El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 53 de 130

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El mentiroso

Capítulo V

 

El viejo doctor Mircelt entró en la habitación con la preocupación marcada en su rostro. Pero cuando vio que Cail le sonrió desde su cama, la tensión de su cara se relajó de forma ostensible.

—Ni qué decir tiene, que cuando he visto que me has llamado he supuesto que no quieres que tu madre se entere. Nadie sabe que estás aquí. Has hecho bien, hijo mío, no sé yo si el viejo corazón de tu testaruda madre lo soportaría.

Cail estrechó la mano que el maduro doctor le ofrecía.

—Sabía que podía contar con usted, doctor —dijo Cail haciendo un esfuerzo.

—Has tenido mucha suerte, muchacho, he visto tu expediente, y salvo múltiples golpes, y la prudente espera por tu dura cabezota, no tienes nada grave.

—Necesito salir de aquí cuanto antes, Alan, y para eso he de contar con su valiosa ayuda.

—No seas imprudente, hijo, estos golpes son muy traicioneros, debes de permanecer aquí.

—Usted no lo entiende doctor, tengo cosas urgentes que resolver.

—No hay cosa más urgente que la vida.

Cail apretó fuerte la mano del doctor Mircelt, luego dirigió la mirada a sus ancianos pero sabios ojos. Confiaba en la sabiduría y la prudencia del doctor, por lo que esperaba que este no le hiciera demasiadas preguntas.

—Usted lo ha dicho, doctor, por eso debo de salir con urgencia de este hospital.

Mircelt bajó la cabeza, y empezó a pasar muy despacio la lengua por sus labios. Aquello significaba que el viejo doctor estaba pensando, Cail conocía desde hacía muchos años al anciano Alan Mircelt. ¡Cuántas veces se había reído junto a su madre de aquella manía!

—Bien, alguien que conduce su coche por una carretera comarcal, a la velocidad que tú lo hacías —según la policía—, debe de tener razones de peso.

—Gracias, Mircelt, sabía que podría contar con usted.

—Eso ya lo dijiste antes, zalamero del demonio.

Cail soltó una sonora carcajada, que hizo que todos los huesos de su molido cuerpo protestaran.

La puerta se abrió despacio, y tras ella apareció la sencilla belleza de la enfermera Lucía portando un enorme ramo de flores.

—Me alegro de que esté usted tan risueño, señor Cail, eso es buena señal. Aquí le dejo este precioso ramo. Seguro que es de una guapísima señorita.

—Gracias Lucía.

Cail esperó a que la enfermera se hubiera ido para mirar de forma dura e inquisitiva al doctor Mircelt.

—Creía que no se lo había chismorreado usted a nadie.

—Por supuesto que no, ya te lo he dicho antes —contestó el doctor algo ofendido.

Cail sacó del pequeño sobre que llevaba el ramo una escueta nota, y empezó a leerla. Casi al momento su rostro se tiñó ceniciento, y su mano temblorosa dejó caer la misiva al suelo. Mircelt, ante el efecto que había causado dicha nota en Cail, se agachó a recogerla, la abrió y empezó a leerla:

«Dios todo poderoso solo salvará a los justos».

Nadie firmaba aquel papel, Mircelt miró el sobre.

Nada. Ningún nombre.

El doctor volvió a leer para sí aquella nota, y entonces fue cuando se fijó.

Al final de la frase, y en el lado inferior derecho, una oscura y solitaria cruz marcaba la hoja.

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