El mentiroso
Capítulo III
Verónica miró hacia delante y vio como la bola rojiza que era el astro solar parecía romperse al juntarse con los numerosos minaretes árabes. Iba a entrar en una ciudad de leyenda, la urbe del Templo de Salomón, el santo lugar donde Mahoma ascendió a los cielos, y el sitio donde vivió, murió y resucitó Jesucristo.
Sin embargo, Jerusalén no comenzaba siendo muy benévola con sus dos nuevas visitantes, un fuerte y periódico viento soplaba de costado, haciendo el mero hecho de respirar algo dificultoso. Pero eso no era lo peor de aquella misteriosa y poco agradable ventisca, que los árabes denominaban hamsin (palabra que en árabe significa cincuenta), porque se creía que estos vientos orientales soplaban durante cincuentas días al año, este agente atmosférico hacía que, de forma gradual, la temperatura subiera poco a poco. El autobús, disminuyendo su velocidad, entró en la calle de Yafo y en una maniobra ya acostumbrada giró para hacer su entrada en la caótica estación de autobuses de la milenaria Jerusalén.
Si Verónica había pensado que todo el sofocante calor ya lo había soportado dentro del autobús, pronto se dio cuenta de su error. Ahora, cuando bajaba uno a uno los escasos cuatro escalones que le separaban del humeante asfalto, se dio cuenta de que, aunque no lo pareciera, el aire acondicionado del autocar había estado haciendo su efecto.
La estación no le pareció a Verónica muy diferente de la que ya viera en Tel Aviv. Solo el impávido hamsin hacía que esta pareciera más insufrible. El edificio era antiguo, como no podía ser menos en aquella ciudad, y un conglomerado arquitectónico sin sentido alguno, pues se podían ver las diferentes ampliaciones hechas sin gusto y de forma monumental y caótica.
Tuvieron que esperar a que el conductor del autobús abriera el maletero para de esta forma poder sacar sus escuetas maletas, las normas de la compañía de autobuses israelita no permitía que ningún pasajero llevara las maletas en la zona de los asientos, tan solo sus pequeños objetos más personales.
Verónica sentía la mirada clavada a su espalda, y aunque hasta el momento lo estaba llevando bien, notaba cómo poco a poco iban apoderándose de ella la inquietud y los nervios. Giró despacio la cabeza, y a través de sus gafas oscuras miró hacia el hombre. Este inclinó débilmente la cabeza en señal de saludo, y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Any, que había sido testigo mudo de aquel intercambio de señales, cogió del brazo a su amiga y la obligó a encaminarse hacia la parada de taxis.
De nuevo la misma operación y con el mismo resultado: un taxi para ellas solas pagado a precio de oro. El automóvil se deslizó con rapidez por las entrañas de la vieja urbe, y pronto llegaron a la calle David Hamelekh, lugar donde les esperaba, majestuoso y solemne, uno de los hoteles más famosos del Oriente Medio: el Hotel Rey David.
La habitación del hotel no estaba de acorde con la fama de este, era escueta y algo rancia, su sobriedad y simpleza no dejaba traslucir ningún tipo de lujo, era la típica habitación en la que solo estarías para dormir, y a ser preciso, lo menos posible.
—Dejaremos todo aquí, solo coge el pasaporte y todo el dinero —Any miró la bolsa que su amiga había traído como equipaje, y la señaló con el dedo—. Espero que hayas metido en esa bolsa vieja solo cosas que no querías.
—Las dos o tres cosas que llevo eran para tirar.
—Bien, ahora pongámonos ropa cómoda y sigamos adelante.
—¿Crees que tu plan saldrá bien?
—Es el plan, no mi plan. Por lo tanto, esperemos que sí.
—¿Hiciste la reserva?
—Sí, no hay problema, soy clienta habitual.
Zapatillas de deporte y vaqueros fue la vestimenta apropiada que ambas habían elegido para la peligrosa aventura que se disponían a vivir. Salieron despacio y con aire despreocupado del hall del hotel. No pudieron reprimir el deseo de mirar de un lado a otro para observar si su enemigo las vigilaba, pero no encontraron ni rastro de aquella presencia que tanto las inquietaba. Una mueca, a modo de sonrisa, fue la respuesta de Any ante la nerviosa mirada de su amiga Verónica. Sin duda, las dos pensaban lo mismo, ¿hasta qué punto era buena señal que su perseguidor no estuviera allí ahora?, ¿en qué recóndito rincón de las callejuelas de Jerusalén se toparían con él?
