El mentiroso
Capítulo decimotercero
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I
Aquel hombre que dejó marcada mi vida para siempre era
algo especial. No podría decir de él que la bondad fuera su rasgo más predominante, tampoco que fuera de carácter jovial o alegre, pues más bien al contrario, era taciturno y algo arisco. Dio numerables muestras a lo largo de su vida de ser un hombre iracundo y altanero. Nunca dio la espalda a ninguna disputa, pues en su orgulloso carácter siempre quedaba la certeza de tener él la razón.
Tenía esa extraña habilidad que algunas personas
ejercitan con facilidad, y que en él era innata: El don de ir dejando numerosos enemigos allí por donde pasaba.
Pero si algo me molestaba profundamente de él, fue la
facilidad con la que usaba palabras duras y mal sonantes. Fue algo a lo que jamás logré acostumbrarme.
Ahora, cuando mando al joven muchacho que me sirve de
escribiente que me lea estas escasas líneas, pienso: ¿qué vi yo entonces en aquel hombre peculiar?
Tampoco era un hombre sabio, si como tal nombramos a
aquellos que con sus actos o escritos dejan cosas para provecho de la gente.
Tampoco era poeta, pues carecía de forma y gracia.
Además, nunca intentó serlo.
¿Qué fue entonces lo que llenó mi corazón con aquel
hombre?
Ahora, con el paso y la sabiduría que me dan los largos
años vividos, puedo decir que Pablo de Tarso fue un hombre eminente. Se atrevió a aventurarse donde ninguna mente humana hubiera ni tan siquiera soñado jamás.
Entusiasmó a las masas, y supo llenar el vacío de todos
sus corazones. Supo leer la vida que le tocó vivir, y llegó de forma espiritual y difusa a los problemas que estaban fuera del alcance.
Conquistó un terreno que no supieron llenar ninguna de
las numerosas religiones existentes. Fue misionero de su idea, por tierra y mares lejanos. No cayó en el error de pensar que solo el pueblo de David necesitaba un Dios, fue propagador para hebreos y gentiles. Usó en cada sitio y lugar las palabras e ideas que más se adaptaban, y poco a poco fue llenando su ego… Y el mío.
No olvidaré jamás el día que mi camino, hasta entones
monótono e insulso, se cruzó con el de Pablo. Yo repartía mi escasa ciencia médica por el barrio judío de la ciudad de Antioquía. Estaba ocupado en el necesario menester de reponer la energía gastada a lo largo del día, con una extensa y tranquila cena, cuando el joven Rufo interrumpió mi asueto. Llegué todo lo rápido que aquel ilustre invitado parecía merecer: En la lujosa casa, ancianos y presbíteros rodeaban a un hombre completamente curvado por el dolor. Me arremangué mi túnica color rojo claro y lavé mis sudadas manos con agua tibia, antes de coger la tersa y peluda mandíbula del enfermo.
Me miró suplicante, sin duda el dolor aumentaba de
forma progresiva y la debilidad se notaba en su mirada. Sus ojos de color verde claro estaban bañados con el agua del dolor.
No era un hombre alto, ni tampoco corpulento. Recuerdo
haber cogido sus manos entre las mías, y haberme sorprendido con aquel tacto suave y frío. Sin duda aquel hombre no era un trabajador de la tierra, ningún callo ni dureza delataba su piel.
—He de arrancar un par de muelas de tu boca.
Las hierbas y las semillas que llevaba siempre conmigo
sirvieron para mermar el dolor, dejando en un estado de adormecimiento al paciente.
El joven Rufo me sirvió para agarrarlo, mientras con
unas grandes tenazas de hierro extraje dos muelas completamente podridas.
Pablo escupió abundante sangre, y lloró, no sé bien si de
alegría o del intenso dolor causado por mi fuerza, pero aún golpean en mi mente aquellas primeras palabras que me dirigió, mientras me miraba a los ojos:
—Bendito seas, Lucas, nunca olvidaré el alivio que ahora
me causas, siempre tendrás un hueco en mi corazón.
Cumplió su palabra, después de innumerables viajes y
penurias juntos, he curado mil veces su cuerpo de heridas y enfermedades.
