El mentiroso
Capítulo II
Acababan de tomar tierra en el aeropuerto Ben Gurion, en Lod, situado a unos 18 kilómetros al Este de Tel Aviv, y a unos 50 de Jerusalén. El viaje había sido tranquilo, y con todas las comodidades que la compañía aérea internacional de Israel les ofrecía. Se habían empapado todos los periódicos londinenses, e incluso les había dado tiempo para echar una pequeña partidita a las cartas. Verónica no había querido centrarse demasiado en el tema, pero estaba segura de que dentro del avión alguien las vigilaba estrechamente.
La primera experiencia de Verónica con la Tierra Santa había sido impactante: el clima, a pesar de ser templado, era pegajoso e incómodo. El cambio de temperatura que los pasajeros notaron nada más bajar las escalerillas del avión fue abrumador.
El aeropuerto Ben Gurion no era diferente a los otros muchos que Verónica había visitado, quizás hubiera un movimiento más desmedido por el bullicio que armaban los numerosos turistas extranjeros, deseosos por descubrir cuanto antes las maravillas de aquel lugar elegido por la historia.
Una vez sellados sus pasaportes, y recogido su escaso equipaje —Any tuvo que pelear sobremanera con su amiga Verónica, y hacerle ver que una carga excesiva de equipaje no haría más que estorbar—, salieron del recinto.
—Creo que deberíamos dar un pequeño paseo antes de dirigirnos hacía Jerusalén. Si alguien nos está siguiendo, cosa que no dudo, será mejor que sepamos cuanto antes que aspecto tiene.
—¿Qué es lo que propones? —preguntó Verónica.
—Tú no has estado nunca aquí, pero yo muchas veces, y sé cómo moverme por este mar de caos turístico, cogeremos un taxi.
—Vaya, ¿para coger un taxi necesito tu experiencia israelita?
—¿Te atreves a cogerlo tú?
—¿Piensas acaso que en París, Londres o Nueva York, no he cogido nunca un taxi?
Any sonrió y dejó con su silencio que su amiga diera el siguiente paso. Se dirigieron a una parada de taxis próxima a la terminal, y ni corta ni perezosa, Verónica abrió la puerta del primero de los taxis estacionados, y se introdujo dentro de él.
Enseguida todo fue movimiento, hacía un momento nadie parecía querer tomar un taxi, pero no hizo Verónica más que subirse a uno, cuando tres o cuatro hombres se subieron al mismo que ella.
Any esperó, con la sonrisa en los labios, pero atenta para socorrer a su imprudente amiga; no hizo falta, con una protesta en su boca, pero el rostro marcado por el asombro, Verónica bajó casi en marcha del vehículo.
—¿Pero, tú has visto? ¡Yo había cogido ese taxi!
—Hay muchas cosas que no sabes de este país, querida. En primer lugar, esto no es ni París ni Londres, sobre Nueva York no digas absolutamente nada, pues los israelitas te dirán su famosa frase: «hay más judíos en Nueva York que en todo Israel». Fíjate cuando vayamos paseando por sus calles, encontrarás cantidad de monumentos, calles, edificios o parques dedicados a eminentes políticos norteamericanos.
—¿Y qué pasa aquí con los taxis? —comentó Verónica algo indignada.
—Estás en la tierra de los taxis compartidos, aquí coger un taxi no significa tener un chofer para tu uso particular, querida. Tienen un itinerario fijo y siempre a un precio fijo, como verás, todos los taxis que tienes a tu alrededor son viejos y grandes Mercedes con capacidad para seis o siete viajeros. Aquí cada pasajero paga la parte que le corresponde; el taxi solo sale cuando se llena, pero la gente no espera dentro del coche, por eso cuando tú has subido, todos los que ya habían cogido ese mismo taxi subieron al mismo. También es verdad que esperaban darse un buen trayecto contigo, te puedo asegurar por experiencia que los 18 kilómetros desde el aeropuerto hasta Tel Aviv se te iban a hacer eternos quitándote manos de encima; tanto judíos como árabes son muy sobones.
—Creo que he hecho el idiota.
—No lo sabes tú bien, ¿y si nos hubiéramos montado en el coche, y la persona a la que intentamos despistar se monta con nosotras? Será mejor que a partir de ahora dejes que sea yo la que tome la iniciativa.
—Estoy a tus órdenes —contestó Verónica con ironía y llevándose la mano a la cabeza en el famoso saludo militar.
Any se dirigió hacia el primer taxi y empezó a hablar con el conductor, por los gestos que su amiga hacía con ambas manos, Verónica se dio cuenta de que la pequeña charla era una especie de juego en el que los dos, Any y el taxista, eran expertos jugadores.
