El mentiroso
Capítulo VIII
Se sentía rejuvenecido, todavía era ágil de mente, había resuelto de forma eficiente una situación que se le había puesto seriamente complicada. Estaba eufórico y seguro de sí mismo, tenía la certeza de que todo le iba a salir bien. Los jefes no tendrían más remedio que comprender que él era el mejor, siempre lo había sido y lo seguiría siendo por mucho tiempo.
Sacó de uno de sus bolsillos una pequeña Biblia. Aquel precioso libro había sido su compañero a lo largo de todos aquellos años. Siempre le había guiado y aconsejado.
Miró las incrustaciones en oro de su lomo, y observó orgulloso cómo, a pesar del paso del tiempo, las letras doradas brillaban elegantes en la oración: Biblia de Jerusalén.
Se llevó el libro santo a los labios y, como aquella primera vez que tuvo que poner todo su ser al servicio de Dios, lo besó. Lo besó con devoción y pasión.
Tantas veces había abierto el libro por aquella página que no necesitó buscarla, ni ojearlo siquiera. Ante él, del color crema oscura que marca el uso y desgaste de las hojas de papel, apareció el Apocalipsis.
Revelación de Jesucristo; se la concedió Dios para
manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto; y envió a su Ángel para dársela a conocer a su siervo Juan, el cual ha atestiguado la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo, todo lo que vio. Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella, porque el tiempo está cerca.
Su Dios le necesitaba, y él no le fallaría.
Entonces las vio.
Las dos muchachas salían de forma algo precipitada del hotel y, mirando algo temerosas de un lado a otro de la calle, se adentraban en el bullicio de la gente.
Sonrió satisfecho, lo había conseguido. Sin relajarse lo más mínimo en su tarea, disfrutaría con aquello, ¡vaya si disfrutaría!
OceanofPDF.com