Supo embarcarme en su idea, y aquella idea la hice mía. Fui su mejor amigo, y su más fiel defensor.
En este punto el manuscrito era totalmente ininteligible, el tiempo no había sido benévolo con aquellas hojas labradas con la apasionante vida de un hombre arrepentido. Un tremendo roto en forma de zeta marcaba el siguiente trozo de cuero, y lo que se había librado de aquel destrozo no tenía mejor pinta. Alguna sustancia, Dios sabe cuál, se había impregnado por todo el manuscrito, oscureciéndolo de tal manera, que no parecía haber nada escrito.
El siguiente cuero tampoco estaba en muy buen estado. Aunque menos dañado que el anterior, solo la mitad podía ser leído sin utilizar ninguna sustancia química, y arriesgarse de esa manera a dañar aún más el valioso contenido. No se podía seguir una lectura racional del texto. Frases sueltas, algunas de ellas ni tan siquiera completas, era todo lo que se podía conseguir con una potente lupa. En la parte superior derecha una frase resaltaba clara y concisa:
Ningún judío fiel conectó a Pablo con Saulo.
Lo que seguía a aquella apasionante frase era totalmente indescifrable fuera de un laboratorio de restauración arqueológica. Hacia la mitad de aquel mismo manuscrito, podía leerse entre líneas palabras sueltas:
«Diáspora», dos espacios más allá de un gran borrón negro, se podía leer: «Ritos innecesarios».
Casi al final del manuscrito una frase se revelaba como concisa y a la vez inquietante:
Sería el desarrollo natural de todas las creencias
conocidas.
A ese manuscrito le seguía otro completamente estropeado. Casi se desvanecía en los dedos de aquel que lo tocaba. Las revelaciones que el histórico autor quiso relatar en aquel pedazo de cuero, seguramente murieron con él.
Sin embargo, el siguiente manuscrito, volvía a ser claro y diáfano. La tinta y los claros trazos de la elegante escritura parecían salirse del cuero. ¡¡Nadie diría que aquellos papeles tenían casi dos mil años!!
Cuando así hablaba, mi mente se liberaba de mi cansado
cuerpo, la tensión de un largo y ajetreado día desaparecía, dejando paso a la ilusión que se conectaba con aquellos brillantes y luminosos ojos verdes.
—Ésa será nuestra tarea, amigo Lucas. Todas esas
doctrinas que mezclan ideas, sueños, verdades e idolatrías, debemos fundirlas en una sola. No permitiremos que la Palabra de Dios se sustente en la boca de unos cuantos locos, que dependen de cómo hayan pasado la noche, o de cómo de inspirados estén por el día, para explicar su caos, o la Palabra imprecisa de un Dios muy particular. Alguien tiene que poner orden y sensatez en este Oriente tan lleno de Dioses y charlatanes.
Nuevamente el manuscrito dejaba de ser claro. Parecía haber sufrido algún tipo de quemadura, pues podía seguirse sin dificultad la marca dejada por el destructor fuego. Las llamas no solo habían dejado completamente inservible aquella parte, sino que todo lo que la rodeaba estaba oscurecida y debilitada, de tal forma que se rompía en mil pedazos al más mínimo contacto.
… Blasfemia a la que me fui acostumbrando:
—Cuando los profetas nos hablaban de un Mesías que
salvaría al pueblo de Israel, se referían a que lo salvaría de vivir enlosado y encerrado en sí mismo, impotente en sus ancestrales costumbres, y sujeto a unas cadenas, que no le dejan moverse y salir de sus propias prisiones.
El manuscrito seguía siendo un mar de enigmas, y era un verdadero jeroglífico, descifrarlo en algunos puntos, donde solo un buen equipado laboratorio dejaría atrás las marcas del tiempo.
Yo me encontraba algo violento, Pablo usaba aquel
vocabulario tan áspero como de costumbre, y estaba obligando a Santiago a defenderse en su propia casa.
—Saulo —Santiago se negaba sistemáticamente a
llamarle por su nuevo nombre—, creo que olvidáis que estáis hablando de mi propio hermano.
