El mentiroso
Capítulo IV
Rossi estaba que explotaba de alegría, ¡tantos años trabajando en silencio, interpretando un papel que no era el suyo!, pero por fin llegaría la recompensa. Ahora tenía que empezar a indagar opiniones, actuaría como el más electo de los políticos. Al fin y al cabo, lo que ofrecía era su candidatura.
La tarde había caído deprisa sobre Roma, era último de octubre, y en todos los países de la Europa comunitaria se había cambiado la hora. Tan solo eran las seis y media de la tarde, pero ya casi era noche cerrada sobre la ciudad de Rómulo y Remo.
Era tanta su felicidad que ni aún el retraso de Dilivio podía alterarle. Ya le quedaba poco por aguantar a aquel imbécil, no sabía qué papel destinar en un futuro al Primado de Milán, pero eso ahora no le preocupaba.
Apuró de un solo trago su Martini, y volvió a pedir otro.
Dilivio hizo su entrada a los pocos minutos, vio a Rossi sentado en un rincón del pequeño y discreto local, y se dirigió hacia él con una sonrisa en los labios.
El Primado de Milán pidió una cerveza bien fría, y esperó a que el ceñudo y extrañado camarero se alejara.
—Las noticias que me llegan de Nueva York son inmejorables.
—Entonces este día no lo olvidaré nunca —contestó, más para sí que otra cosa, Rossi.
—¿Cómo decís? —pregunto Dilivio.
—Nada, nada, contadme.
—La chica se reunió con los abogados de su familia. Cuando salió del bufete, entró en una cafetería y nuestro hombre la siguió.
—¿Y bien?
—Sacó un sobre, lo abrió y leyó su contenido. Según nuestro amigo, lo que decía ese sobre causo una gran impresión sobre la muchacha. Cuando terminó de leer la misiva, la joven Lograft la quemó, nuestro hombre cree que por deseo expreso del autor de la nota.
—Eso significa que…
—Que ahora podemos estar casi seguros que Cail Lograft ha descubierto todo el juego a su hija —sentenció Dilivio.
—Bien, hemos de ser prudentes, pero acelerar la marcha. Que la chica no haya ido a la policía con el cuento puede significar dos cosas: o bien que está asustada, o que quiere seguir el juego de su padre.
—Esperemos que sea la primera.
—Sería mejor para todos —comentó pensativo Rossi.
Rossi dio un gran sorbo a su copa, y jugó con la pequeña aceituna que había en el fondo de su vaso, mientras cavilaba. Dilivio conocía ya lo suficiente al padre Rossi, como para mantenerse al margen y esperar a que el sacerdote hubiera tomado una decisión.
Rossi pinchó la aceituna con un palillo y se la llevo a la boca. Arrugó un poco las cejas, medio cerrando los ojos, y proyectó una malévola sonrisa, moviendo apenas los músculos de su cara.
—Hagamos una visita a la señorita Lograft.
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