Al cabo de un rato, su amiga llegó hasta donde se encontraba Verónica, y cogiendo una de las bolsas, comentó:
—Todo resuelto.
—¿Qué pasa?
—Está conforme en llevarnos hasta Tel Aviv sin compartir el taxi. He tenido que triplicar la tarifa, pero nuestros muslos, pechos y posaderas nos estarán eternamente agradecidos.
El taxista, un hombre enjuto y nervioso, abrió sonriente la puerta a Verónica. Tenía un ancho bigote, y su tez morena resaltaba aún más por los brillantes y blancos dientes que su abierta sonrisa dejaba al descubierto.
El taxi, ¡cómo no!, era un Mercedes antiguo y espacioso, pero la mugre no permitía adivinar si aquel vehículo había tenido alguna vez una coqueta tapicería.
Varios hombres, de forma decidida y con una sonrisa que hizo que a Verónica se le helara la suya, intentaron meterse dentro del coche; sin duda dos bonitas extranjeras eran un apetitoso plato que no iban a dejar pasar sin tan siquiera pelearlo. Observaron atónitas como el taxista discutía casi violentamente con aquellos posibles «clientes» hasta que, refunfuñando y dando un fuerte portazo, se introdujo en el coche y arrancó.
Todos iban en silencio, y Verónica podía ver como el taxista clavaba sus ojos en ella a través del espejo retrovisor; no es que la incomodara en exceso, pero sí la ponía algo nerviosa. Intentó relajarse mirando todo lo que la rodeaba, y al cabo de un rato había olvidado todo, centrándose en aquel mundo tan extraño que la embargaba.
Había visto a aquellos hombres en películas y documentales, pero ahora le resultaba gracioso, y sumamente emocionante, estar tan cerca de ellos. Sabía que la expresión de su cara era de lo más idiota; también era consciente de tener la boca entreabierta, pero no le importó, ¡aquel mundo era tan diferente a lo que ella conocía!
—Hasidim —la voz del taxista sonó fuerte, y Verónica clavó su mirada en la de él mirando al espejo, estaba segura de que se había dirigido a ella.
—¿Cómo dice?
—Esos hombres que usted mira con tanto interés, son los Hasidim —el acento de aquel hombre era gracioso, pero por lo demás su inglés era perfecto.
Verónica volvió a mirar a través de la ventanilla, algo sucia, del coche; y su vista se topó con otro grupo de aquellos hombres. Todos llevaban sombreros negros, y a pesar del espeso calor, unos largos abrigos, también negros, caían más allá de sus rodillas. Llevaban camisas blancas sin corbata, barba larga y el pelo cayendo en rizos laterales.
—Son hombres curiosos.
—Señorita, esos hombres son los judíos más religiosos, piadosos y ultraortodoxos.
—¿Son una secta?
—Llámalos como quieras, simplemente siguen una concepción mística del judaísmo —contestó Any—. Son los que mejor se distinguen a simple vista, pues como podrás ver su vestimenta no es muy discreta.
—¿Y siempre van así?
—No —al taxista parecía divertirle aquella conversación—, en el Sabbat sustituyen los grandes sombreros negros por otros de piel.
—¿Y la ropa es siempre la misma, haga el tiempo que haga?
—La vestimenta hasídica deriva de la aristocracia polaca de finales del medievo, y ellos la llevan, sin importarles la estación del año en que estén, por dos razones principales: humildad, y luto por el templo. —Any también parecía disfrutar de aquella conversación, donde todos sus conocimientos salían a la luz. A Verónica empezó todo aquello a fastidiarle un poco.
—Yo creía que todos los judíos llevaban ese gorrito tan mono encima de la coronilla.
El taxista miró algo incrédulo por el espejo retrovisor, y Any se revolvió nerviosa en el asiento, no sabía cómo iba a reaccionar aquel hombre ante la impertinencia de su amiga; sin embargo, una clara carcajada envolvió el habitáculo del vehículo, y el taxista, sin dejar de reír con ganas, siguió conduciendo. Any suspiró aliviada, mientras que Verónica se unió a la algarabía del judío.
El taxista echó mano a la guantera del coche y la abrió, de ella sacó un pequeño casquete de color oscuro, y se lo colocó sobre la cabeza.
—Sin duda usted se refiere al yarmulka, yo lo llevo solo durante los servicios religiosos y mis oraciones.
Any dio un fuerte codazo a su amiga, y Verónica, tras mirar el rostro petrificado de su amiga, siguió inquisitiva la mirada de Any. Dentro de la guantera que el divertido taxista había dejado abierta, se podía ver una imponente y plateada pistola.