—Acaso, ¿eso os da prioridad de entendimiento?, sois un
obtuso que no ha sabido aprovechar esa ventaja, y ahora desperdiciáis vuestro tiempo y el de toda esta gente —dijo Pablo señalando a la multitud que se empezaba a congregar en el Templo.
La cara de Santiago, al que todos conocían como «el
justo», empezó a marcarse por la ira, sin embargo, incluso en ese momento de extrema tensión, supo mantener su compostura.
Una voz fuerte y potente salió detrás de nuestras
espaldas, recuerdo haberme girado embriagado y sorprendido a la vez, por aquel acompasado timbre.
Saulo, ¿por qué te esfuerzas en mantener disputas, y
cimentar falsedades? No entendemos tus ideas, y aquí no son compartidas —el hombre que así hablaba estaba rodeado de un halo de dignidad por todos reconocida. Su nombre era Cefas, el llamado Pedro, y sin duda su voz era escuchada y respetada—. La doctrina que tú intentas difundir no se ajusta a la realidad que nosotros conocimos y aprendimos.
Cefas se había hecho espacio justo en el centro del
Templo, consiguiendo que todas las miradas se unieran en él.
—Nosotros, los que tuvimos la suerte de conocer y vivir
con Jesús, no entendemos de dónde viene esa autoridad que tan alegremente tú manifiestas, pues yo que viví cada segundo de su vida, y amé cada una de sus palabras, nunca llegué a verte a su lado. ¿Dónde estuviste, Saulo, en cada momento difícil de su arduo camino?
Cefas dirigió sus zancudos pasos hacia Pablo, y con las
manos extendidas recogió las suyas. Una sonrisa se marcó alegre en su arrugado rostro, y miró sereno a los ojos de mi amigo.
—Somos gente sencilla y poco sembrada, amigo Saulo, te
pido con humildad que no compliques nuestras existencias. Harías un gran servicio al pueblo de Judea si regresaras a casa y olvidaras este asunto.
—El Dios que yo predico…
El manuscrito no dejaba seguir con tan apasionante conversación, justo en esa frase llegaba a su fin, pero esta vez, quedaba clara la mano del hombre, pues en ese punto, y de forma perfecta el manuscrito había sido roto. Todo parecía indicar que el propio Lucas mandó quitar los párrafos siguientes, y ante la escasez que en aquellas épocas había de pergamino o cuero, decidió arrancar aquello que no quería mostrar. El manuscrito era de diez a veinte centímetros más corto que los demás, y la simetría y eficacia con la que había sido cortado dejaba clara la esmerada y concienzuda mano del hombre.
Era un motivo constante de irritación para Pablo. Los
objetivos, enseñanzas y preocupaciones eran diametralmente opuestos. Pablo no podía dejar de pensar que Santiago —el justo— estaba más cerca de la fuente. Aunque no pudiera borrarla del todo, su obsesión era minimizar la figura de Santiago, y por desgracia y a mi pesar, yo contribuí de forma relevante en esa tarea.
Ahora, con la edad, creo haber encontrado la sabiduría
que me faltó entonces, y antes de que el Señor me llame ante Él, intentaré borrar mi error:
Santiago era el jefe reconocido de la comunidad de
Jerusalén. Representaba una facción de judíos «celosos de la ley». Dos enemigos distintos y diferentes, fueron los que ganó Santiago en su camino, el primero y más peligroso venía del clero hostil saduceo, con el sumo sacerdote Ananías a la cabeza. Para Santiago, estos habían traicionado a su nación y sobre todo a su religión, al pactar con los romanos. Ananías era un hombre terriblemente corrupto y odiado por el pueblo. Santiago cuestionó públicamente al sumo sacerdote, lo cual le serviría para encontrar la muerte.
Sin embargo, el segundo enemigo que encontró en su
camino, sin que él lo supiera, le hizo mucho más daño.
Admitió a Pablo dentro de su comunidad, a pesar de ser
forastero, y haber perseguido sus ideas en el pasado con la espada. Pronto renegó de ellos, tergiversó sus ideas y cosas, llegando a mal utilizar la imagen de Jesús al predicar una doctrina distorsionada.
A partir de ese momento fue conocido dentro de la
comunidad como «El mentiroso».
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