El mentiroso
Capítulo III
Con los brazos rodeando sus rodillas desnudas, Verónica miraba, casi sin ver, sentada sobre la mullida alfombra, y enfrente de la chimenea, cómo el fuego, en su llameante baile, descomponía y mataba la madera hasta dejarla rojiza, convertida en hermosa y tranquila ceniza.
Las palabras leídas golpeaban su cabeza, y hasta creía poder oírlas en la suave voz de su padre. Todo aquello debía tener un significado, y ella lo encontraría.
Tenía que ser sencillo, y sin embargo, los nervios y las prisas no la dejaban pensar con tranquilidad. Repitió en voz alta el párrafo que había memorizado como si de él dependiera su vida:
«YAHVE TENÍA RAZÓN, FLAVIO SILVA GANÓ LA
BATALLA, PERO ELEAZAR LA HONRA DE SU DIOS. GANA TÚ LA MÍA SUBIENDO POR LA RAMPA, Y BUSCA ALLÍ DONDE DESCANSAN TUS SUEÑOS DE INFANCIA».
—Flavio Silva, Flavio Silva —repitió—, ese nombre me suena. ¡Dios mío, como puedo ser tan burra e inculta! —Ahora se arrepentía de no haber prestado más atención a las cosas de su padre, pero nunca le había hecho gracia todo lo que se relacionara con el pasado, siempre le había atraído el futuro, pero sobre todo el presente.
Se metió en la cama enfadada consigo misma, pero el cansancio pudo más, y al poco tiempo de notar la candidez de las sabanas en su cuerpo, cayó en un profundo sueño.
Y soñó, soñó que era una niña que asustada salía de una humilde casa de piedra. Era noche cerrada, la oscuridad no dejaba traspasar el más mínimo atisbo de luz, y sin embargo ella caminaba decidida. Sus pies, calzados con unas simples sandalias de piel de cabra, parecían conocer el camino. Llevaba un limpio pero raído vestido, de un marrón claro como sus ojos. El pelo, recogido en una bonita trenza, caía en formas geométricas a su espalda, y al final del cabello, un precioso lazo engalanaba su aspecto.
Apretaba una vieja y sucia muñeca de trapo contra su joven pecho, y de su pequeña boquita salía una rítmica canción que Verónica no pudo en un principio reconocer. ¡Las palabras que aquella preciosa niña pronunciaba eran en un extraño idioma! Sin embargo, con la magia que solo los sueños permiten, y sin esfuerzo, Verónica comprendió todo.
David protege mi ganado, Abraham vela nuestro sueño,
solo Tú, ¡oh Yahvé!, eres nuestro dueño.
La niña siguió caminando por un pequeño y pedregoso camino, hasta llegar a una granítica muralla. Justo al ras del último bloque de piedra, aquel que lindaba con la tierra amarillenta y reseca pero que daba vida al Mar Muerto, salían un grupo de hierbajos que el tiempo y el cobijo de la tenue sombra había hecho crecer. La niña, decidida y confiada, en un movimiento que ya había hecho en otras ocasiones, apartó con sus pequeñas y cálidas manitas las ramas secas, y ante ella apareció el ya conocido pasillo.
Solo una diminuta persona, como ella y sus amigos, podría pasar por allí. La niña, decidida, se introdujo por él, y en escasos minutos apareció al otro lado de la muralla. Miró el cielo, todo seguía igual, y sin embargo el saber que ya no se encontraba al abrigo de aquellos fuertes muros la hizo sentir algo de miedo.
Siguió caminando, pero ahora con mucha más precaución. Sabía que el más mínimo paso en falso sería su fin, a escasos metros de ella un impresionante y escarpado precipicio llevaba el camino hasta la ladera de la montaña.
No tengas miedo, pelusa, no voy a dejar que te caigas
para que te cojan los hombres malos.
La niña abrazó la muñeca fuerte, y siguió caminando despacio y con precaución. Andaba muy pegada a la pared de la muralla, y con la mano extendida palpaba el dorso de la siguiente piedra. En un instante su mano quedó suspendida en el vacío, allí doblaba la muralla, ¡había llegado a su destino!
Se puso de rodillas, y de esa forma avanzó varios metros más. Luego estiró las piernas hacia atrás, y boca abajo, arrastró su cuerpecito hasta notar que sus piernas colgaban en el aire. Entonces, cerrando los ojos, hizo el movimiento que tantas veces en su corta vida había hecho: se dejo caer.
A menos de un metro, una gran piedra sujetó su caída, era una roca granítica pero lisa. La niña respiró aliviada de que su «amiga» todavía estuviera allí. Con cuidado, giró su cuerpecito, y tumbándose boca abajo, asomó su pequeña cabeza a las profundidades de la montaña, una nube de pequeños puntos de luces llegó hasta sus asombrados ojos.
Mira, Pelusa, ahí abajo están los hombres malos, mamá
dice que se marcharán, pero papá, cuando mami me está diciendo esto, baja la cabeza y se marcha de casa. Reza conmigo, Pelusa, quiero que mi papá nos diga también que los hombres del águila no nos harán daño.
La niña cerró los ojos, y agarrada a su muñeca cantó con sentimiento aquellas canciones litúrgicas que cada sábado oía en casa. No sabía muy bien lo que decían, pero necesitaba creer en ellas. Su pequeño corazón latía de amor y miedo, y allí, tumbada en la oscuridad de la noche, rezó y cantó hasta que sintió con asombro como una brillante luz se materializaba ante ella. La luz, de colores rojos y amarillos, no tenía cuerpo, no tenía manos, ni pies, pero un rostro angelical y sereno le sonrió. Aquel rostro no movió los labios, y sin embargo a sus oídos llegaron palabras de amor y paz.
Verónica rompió el silencio de la noche con un rasgado grito, al incorporarse en la cama, toda cubierta de sudor, y la cara desencajada.
—PAPÁ —gritó.
Y es que las últimas palabras que el ángel había pronunciado, habían sido claras y concisas:
Verónica, no tengas miedo por tu padre Eleazar, Dios está
con él.
El sudor le recorría todo el cuerpo, tenía el camisón completamente empapado, se levantó de la cama y se quitó la ropa mojada.
Necesitaba una ducha, todavía la impresión le hacía latir el corazón con fuerza. Todo, absolutamente todo, llamó a la puerta de su memoria con fuerza y dolor. Ahora lo veía claro, recordaba palabra a palabra, momento a momento, aquellas idílicas noches infantiles en las que su padre le contaba cuentos maravillosos, cuentos como el de…
Sonó el teléfono, Verónica furiosa miró el reloj de su muñeca, eran las dos de la madrugada.
—¿Sí?
—Lo siento Vero, pero no podía esperar a mañana, cómo he podido ser tan burra y ciega, estaba clarísimo. Ya sé dónde tienes que buscar.
—Tranquila Any, yo también lo sé, no digas nada por teléfono.
—Bien… pero no dejaré que hagas ese viaje tú sola.
—Gracias Any, ya contaba contigo.
—¿Estás segura de que sabes dónde buscar?
—Sí, no te preocupes, mañana hablaremos, buenas noches.
Verónica colgó el teléfono, y todavía completamente desnuda, se sentó en el sofá del comedor. Sus ojos, como hacía tantos años, brillaban llenos de emoción, ¿cómo podía haber olvidado tan rápidamente su niñez?
Con el dorso de la mano se limpió la lágrima que despacio recorría su mejilla, y abrazando sus rodillas, como siempre que estaba pensativa, exclamó:
—¡¡MASADA!!
OceanofPDF.com