El mentiroso
Capítulo III
El silencio dañaba, Cail no había movido ni un solo músculo. Hacía más de dos horas que se había sentado en aquel sillón, ni siquiera se había quitado las gafas.
Verónica pensó que era mejor darle tiempo. Le había dejado acomodado en el salón, y había subido a ponerse cómoda. Pero nada parecía haber cambiado después de su ducha, Cail seguía en la misma posición. Verónica se dejó caer a los pies de su consternado padre, y le sonrió.
—¿Sabes qué me apetece?, quiero ver esa famosa y fabulosa colección de antigüedades tuyas. ¿No querrás que cuando las herede yo, las confunda con cosas rotas y viejas y las tire a la basura?
Cail se quitó lentamente las gafas, y miró de forma tierna a su hija. Sus ojos estaban hinchados y rojos.
—Me gustan más esos ojos hinchados y del color del hígado que tus tétricas gafas de ciego.
Cail al final tuvo, por vez primera en mucho tiempo, que sonreír.
—Eres mi mejor medicina.
El sonido insistente del teléfono sobresaltó a Cail, algo que a Verónica no le pasó desapercibido. Ya había notado algo raro en la contestación que su padre le había dado en el entierro, pero no eran estos momentos de preguntas, sino de cariño y amor. Ya le contaría su padre sus inquietudes cuando él lo estimara oportuno, no sería ella la que añadiría más amargura y tensión.
—Dígame —dijo Verónica cogiendo el auricular.
—Señorita Verónica, me alegro mucho de escucharla, soy Gires, le llamo desde París. Solo llamaba para unir mi dolor al suyo.
—Es usted muy amable señor Gires.
Cail se levantó raudo al escuchar el nombre de su amigo, y arrebató el aparato a su hija.
—Gires, amigo.
—No me digas nada, si no se lo has contado a Verónica has hecho bien. Quería que supieras que tienes mi amistad y apoyo en estos momentos.
—Nunca lo dudé, amigo.
—Fueron ellos, ¿verdad?
—Juegan con los sentimientos de las personas… mi madre no lo soportó.
—Cálmate, ahora tienes que estar entero, no preocupes a tu hija.
—Se marchó odiándome, eso ya no lo podré remediar nunca, y será una losa sobre mi conciencia.
—Cuídate, amigo.
—Gracias, Gires.
Cail colgó el teléfono, y se quedó el suficiente tiempo de espaldas como para no poder ver a su hija luchando por limpiar las lágrimas de su rostro.
—Bueno, no tienes escapatoria, ahora tendrás que aguantar mis rollos, tú misma me lo has pedido.
—Desde luego, como tú bien has dicho, soy tu mejor medicina, pero se te ha olvidado decir que soy una medicina masoca. En la vida pensé que te pediría que me enseñaras tus «tesoros», ¡y lo que es mucho peor, te lo estoy pidiendo por segunda vez!
Cail acarició con ternura la mejilla de su hija, la miró a los ojos y sonrió.
—Cada día doy gracias a Dios por tenerte a mi lado.
Padre e hija se fundieron en un hermoso abrazo. Toda la estancia se lleno con el calor que desprendía aquel inmenso amor.
—Bueno —dijo Verónica saliendo de los brazos paternales—, no esperarás que te lo pida por tercera vez. ¡¡Te das cuenta de que nunca he visto dónde tienes esas preciosas joyas de la historia!! Es curioso, ni tan siquiera mi curiosidad femenina me animó.
—¡Vaya una periodista!
Cail se dirigió hacia la enorme librería que rodeaba toda la pared de su despacho, e indicó a su hija que cerrara la puerta. Se aproximó al gran ventanal ovalado —que daba un sabor de refinado gusto—, y cerró despacio —tras comprobar que a simple vista nadie merodeaba por los grandes jardines— las persianas, y corrió las cortinas.
Jugando con la llave de la pared, bajó tenuemente la luz de la habitación y dejó que por unos escasos momentos la incertidumbre se marcara en el rostro de Verónica.
