El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 24 de 130

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El mentiroso

Capítulo VI

Habían pasado por Asiut, Kaut el-Kebir, Ajmin, Abidos y Dendera. El viaje había sido caluroso y húmedo, pero a Cail le había tranquilizado el alma. Miró a Gires y sonrió. El francés llevaba toda la ropa empapada en sudor, pero ni el calor —que ya empezaba a ser agobiante—, ni el movimiento de la pequeña embarcación, habían logrado sacarle de su sueño.

—Despierta, amigo, hemos llegado a Tebas —dijo Cail apartando el sombrero de paja del rostro del francés.

Gires abrió los ojos y sonrió pesadamente.

—Será posible los madrugones que me tengo que meter, para ganar unos cuantos millones de dólares, ¡qué vida más perra!

Cail rio con fuerza la salida del francés, y a su vez le llenó de optimismo, pues sabía que cuando Gires estaba de ese buen humor, significaba que el negocio acabaría bien.

Una reparadora y larga ducha fue suficiente para que Gires volviera a estar con todos sus sentidos alerta. Habían escogido un pequeño y modesto hotel, pues si las cosas salían como ellos pensaban, no harían ni noche.

Eran las dos del mediodía, y el estómago empezó a recordarles que él no entendía mucho de historias antiguas, y que hacía tiempo que no trabajaba. Como para ambos no era la primera vez que estaban allí, no fue difícil ponerse de acuerdo en el sitio elegido para reponer fuerzas. Un pequeño recorrido por el bonito paseo, que recorría la ladera oriental del río, les llevo ante las puertas de un sencillo «restaurante». Aquel sitio engañaba los sentidos de forma agradable, pues a primera vista ningún occidental en sus cabales hubiera entrado. El muro de entrada estaba agrietado y sucio. La puerta de madera, corroída por la humedad, estaba pintada de un azul tan chabacano que dañaba la vista. Una vez en su interior, la vista pasaba a un segundo plano, dando paso al olfato. La oscuridad entre tinieblas del local, haría difícil una certera descripción. El olor tan penetrante sería inconfundible, en el resto de sus días, para aquel que pisara el al-Kabir por vez primera. El primer impacto era duro y dulce, se mezclaba el olor a dátil con la fuerza de la adormidera. Pero el olor que una vez acomodado en el local iba impregnando el sentido, era el de la cerveza de cebada malteada. En un apartado del local, iban fermentando — de forma sencilla y en plan de demostración— la cerveza, de la misma forma que se hacía en la época faraónica. Se había trillado, molido y cribado el cereal a maltear con anterioridad. Cail y Gires observaron con interés y curiosidad como un hombre mayor añadía con pericia, harina de trigo en una proporción de 2:1. Con la pasta resultante, empezó a amasar unas piezas redondas a las que luego empezó a añadir agua. Una vez hecha la pasta, el anciano la pasó por un pequeño cedazo y lo puso al fuego. Cogió un gran frasco y lo abrió —inundando todo el local con un fresco olor a esencia de dátil—, y roció la pasta con el dulce líquido. Tras esto diluyó todo en agua. El anciano explicó, señalando unas grandes tinajas que se encontraban a su derecha, que el mosto se dejaba fermentar en una jarra.

Grandes aplausos llenaron el salón, y Cail se acercó con pasos decididos hacia el anciano, colocando sobre su mano un billete de veinticinco libras egipcias.

—Como siempre, es usted muy amable, señor Lograft. Veo con orgullo que sigue usted apreciando la cocina de mi humilde local.

—Por supuesto, querido Abuyda, pero debo avisarte que nuestro amigo Gires está muy hambriento.

El anciano árabe sonrió poniéndose en pie.

—Eso no es nuevo, amigo Cail. ¿Comida funeraria?

—Desde luego.

Cail se acomodó junto a su amigo, en una sencilla mesa de madera. Allí todo era de madera: mesa, sillas, vasos y cubiertos. De ahí que al tacto tampoco era un sitio muy confortable. Una agradable y guapa jovencita se acercó a la mesa, y con una sonrisa dejó un papel lleno de jeroglíficos y dibujos. En el encabezamiento se podía leer «comida funeraria», escrito en trazos jeroglíficos, árabe e inglés.

Gires empezó a leer, y la boca poco a poco se le hizo agua.

—Puré de cebada, pescado hervido con pan, paloma guisada, becada, riñones de buey, chuletas y piernas de buey asadas, compota de higos, variedad de bayas, dulces de miel, queso y uvas. Vino o cerveza.

Gires con una sonrisa de oreja a oreja, miró a su amigo y dijo:

—¡Dios mío, cómo me voy a poner!

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