El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 127 de 130

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El mentiroso

Capítulo IV

Con todo el sufrimiento que la llevaba a beber el sabroso zumo de naranja con una pajita, Any saboreo el jugoso néctar. Poco a poco se sentía mejor, por lo menos tenía más movilidad en su cama del hospital de San George. Cogió su portátil y desde Google tecleo para encontrar el periódico israelita Jerusalem Post. El corresponsal David Ravinovich era amigo de prensa y enemigo de interminables tertulias bíblicas, pero algo tenía claro Any, David era un gran periodista y sobre todo muy objetivo y sincero en todo lo que se relacionaba con su país y su trabajo.

Habían pasado cinco días desde el anuncio del Papa en la plaza de San Pedro y uno desde la partida como ilustre visitante al Pueblo judío.

Any intentó sonreír, pero su mandíbula maltratada le recordó que aquello era doloroso. Se llevó la mano al vendaje y con la libertad de sus ojos mostró la felicidad del momento. Su amiga Verónica lo había conseguido.

La notable peregrinación del Papa repercutió en el país con significados que aún no han sido captados en su totalidad. Los duros supuestos entre católicos y judíos, los unos con respecto a los otros, delineados durante dos milenios, fueron tocados, suavizados, y quizás transformados durante esta visita del Pontífice de Roma. La antigua relación entre los «asesinos de Cristo» y los «pogromistas» ha producido, aparentemente, algo benigno.

Any leyó y releyó las palabras del Papa en la Televisión Israelí. La ceremonia en Yad Vashem coronó una mañana de gestos notables, históricos, hacia Israel y el Pueblo Judío. En un encuentro con el Presidente Ezer Weizman, el pontífice bendijo a Israel, en un acto que fue visto por muchos como el reconocimiento final de la Iglesia hacia su Estado.

Por definición —dijo el Obispo de Roma con rostro serio,

pero con calma—, el cristianismo estaba en oposición al judaísmo, cuyo lugar creíamos haber heredado. Israel parecía destinado a ser un pueblo de exilio y llanto. Ahora, de forma

humilde y como Papa, vengo a Jerusalén, no solamente a visitar los Lugares Santos, sino a conocer al Pueblo Judío en su patria. No sois un pueblo maldito ni errante, sino hermano de corazón y sufrimiento, por ello hoy es el día del perdón. Perdonamos y pedimos perdón. Yo os hablo desde la humildad del amor humano para recordar los sufrimientos por los que ha pasado el pueblo de Israel a lo largo de la historia, los cristianos oremos para reconocer los pecados cometidos contra el pueblo del Pacto.

Estamos profundamente afligidos por el comportamiento

de aquellos que en el curso de la historia han hecho sufrir, y pidiendo perdón, queremos comprometernos a una alianza y hermandad con el pueblo judío.

Vengo ante vosotros, hermanos, para hacer lo que

ninguno de mis 262 antecesores se sintió llamado a hacer: disculparse por las históricas transgresiones cometidas por los católicos romanos en el nombre de la Iglesia. Y al hacerlo reconozco el lado sombrío del pasado de la Iglesia, con conversiones forzosas, el apoyo a las Cruzadas y la creación de la Inquisición.

Any notó cómo el vello de todo su cuerpo se erizaba al recordar el momento más emotivo de aquel acto. Ante el silencio sepulcral de un emocionado público, el Santo Padre, sin dejar que nadie le ayudara y en un gesto máximo de entrega y amor al prójimo, cayó de rodillas, y con voz entrecortada y dolorida por el medio llanto exclamó:

Os pido perdón, hermanos, y entono el mea culpa en

nombre de la Iglesia Católica y como pontífice, al haber permanecido en silencio mientras hermanos y hermanas, hijos e hijas, padres y madres eran asesinados, y os doy la ofrenda de mi corazón en memoria de los seis millones de judíos que perecieron en el genocidio nazi.

Any lloró de emoción al recordar cómo, cuando el pontífice se preparó para levantarse, el primer ministro israelí Ehud Barak le ayudó con lágrimas en los ojos y ante una atronadora ovación llena de reconocimiento y paz.

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