El mentiroso
Capítulo V
El coche había dejado atrás, hacía tiempo ya, el ruido y la aglomeración de aquellos suburbios, para llegar a un mundo que a Paul Tiblerman le parecía irreal, casi novelesco, pero sobre todas las cosas, irreverente. El coche se detuvo con un brusco frenazo, ante un casi derruido muro, al que una enorme reja de hierro fundido y completamente corroída servía de entrada. Paul había oído hablar muchas veces de aquel lugar, aunque en sus innumerables visitas a El Cairo, nunca se había decidido por hacer una breve visita. Ahora esa visita no sería por gusto y, seguramente, tampoco muy breve.
El sacerdote respiró hondo e intentó formar una especie de coraza impermeable, para que todo aquello que su vista alcanzaba a ver no le influyera para nada. Pero aquella era una tarea harto difícil, había que tener muy poco corazón o sentido de la solidaridad para que la esperpéntica visión no impactara, y aquellas eran dos cualidades que Paul Tiblerman tenía almacenadas en su alma. Innumerables rostros se volvían hacia él, rostros austeros, serenos pero cargados de odio, no había esperanza ni alegría, la vida había sido demasiado cruel y dura con aquellas gentes. Intentó relajarse —vano intento— antes de dar el definitivo paso que le conduciría a las mismas entrañas de la Ciudad de los Muertos. Aquella «ciudad» tenía vida propia, parecía estar hasta dividida jerárquicamente. Todo indicaba que aquel esperpento era un trozo vital de la gran bestia que es El Cairo. Lo que hacía tan particular y especial aquel mundo marginal pondría el vello de punta al más aventurero de los viajeros occidentales, pues la gente se agrupaba, llegando incluso a amontonarse, sobre las lápidas que formaban el enorme cementerio cairota. Familias desesperadas sin atisbo de esperanza, llenas de desamparo; vagabundos cubiertos de mugre, mitad humanos mitad desecho; niños desheredados de Dios, reflejando en sus escuetos y duros rostros no haber conocido la ternura y el amor, malvivían entre cartones o lonas, teniendo como suelo algo tan especial como las lápidas de los muertos.
Paul sintió todas las miradas converger en él. Intentó esforzar la suya, pero era inútil, no podía sostenerla, se encontraba fuera de lugar y hasta el aire parecía decírselo. Se palpaban desilusión y amargura, pero lo que era mucho peor: el desprecio por el prójimo.
Después de haber andado un buen tramo entre desperdicios y suciedad, el sacerdote se paró en el acto, notó cómo una fuerte presión en su brazo le dejaba inmóvil. El pequeño árabe le sujetaba aunque él hubiera jurado que lo que le oprimía hasta casi hacerle aullar de dolor era una enorme tenaza de hierro.
—Creo que a partir de aquí tendrá que ponerse esto, profesor —dijo con su sonrisa habitual el repulsivo árabe, sosteniendo ante los ojos de Paul un trapo oscuro, bien por su color o por la cantidad de mugre acumulada.
—¿Cree usted que eso es necesario?, ¿acaso piensa que yo solo podría volver hasta aquí? —contestó el profesor mientras se tapaba los ojos con el trapo, no sin antes arrugar algo la nariz, pues el olor de aquel trozo de tela no era muy agradable.
—No se preocupe, profesor, es solo un formulismo para nuestra tranquilidad, y debo de advertirle, para su seguridad, de que no trate de engañarnos —aunque Paul Tiblerman no podía verla (gracias a Dios), la cara del árabe al pronunciar aquellas palabras hubiera encogido su corazón. Era preferible esa sonrisa tonta que el rictus serio y tenso que asustaría a cualquiera.
Caminó durante un rato que le pareció eterno, siempre guiado por alguien, y cuando ya creía desfallecer por el cansancio y el asco que le daba aquel sucio trapo en su nariz, oyó como la puerta de un coche se abría. No sabía si había andado en círculos, o que había hecho, pero de lo que sí estaba seguro es que aquel no era el mismo sitio por el que había entrado hacía ya horas. Ahora sí comprendía el juego del inteligente árabe, sabía que él conocía bien El Cairo, pero también sabía que jamás podría recordar por qué sitio o dirección salió de aquel lugar desolador, el cementerio tenía innumerables salidas, y todas le llevaban a sitios desconocidos para él.
