El mentiroso
Capítulo V
El viaje de regreso a El Cairo le había parecido a Cail mucho más pesado y menos romántico. La ansiedad, y las ganas de llegar, no le permitían hacer otra cosa más que tocar y mirar aquella dichosa llave. La metió en el bolsillo del pantalón y pensó —en el colmo del disparate— que, juntándola a su denario de la suerte, nada malo podría salir una vez abierta la cerradura.
La temperatura era cálida y el día bastante seco —lo normal en un día típico del verano cairota—. En un enorme termómetro situado sobre el gran edificio del banco árabe, Cail leyó 29 grados. Una pequeña brisa soplaba haciendo la delicia de los paseantes. Era viento cálido meridional, traído por el Jamsin.
Al-Azhar quedó a sus espaldas, y doblaron la calle a su izquierda para coger la gran avenida de Salah Salem.
Cail metió la mano en su bolsillo y acarició, casi de forma inconsciente, el denario de plata, antes de entrar por la puerta giratoria que daba entrada al gran hall del Banco Nacional de Paris.
Como siempre que se encontraba fuera de su Francia natal, a Gires le salió la vena patriótica, y con su acento parisino, quizás más marcado en la lejanía, llevó todo el peso de la entrevista. El interventor del banco, un enjuto y avispado hombrecillo de Lyon, no tardó en percibir con su olfato profesional la importancia de aquellos dos «clientes», y en escasos diez minutos Cail se encontró completamente solo en una amplia cámara plateada por el brillo de las más de doscientas cajas de seguridad que la rodeaban. Sacó la diminuta llave y miró en el ancho de su cabeza. Un numero recorría su superficie de forma algo borrosa.
Una disimulada tos forzada hizo que Cail girara su cabeza. Gires y el pequeño interventor miraban sonrientes al norteamericano. Cail comprendió enseguida lo que pasaba, y alargó su llave al trabajador del banco. Este dirigió sus pasos hacia una de las esquinas, y abrió una de las cajas. Sacó de dentro una caja un poco más pequeña y alargada, y se la entregó a Cail.
—Síganme, por favor, señores.
Cail y Gires siguieron al pequeño interventor por un estrecho pasillo lujosamente adornado con tapices y lienzos, y llegaron a un ancho recibidor del que colgaba una esplendida lámpara de araña. Entraron en una de las puertas que rodeaban todo el recibidor.
—Bien, yo les espero aquí fuera, si necesitaran algo de mí, no tienen más que llamarme —dijo el amable interventor cerrando la puerta tras de sí.
La estancia era sobria y escasa en mobiliario en contraste con el lujoso recibidor, pero era algo normal, nadie iba allí a mirar la decoración de aquellas habitaciones, sino el contenido de sus respectivas cajas. Además de eso, nadie estaba allí más que el tiempo estrictamente necesario.
Cail cogió de nuevo la diminuta llave, y tras coger un poco de aire para matar su impaciencia, abrió la caja.
Gires y Cail miraron el interior, llenos de avidez. Una fina y alargada urna de cristal apareció a la luz de la exigua bombilla que colgaba del techo. Dentro de la urna, Cail vio, con los ojos nublados por la emoción, los valiosos manuscritos.
—En todo momento hemos tratado con profesionales —comentó Gires mientras indicaba con su dedo una esquina de la pequeña urna de cristal.
Cail siguió con su mirada el dedo de su amigo, y vio aliviado en su preocupación por el estado de aquel valioso tesoro arqueológico e histórico, como un pequeño termómetro, de la forma de un reloj de bolsillo, marcaba la temperatura y humedad exactas a las que tenían que estar aquellas hojas históricas.
—Lo conseguimos, franchute.
—Todo ha sido emocionante y ha valido la pena.
Cail abrazó a Gires emocionado, y degustó el momento de su victoria, con la certeza de que la lectura de aquellas numerosas hojas llenarían su espíritu de belleza y fantasía. Volvería a viajar con su imaginación a momentos y lugares soñados, llenaría su alma con las vivencias de personajes admirados, saliendo por unos momentos de su amarrada existencia dentro del siglo XX.
—Otra vez hemos salido indemnes de una aventura.
Gires, mientras sentía el abrazo de su amigo, arrugó el entrecejo, todavía no estaba cómodo.
¿Acabarían así de fáciles sus papeles, en aquella obra?
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