Entre la entrada del hotel y la acera de la calle podía haber una diferencia de unos quince grados, aquel era un escalón más que tendrían que superar. Bajaron toda la calle, y pasaron por delante del hospicio de San Andrés, atrás habían dejado también el lujoso hotel del Rey Salomón. Habían decidido ir a la ciudad antigua, tenían un pequeño paseo y la temperatura no era la más agradable para una larga caminata, pero el guion así lo aconsejaba.
Después de una pequeña subida, y con el ardiente sol pegando de lleno en sus acalorados rostros, llegaron al Monte Sión. Como bien sabía Any, el monte era uno de los lugares más sugestivos de la ciudad, si bien no se encuentra dentro de los muros de la ciudad. El calor apretaba, y las bocas empezaban a estar bastante resecas. Any y Verónica caminaban despacio por el pequeño sendero que dejaba una estrecha carretera y unos viejos olivos. En una pequeña curva que la mal asfaltada carretera hacía a su izquierda, y sentado a la sombra centenaria de un gran olivo, un hombre de cierta edad tarareaba una conocida canción local. Sobre un palo clavado en la tierra, descansaba una enorme ánfora de cobre con ribetes y adornos arabescos, e ingeniosamente colocados en el pecho del hombre, y sujetos a su cuerpo con una cuerda de color azul brillante, descansaban cinco o seis vasos de vidrio. El hombre levantó la cabeza y proyectó, sin duda alguna, una de las sonrisas a las que acostumbraba a todo aquel caminante que pasara por allí.
—¿Tamar Hindi, señoritas? —dijo el árabe en un perfecto inglés, mientras levantaba uno de los vasos y se lo ofrecía.
—¿Tamar Hindi? —preguntó extrañada Verónica.
—El Tamar Hindi es un refresco dulce elaborado con frutas.
—¿Y está bueno?
—¿Te gustan los dátiles? —preguntó Any con una media sonrisa.
—Supongo que… sí.
—Es una bebida típica de esta ciudad, y encontrarás a hombres como este vendiéndolo por casi todas las calles de Jerusalén.
El hombre llenó dos vasos con el oscuro líquido vertido de la ánfora, y se lo ofreció. Verónica esperó a que su amiga bebiera, y al ver que Any no ponía remilgos, empezó a probar aquel extraño líquido de un color negruzco. Como no podía ser de otra manera, el brebaje estaba caliente, pero su sabor era agradable y dulce, haciendo que vaciara el contenido de su vaso casi sin darse cuenta. Aquel líquido había apagado su sed y reconfortado su cuerpo.
—¿Bien, y ahora?
Any miró de un sitio a otro, pero en aquel ancho campo de visión no encontró ni rastro de su ya conocido personaje. Aquello no era lo que ellas habían previsto, necesitaban que su incansable perseguidor siguiera pegado a sus talones, si no ¿cómo podrían saber que ya no les seguía?, nunca podrían estar relativamente tranquilas hasta no saber que le habían dado esquinazo y gozaban de una cierta ventaja.
—Parece ser que nuestro amigo tiene ganas de jugar, pues a ver quien se aburre antes, nosotras no tenemos ninguna prisa, además, nuestros recursos son ilimitados.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Sencillamente, que él no tiene una amiga multimillonaria que paga todos los gastos.
El autobús número 7 de la compañía Egged las dejó en King Gerorge V st. La calle estaba bastante transitada, pero ni rastro de su perseguidor. Any era la cicerone de aquel viaje, y su amiga le había aconsejado para comer La Alfombra Mágica. A Verónica le encantó la idea, aunque solo fuera por lo sugerente del nombre.