Cuando supo, algo divertido, que toda la atención de su hija estaba centrada en él, se acercó a la estantería. Cogió un gran libro, y con ambas manos —debido a su enorme peso—, se lo entregó a su asombrada hija.
Verónica leyó en voz alta el titulo impreso:
—El mejor museo del mundo.
Verónica arrugó su entrecejo, revelando así lo ininteligible del momento para ella.
—Ábrelo.
Algo confusa, la muchacha obedeció a su padre. Fue pasando las hojas una a una, sin entender nada.
—Sigue, por favor.
Verónica miraba las grandes fotografías, algunas le eran familiares, otras no, pero no necesitaba que nadie le dijera que todas pertenecían a grandes museos del mundo. Estaba llegando al final del grueso tomo, y se disponía a protestar, cuando un grito ahogado salió de su garganta.
Faltaban las últimas hojas del libro. En su lugar, y en un pequeño hueco de la cubierta trasera del libro, un diminuto mando a distancia apareció ante ella. El reducido mando solo tenía tres botones dispuestos en hilera.
—Aprieta el primero de esos botones.
Verónica, algo alterada por el enigmático juego, hizo caso a Cail, y suavemente apretó. De forma dócil, la librería fue cediendo hacia la pared.
El silencio era total, nada parecía indicar que en aquella estancia algo estuviera cambiando.
El mecanismo no hizo ningún ruido, y cuando el movimiento hubo terminado, un oscuro y pequeño pasillo apareció como dibujado en el tabique. Más allá del muro, todo eran tinieblas, una oscuridad total envolvía todavía el misterio para Verónica.
—Aprieta el siguiente botón.
Verónica obedeció, y como si del albor de la aurora se tratara, poco a poco la luz fue apareciendo más allá del esporádico pasillo.
Al igual que alguien que viola un recinto prohibido, así, avanzó Verónica hacia la extraña cámara.
—¡Esto… esto es maravilloso!
Verónica progresó lentamente en su caminar por el hermoso y culto pasillo que formaban las hileras de libros a izquierda y derecha.
El resplandor cegó sus ojos, y estos tuvieron que acomodarse poco a poco al enorme reflejo que salía de las numerosas urnas de cristal.
—Aquí tienes toda mi vida, hija mía.
Verónica todavía no daba señales de crédito a todo lo que veía. Con la boca semiabierta, fue caminando maravillada entre las orgullosas urnas.
Cail cogió a su hija de la mano, la miró sonriente a los ojos y la llevó al otro extremo de la sala.
—Ven, empezaremos con orden y desde el principio. Aquí hay muchos años de trabajo, viajes, subastas y emociones.
—Y dinero.
—Por supuesto hija, mucho dinero.
Cail dirigió su mirada hacía la primera de las resplandecientes urnas y miró a su hija.
—Esta fue mi primera compra, le tengo un cariño muy especial. Tuve que viajar a Berlín justo el mismo día que tu madre te trajo al mundo. Tu madre nunca me lo ha perdonado.
—Me parece muy lógico, elegiste antes a una chatarra antigua que a tu propia familia —comentó Verónica agarrando a su padre por el brazo, de forma tierna.
—Solo tardé cuarenta y ocho horas en ir y volver.
—Si hubieras sido mi marido, ese tiempo habría sido suficiente para ponerte de patitas en la calle.
—Era un regalo para ti —protestó Cail.
—¿Y cómo es que no lo tengo yo?
Cail levantó la pequeña urna de cristal, y con sumo cuidado colocó en la palma de su mano una hermosa medalla de oro. Verónica, con la misma precaución de su padre, recogió el dorado objeto y lo observó con detenimiento.
—Es hermosa, pero no entiendo lo que dice.
—Es latín y castellano antiguo.
—¿Castellano?
—Español antiguo. Esa medalla que ahora sostienes en tus manos, tiene una bella historia. ¿Sabes quién era Enrique VIII?
—Claro que sí, es muy famoso en Londres, creo que tiene una calle o algo así. ¿No era actor? —Verónica miro el rostro desencajado de su padre, y soltó una enorme carcajada—, ¡¡pues claro que sé quien fue Enrique VIII!! Era un hombre ególatra como tú, solo una cosa os diferencia: tú no vas a los partos de tus mujeres, y él las decapitaba.