Fue introducido con cuidado en el coche, y este, sin duda el ya conocido Mercedes, se puso en marcha llevando a monseñor Paul Tiblerman a un paseo largo y pesado. El calor y la opresión de la tela en su rostro le hacía sentirse incómodo, el creciente sudor le molestaba, y tanto era el líquido salado que corría por su frente, que de forma gradual, el trapo que tapaba sus ojos se fue soltando y escurriendo hacia su barbilla. Con su ojo derecho y casi de reojo, entre telas de claro oscuro, empezó a apreciar el camino por el que marchaban, y el paisaje del que no era invitado. Había poco que ver y que contar, simplemente el coche corría por una carretera que rompía en dos el desierto egipcio. Ahora la pregunta era, ¿en qué dirección? Llevaba tanto tiempo dentro de aquel coche que casi podía haber salido del país.
—Kalad, debería usted apretar este vendaje, se me está empezando a soltar, y no quiero que piense usted cosas que no son —comentó Paul con cierta arrogancia.
Sin embargo, y ante su sorpresa, el árabe lo que hizo fue quitarle la tela que le servía de venda opresiva, y no le dio tiempo al sacerdote más que a limpiar el sudor de su frente cuando el coche se detuvo. Estaba dentro de un amplio patio del que manaba abundante agua de una hermosa fuente. Flores y cactus acampaban por doquier formando numerosas y bellas formas, estaba claro, no importaba que sus ojos pudieran emborracharse de todo aquello pues el exterior y sus alrededores seguían estando tan ocultos para él como estaban antes. Un alto y férreo muro impedía atisbar, aunque solo fuera por un instante, dónde podía encontrarse. Por lo tanto, no perdió más tiempo en adivinaciones inútiles y se dejó llevar. Nadie decía palabra, y el sacerdote se limitó a seguir a los ocupantes del coche. La entrada a la vivienda era austera y sencilla, no encontró ningún mobiliario desde la puerta de entrada hasta la sencilla y parca habitación donde fue llevado. Después de refrescarse y tranquilizarse un poco, empezó a pensar en todo lo que estaba viviendo. Él era hijo de la Iglesia y, como tal, debía obediencia a sus superiores, pero nunca, ni en la peor de sus pesadillas, pudo soñar en verse metido en todo aquel embrollo. No solo estaba a prueba su pericia y profesionalidad en aquellos manuscritos, sino lo que era mucho más importante: su fe. Pero ¿y la Iglesia, aceptaría de buen grado su dictamen? Y si compraban el documento ¿qué harían con él?, ¿saldría a la luz pública? Serían momentos muy delicados para la casa de Pedro. Además, al igual que él, muchos otros sabios y estudiosos sabían de la existencia de aquellos papeles y no dejarían pasar la oportunidad de sacarlos a la luz. El sumo pontífice tendría trabajo extra y urgente. Dios quisiera —qué ironía, pensó Paul—, que todo fuera un mero engaño.
Unos fuertes golpes en la puerta sobresaltaron al sacerdote, sacándole de aquellos pensamientos. La puerta se abrió y el pequeño árabe al que Paul había llamado, casi sin darse cuenta, Kalad, le invitó a seguirle.
—Ahora va usted a poder ver el manuscrito original —Paul sintió que se dirigía hacia lo más profundo de su corazón, a sus años estaba pasando una prueba de fuego—. Luego tendrá todos los días que usted necesite para trabajar junto con copias expresamente sacadas y ampliadas para usted, pero le rogaríamos que nos diera su contestación en una semana —dijo el árabe.
Caminaban por un largo y luminoso pasillo. A izquierda y derecha, solo paredes blancas miraban a Paul, ni un solo adorno, ni un solo mueble ocupaban aquellos metros. El sacerdote sacó la conclusión de que la casa estaba lista para desalojar nada más se marchara él. Estaba claro, se encontraba entre profesionales.
Se detuvieron ante una puerta rocosa e impenetrable, solo verla daba la impresión de total invulnerabilidad, y tampoco haría falta que a nadie le dijeran que detrás de su celosa guardia se escondía algo valioso, pues ni al más hábil de los cerrajeros le hubiera sido posible abrirla. Tras una fina y decorativa capa de madera se podía intuir el grosor del hierro y del acero, con más de ocho barras incrustándose en la gruesa pared.
Con el último giro de la cerradura, Paul Tiblerman sintió como se paraba el rítmico, y hasta ese momento, acelerado bombeo de su sangre, era la hora de la verdad. Las tinieblas eran de ultratumba, impactantes. Por más que monseñor esforzó sus cansados ojos, el contraste entre la luminosidad del pasillo y la oscuridad de la habitación hacía vano cualquier intento de descifrar el interior. Sin embargo, la urgencia de su deseo no se hizo esperar, Kalad penetró en las tinieblas y tras él, una fulminante y fuerte luz dejó al descubierto la sala. No le hizo falta mucho tiempo a alguien tan experto en la materia como Paul Tiblerman, tan acostumbrado como estaba a trabajar con documentos antiguos, para darse cuenta de que aquella gente sabía lo que se tenían entre las manos, eran profesionales. La temperatura de la estancia era la idónea, un termómetro la marcaba con una exactitud meridiana. En el techo, unos filtros hacían su función, de tal manera, que solo los suficientes rayos solares podían entrar al interior de la habitación, no permitiendo así el trastorno de la temperatura. El centro de la habitación —copia del Santuario del Libro— era de forma circular y abovedado, asemejándose de esa manera al clásico Martyrium bizantino, donde estos guardaban las reliquias de sus santos, en una sala circular al final de un largo corredor. Por fin, en el centro de un expositor y dentro de una compacta urna transparente, un asombrado profesor —porque en esos instantes era ya el advenedizo profesor— Paul Tiblerman, se encontró para su sorpresa con un gran número de pergaminos.