El restaurante estaba completamente lleno, algo que ya le había advertido Any, y uno de los detalles por los que habían decidido ir a aquel sitio, entre tanta gente estarían relativamente a salvo. El local, lujosamente adornado con tapices arábigos de colores azul y rojo intensos, tenía un olor embriagador a especies orientales. No fue problema que todo estuviera a simple vista ocupado y a rebosar, un maître, en exceso simpático y atento, les encontró una mesa en un rinconcito casi al lado de la barra. No era el mejor sitio pero ni sus ánimos estaban para una tensa espera, ni sus estómagos se lo iban a permitir.
La comida fue abundante y exquisita, como ya había predicho Any. Aunque ninguna de las dos sacó el tema, ambas miraban a su alrededor cada cierto tiempo para no ver a su alrededor más que gente desconocida en alegres tertulias de buen comensal.
Probaron todos y cada uno de los postres que el camarero les fue sacando, todos bañados con miel y azúcar. Algunos con pistachos o avellanas, otros con queso o trigo y hojaldre.
La comida estaba tocando a su fin, y ambas movían paciente y tranquilamente su café turco, cuando el camarero interrumpió su tranquilidad.
—Perdonen, señoritas, ¿quién de ustedes dos es la señorita Verónica Lograft?
Miradas de terror se cruzaron de un lado a otro de la mesa, y un rictus de preocupación y miedo se alojó en el rostro de las dos amigas.
—Yo…
—Un caballero me ha entregado este papel para que se lo diera.
Verónica alargó la mano y cogió el papel que le extendía el camarero, mientras miraba de un lado a otro del local.
—¿Qué caballero? —preguntó Any.
—Uno que estaba en aquella mesa, insistió en que le diéramos a ustedes el papel cuando él abandonara el restaurante.
El camarero señaló una mesa vacía de un rincón y Any vio cómo ahora en ella se sentaban una pareja de jóvenes.
Verónica leyó en silencio el papel algo arrugado, y cuando hubo terminado y con una mueca de dolor en el rostro lleno de lágrimas, pasó el papel a su amiga. Any observó el temblor de la mano de su amiga y sintió miedo. El papel era una simple fotocopia de un periódico francés, aquello la desconcertó, levantó la cabeza y vio acongojada como su amiga lloraba ocultando su rostro entre las manos. Volvió a leer, pero siguió sin comprender, algo se le había perdido por el camino. La noticia del periódico decía que un gran incendio había reducido a cenizas la lujosa mansión del excéntrico señor Gires Senard, famoso intelectual parisino y muy apreciado en el mundo del arte y las antigüedades. El artículo decía que los bomberos habían encontrado entre las llamas el cuerpo calcinado del pobre desgraciado.
—No entiendo nada.
—¿Cuánta gente ha de morir?, Dios mío ¿cuánta gente? —Any cogió entre las suyas las manos temblorosas de su amiga—. Gires era un hombrecillo simpático y ha muerto por mi culpa.
—¿Por qué dices eso?
—Gires trabajaba para mi padre en todas las compras que hacía, era su socio y su… nuestro amigo —Verónica sacó un sencillo pañuelo del bolsillo, y con la mano todavía temblorosa limpió sus mojados ojos.
—Hemos de mirar hacia delante, amiga mía, por desgracia nada nos va a devolver a las personas que hemos dejado en el camino, pero sí podemos hacer que la gente que ha causado tanto daño y dolor no consigan su objetivo.
Verónica miró a los ojos de Any y se sintió más unida a su amiga de lo que jamás había estado. Su abuela le había dado una vez un consejo que ahora tenía un valor enorme para ella: «siempre, en los momentos malos, intenta sacar cosas positivas, a la larga estas prevalecerán, te ayudarán, y harán que te sientas bien». Sin duda, la amistad de Any era un tesoro que ella intentaría alimentar día a día.
—Bueno —continuó diciendo Any—, este movimiento tiene sin duda el claro objetivo de que ambas nos asustemos, nada mejor para nuestro siguiente paso que hacer ver a nuestro amigo lo asustadas que estamos. ¿Preparada?
Verónica se limpió los ojos húmedos y, mientras se mordía el labio superior, cerró los párpados, haciendo un gesto afirmativo con la cabeza. Any no dejó de apretar las manos de su amiga, y ahora, en una especie de susurro, volvió a repetir la pregunta.
—¿Preparada?
—Preparada —contestó Verónica poniéndose en pie.
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