Cail no pudo más que sonreír ante la ocurrencia de su hija. Al lado de la urna, había una pequeña caja de madera. La abrió y sacó una fina cadena de oro.
—Como bien has dicho, el bueno de Enrique VIII tenía un deporte muy particular. Pues bien, esa medalla perteneció a su primera esposa, la cual se salvó de tal honor.
—¿Quién era?
—Catalina de Aragón, hija del rey de España. El rey inglés la repudió, pero no se atrevió nunca a darle muerte. En un manuscrito de la época — que no pude conseguir—, se relata la vida de Catalina, esta dice varias veces que está segura que debió su vida a la medalla que su padre, Felipe II rey de España, le regaló cuando partió de su país. Pues bien, según llegué de Berlín, coloqué esa bonita medalla en tu cuellecito, engarzada en esta misma cadena diminuta que ahora ves —Cail pasó la cadena por la medalla y se la entregó a Verónica.
—Es una historia muy hermosa, Cail, si querías hacerme sentir emocionada, lo has conseguido —Verónica intentó pasar la cadena por su cuello, pero no pudo cerrarla—. ¡Oh, esta cadena es demasiado pequeña!
—Por supuesto, es para un bebe recién nacido —Cail abrió su camisa dejando al descubierto su pecho, en él lucía, rica y esplendorosa, una magnifica cadena de oro. Se la quitó algo torpemente y con lágrimas en los ojos—. Pero esta no, esta cadena fue un regalo de tu abuela, quiero que la conserves junto a la medalla siempre cerca de tu corazón.
Verónica abrió la boca entusiasmada, y en sus ojos se pudo leer la emoción. Cail cogió con cuidado la medalla y la metió en la bella y opulenta cadena. La pasó por el blanco cuello de Verónica, y miró lleno de orgullo paterno como resplandecía en su pecho.
—¡¡Es el regalo más bonito que me han hecho en toda mi vida!!
Verónica se abalanzó sobre el cuello de su padre, y le dio un sonoro beso.
—Solo tengo una pequeña duda, ¿por qué nunca recuerdo haber tenido esa medalla en mi cuello?
—Con uno y dos meses, eras igual de inquieta y retorcida que ahora. Cada cinco minutos te quitabas la medalla del cuello, tuve miedo de que te hicieses daño, y la guardé. Ahora creo que ya ha llegado el momento de devolvértela. ¿Seguimos paseando por mi hermoso jardín de la historia?
—¿Cómo negártelo… padre?
Verónica y Cail se perdieron durante más de tres horas en un mundo de ensueño, donde la historia y el tiempo se funden formando algo llamado Fantasía.
Verónica pudo admirar por vez primera aquella impresionante colección. Su padre le fue explicando dónde, cómo y cuando había adquirido piezas tan extraordinarias y variopintas como: El diario íntimo de Galileo Galilei, un trescuartos con el que el mayor genio militar de todos los tiempos se paseó por Moscú. Cuando Cail miraba aquella pieza, podía ver la mano derecha de Napoleón Bonaparte metida entre su forro.
También explicó a su hija las peripecias que tuvo que pasar para conseguir una pequeña pintura rupestre, de más de 4000 años, encontrada en una cueva francesa.
Verónica miró máscaras hititas, aztecas, incas y cómo no egipcias. Pergaminos, infolios, papiros y manuscritos, escritos en hebreo, árabe, arameo, latín, griego, egipcio, etc. Monedas romanas acuñadas por grandes hombres como Julio Cesar, Augusto, Tiberio. Cuadros de varias escuelas, todos ellos de un valor único. Y hasta un pequeño reloj de bolsillo que, según le dijo Cail, había pertenecido al mismísimo Abraham Lincoln.
El amor que Verónica sentía por su padre no podía aumentar, era imposible, pero la compresión y el afecto por su trabajo creció dentro de ella. Se sentía orgullosa de un hombre incansable, con un corazón que, a pesar de ser tan grande, solo tenía cabida para cosas bellas.
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