—¡¡Pero yo creía… creía que…!! —empezó a balbucear el clérigo. El árabe, con un gesto de su mano, le interrumpió.
—Llevábamos mucho, mucho tiempo esperando que alguien encontrara parte de esas hojas. Durante largos años financiamos excavaciones, y todas ellas fueron vanas. Sí, encontrábamos objetos valiosos que nos servían para refinanciar nuevos intentos, pero todo era inútil. Y cuando ya habíamos perdido casi toda esperanza, estalló la noticia: unos niños habían encontrado más documentos en Qumrán. Imagine nuestro nerviosismo, fueron días tensos y movidos, tuvimos que contactar con nuestra gente por todo el mundo, gente pagada durante demasiado tiempo sin resultado alguno, pero por fin toda esa obscena cantidad de dinero iba a dar el fruto apetecido. Varios de estos agentes tan bien pagados por nosotros trabajan en el Santuario del Libro israelí, sí, pero no se sorprenda —comentó el árabe al ver la cara de estupor del sacerdote—, no solo sus colegas científicos se dejan comprar, altos funcionarios del gobierno israelita nos dieron todo tipo de facilidades, demasiado dinero ganado impunemente durante mucho tiempo tenía que pasar factura —el árabe señaló la urna—. Nosotros teníamos una parte, pero carecía del valor impactante que ahora tiene al estar completo. Usted —dijo mirando risueño a Paul— lo comprenderá todo según empiece su trabajo.
Paul sintió la responsabilidad del peso de la historia en aquellas hojas, el latir de la vida, del hombre, del mismo Dios que él sentía cerca de sí y que ahora quizás se disponía a juzgar. Después de un escueto espacio de tiempo, el suficiente según los cálculos del árabe, esté rompió el encanto de aquel encuentro.
—Bien, profesor, creo que ha llegado el momento de que se ponga usted trabajar. Esa puerta permanecerá abierta y al final del pasillo solo encontrará otra que es la de su habitación, usted no podrá salir de ese tramo, ¿entendido?, tres veces al día alguien, siempre el mismo hombre, le traerá su comida, y como usted ha visto, su habitación tiene todo lo necesario para su higiene personal. Si siente la necesidad de salir a la luz del día, pues como ya habrá podido ver no encontrará ventana alguna, se lo dirá al hombre que le sirve la comida y será usted acompañado al patio que vio al entrar, solo durante diez minutos al día. Esas son las condiciones, ¿está usted de acuerdo, profesor?
Paul respiró despacio y algo cabizbajo, aquello seria casi una prisión para él, pero estaba seguro que, centrado en su trabajo, el tiempo volaría.
—Estoy de acuerdo —contestó.
—Bien, entonces una cosa más, profesor. No vuelva usted a usar mi nombre para nada es… peligroso —dijo saliendo de la estancia.
Kal… el árabe se ha marchado —pensó Paul—, debo a partir de este momento dejar de lado mi fe sacerdotal y centrarme en mi trabajo como investigador. Nunca me ha sido difícil hacerlo, espero conseguirlo esta vez.
Abrió la urna con sumo cuidado, casi con devoción, y observó atento aquel tesoro. Aquellas tiras de rollos no eran ni de papiro, ni de pergamino. Eran de cuero cuya longitud dependía del contenido del texto —Paul sacó del bolsillo un pequeño metro y midió la primera tira con un resultado de 7,23 m—, y en ello ya vio su importancia, pues solo las lecturas bíblicas sinagogales y litúrgicas se escribían en cuero y no en pergamino. La escritura estaba solo inscrita sobre una cara, y esta era la correspondiente al lado del pelo del animal; iba dispuesta en columnas paralelas y en cuadrática. El profesor Tiblerman vació sus bolsillos colocando todo el material particular necesario encima de la mesa. Sabía que para manejar en la lectura los rollos tendría que usar ambas manos, de modo que lo que una desenrollara la otra lo fuera enrollando.
Paul se santiguó, cogió su enorme lupa y puso manos a la obra.
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