la primera en abrir la puerta, Verónica decidió que era mejor usar las gafas oscuras, sus ojos no iban a permitirle ese día demasiadas alegrías.
Raquel ofreció el brazo a su hija y esta, obediente, decidió aceptar el apoyo. Hacía bastante tiempo que no era posible ver a madre e hija juntas, la gente pareció tomarse un respiro para admirarlas.
Raquel vestía un precioso vestido de encaje negro, con un bonito sombrero de ala en el que adornaba, natural, una pequeña pluma negra. Todavía mantenía intacta su belleza expresiva, sin duda era una mujer con estilo. Su pelo claro, lo recogía elegante en un moño, y sus largas y llamativas piernas las embutía con elegancia en medias negras. Mirar a la exmujer del difunto era lo más sereno y hermoso que uno podía ver en aquella triste mañana otoñal.
Verónica era la huella del derrumbamiento y el dolor. Su rostro no estaba maquillado, y su pelo enmarañado caía sobre la tez blanca y desencajada. Encorvada, andaba con la cabeza apoyada sobre el hombro de su madre. Nadie se atrevió a mirarla directamente, según madre e hija iban pasando, uno a uno, todos los numerosos asistentes al sepelio fueron bajando la cabeza, en señal de respeto ante tan enorme dolor.
Para el joven padre James aquella no era una inhumación como otra cualquiera, hacía escasos días que habían enterrado a Angélica Lograft, y por aquellos extraños designios que solo Dios sabe, algo conmocionado tenía ahora que oficiar el entierro de Cail Lograft.
Si al entierro de la vieja Lograft había habido asistencia dentro de la comunidad, el de su hijo era multitudinario. Cail, además de dar empleo con su empresa a miles de personas, era un hombre querido y respetado por su bondad.
El padre James, algo nervioso, empezó la ceremonia.
Verónica estaba sumida en sí misma, el caparazón que formaba su duelo no dejaba rescoldo alguno para apreciar lo que ocurría a su alrededor.
Hacía tan solo tres días, su padre y ella habían pasado una noche juntos y los dos se habían sentido unidos y bien. ¡Tenía tantos y tantos planes!, a pesar de la distancia su padre había seguido siendo una pieza importante en su vida.
Sintió el beso cariñoso de su madre sobre su mejilla, y levantó la cabeza. Todos las observaban.
—Cielo, van a bajar el ataúd, creo… creo que deberíamos marcharnos ya para casa.
Cuatro hombres con dos gruesas cuerdas bajaban la caja mortuoria. Verónica no respondió a su madre, pero cuando uno de los hombres fue a coger la pala, Verónica pareció cobrar sentido de lo que estaba pasando, y gritó:
—No, esperen… Dios mío… esperen.
Soltó el brazo de su madre, y con paso inseguro se dirigió hacia el hueco por el que había sido descendido el féretro.
Sería difícil que nadie de los que se encontraban allí pudiera olvidar aquella escena tan llena de amor; Verónica se arrodilló, cogió un puñado de arena y tras besarlo lo dejo caer en la tumba.
—Adiós… papá —sollozó.
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