El judío, que era un hombre ágil de reflejos y despierto de mente, enseguida se dio cuenta de lo que pasaba por la mente de sus dos pasajeras, y soltando con ambas manos el volante las puso en alto, sonriendo.
—Tranquilas, tranquilas, amigas mías, no se asusten, no pasa nada, no tengan miedo de Shem, ese pequeño juguete me asusta lo mismo que a ustedes.
—Entonces ¿por qué lleva un arma en el coche?
—Pronto será el Día del Perdón, el Yom Kippur. Ese día se detiene todo, los niños juegan en las carreteras vacías, no hay televisión ni radio, todo está cerrado, es un día dedicado a la oración y al recogimiento.
—Pues no lo entiendo.
—En 1973, en el día más santo del calendario judío, el Yom Kippur, Egipto y Siria lanzaron ataques simultáneos. Durante tres días mi país estuvo a punto de desaparecer del mapa, ya que todas las fuerzas armadas no estaban preparadas más que para rezar en las sinagogas. Mi hermano y muchos de mis amigos murieron en esos tres días —el dolor y la pena se podían ver en la cara de aquel hombre—. Fue una gran victoria para Israel, pero las pérdidas de seres queridos dejaron huella en nuestros corazones. Desde ese día, y siempre que vamos a entrar en el Día del Perdón, esta compañera de viaje va conmigo.
La carretera era ancha y estaba bien asfaltada, el tráfico no era muy intenso y el taxi andaba tranquilo por la vía, por eso pronto entraron el Tel Aviv.
Verónica miraba todo como una colegiala ávida de información, Any observaba a su amiga, y expectante esperaba la reacción de Verónica. Estaba segura que por la mente de su amiga pasaban ahora las mismas palabras que por la suya la vez primera que pisó la capital financiera y comercial de Israel.
Recordaba la decepción de entonces y cómo se rompía por momentos su visión algo idílica del lugar. Inmundicia, habitantes demasiado extraños y un ambiente en general lleno de confusión; tapaba cualquier pequeño encanto. Tel Aviv seguía siendo, en general, una ciudad fea, impersonal y, sobre todas las cosas, demasiado ruidosa.
—Tranquila, no te asustes por tanto caos.
—Simplemente, no es lo que esperaba.
La estación central de autobuses, compartida por varias compañías, era un caótico tinglado de varias manzanas donde se podían apreciar las sucesivas ampliaciones que no habían tenido en cuenta, ni respetado arquitectónicamente, nada de lo anterior.
El taxista les había dejado, con una abierta sonrisa al comprobar la generosa propina que Any le había dado, en la calle Petah Tiqwa, justo enfrente de la estación. Atravesaron una inmensa nave donde, en un sucio cartel, se podía leer en hebreo, árabe e inglés: Local numero 5 autobuses. Al fondo, en otro cartel escrito en los tres idiomas, y con un pequeño reclamo luminoso se leía: Venta de billetes. Any sacó dos hacía Jerusalén.
—¿Tardará mucho el autobús?
—Me ha dicho que unos diez minutos, yo tengo las mismas ganas que tú de irme de aquí, pero tranquila, he estado muchas veces en esta estación, y nunca me ha pasado nada.
—Ya, pero seguro que esas veces no te seguía un hombre.
Verónica hizo un gesto con el cuello indicando a su amiga que mirara a través de su hombro, un hombre sostenía un periódico local, pero no dejaba de mirarlas. Any no tuvo que hacer mucho esfuerzo para ver en aquel hombre al mismo que la había seguido por Londres cuando Verónica se había marchado a Roma.
—Ese hombre ya me ha seguido otra vez.
—Si es el mismo que dejó en mi casa la moneda romana de mi padre, está claro que no tiene la menor intención de esconderse, sabe que le conocemos, pero no le importa, tiene el claro objetivo de ponerme nerviosa, y hacer que me desmorone.
—¿No consentiremos que eso ocurra, verdad?
Verónica sonrió preocupada y agarró la mano de su amiga, suspirando.
—No, claro que no.
En el andén número tres, un rótulo luminoso indicó que desde allí saldría el autobús con destino a Jerusalén. Las dos amigas cogieron sus pocas pertenencias y se dirigieron hacia el andén. No les hacía falta mirar más allá de sus hombros para saber que su ínclito amigo venía detrás.
La puntualidad fue una agradable sorpresa para Verónica. A la hora exacta, el autobús salió del andén, y tomó la carretera que le llevaba a su destino.
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