El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 69 de 130

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El mentiroso

Capítulo IV

 

El ruido de la música, mezclado con el rugido de la masa apasionada, era ensordecedor. El auditorio en el que se había convertido el estadio de Wembley vibraba desde sus cimientos como si fuera a resquebrajarse en mil pedazos. La noche, que se había antojado nublada y cubierta, pareció unirse a la locura general, sacando a relucir su mejor cara estrellada. La luna se acopló sobre el escenario, brillante y redonda, haciendo dúo con el impresionante juego de luces.

Todo estaba saliendo según lo esperado, nadie mostraba en su cara ni un ápice de desilusión o frustración, el concierto estaba siendo simplemente maravilloso.

El Boss del Rock & Roll, fiel a su estilo, se dejaba el alma en cada canción. Hubo momentos realmente estelares en la noche, pero el que más había emocionado a Verónica había sido aquel en el que un entregado Bruce Springsteen, con un simple foco de luz marcando su rostro, su guitarra acústica, y un silencio casi rayando la idolatría, había empezado a entonar los primeros compases de The River.

La luna pareció sonreír en la lejanía, cuando miles de pequeños focos de luz salieron de las gradas del repleto estadio. Verónica había mirado a su derecha, y se sintió contenta cuando vio en el rostro de su amiga Any la emoción del momento.

Después de casi tres horas de concierto, El Boss dio por terminada su actuación, pero ante la insistencia de más de treinta mil enloquecidos y entregados fans, cogió su guitarra y su armónica, se sentó en el primer escalón que conducía al escenario, e interpretó magistralmente Independence Day.

Las dos permanecieron largo tiempo calladas, parecía como si no quisieran romper el hechizo del último recuerdo en su retina. Sin embargo, ambas rompieron a reír cuando se dieron cuenta que tarareaban la última canción interpretada por Springsteen.

—¡Ha sido maravilloso! ¿Verdad?

—Sin duda, según llegue a casa después de dejarte a ti, escribiré mi artículo; ¡creo que me va a salir genial!

Verónica avanzaba despacio por el escurridizo asfalto. Parecía como si los dioses del Olimpo se hubieran puesto de acuerdo, pues justo cuando la gente salía del estadio, lo que hacía unos momentos era claridad y luna, se había transformado en oscuridad y lluvia.

Any conectó la radio del coche, las noticias de la noche copaban las ondas en ese momento:

«La salud del Papa —decía la voz del informador—, preocupa a tan solo una semana de la multitudinaria recepción que el Sumo Pontífice romano dará a toda la prensa mundial. Según fuentes fidedignas que nos llegan desde el Vaticano, el obispo de Roma ha decidido seguir con los planes previstos a pesar de que los informes médicos desaconsejaban dicha recepción».

—¿Sabes quién asistirá por el London? —preguntó Any con una sonrisa en sus labios.

—No tengo ni idea, ni tan siquiera sabía que fuera a haber tal recepción.

—Pues el director se conoce que no sabe dónde meter a tu amigo Peter, y ha decidido mandarle a tan jugosa recepción para que saque de ella un gran artículo.

—Ja, ja, ja. ¡Dios mío, cómo me debe de odiar Peter!, ¡y pensar que si no fuera por mí estaría llevando todo el apartado musical del periódico!

—¿Te imaginas a alguien que vive solo para los Rolling Stones, haciendo un artículo sobre el Papa?

—Pobrecillo, el caso es que aunque debería, no me cae del todo mal.

—Pues él sigue pensando que conseguiste el puesto gracias al dinero de tu padre.

—Yo, en su lugar, a lo mejor hubiera pensado igual.

—Pues no sabes lo mejor de todo, cuando se enteró montó en cólera y se marchó hecho una furia. Pero al día siguiente llegó, y fue directo al despacho del dire, ¿y sabes qué le dijo?

—No sé por qué, pero tengo la extraña sensación de que estás deseando decírmelo —comentó en tono jocoso Verónica.

—Entró en el despacho, y sin esperar a que el director dijera media palabra, soltó:

«Ya he entendido por qué usted me ha mandado a cubrir la noticia del Vaticano, dos días antes se celebrará en el Olímpico de Roma el primer concierto de la gira europea de Madonna. Y le estoy agradecido por haber pensado en mí para hacerlo».

Según me contó el dire, Peter se sentó frente a él, pavoneándose, y llenando todo el despacho con su sonrisa.

—¿Y cuál fue la respuesta de nuestro amado director?

—«Espero, Peter, que haga usted un gran artículo de su encuentro con el Papa, piense que representará a nuestro periódico —Any imitaba los gestos y la voz del director, ante la sonrisa jocosa de Verónica—. En cuanto al tema del concierto, tendrá usted que comentarlo con Verónica Lograft, ya sabe que no me gusta inmiscuirme en los departamentos que tienen su director».

—¡Bien por el diré!

La lluvia parecía haber remitido en su brusco e insospechado furor, el olor a tierra mojada revoloteaba por todos los sitios, y Verónica llenó los pulmones con aquella fragancia que desde muy pequeña tanto la embriagaba.

—Gracias por el concierto —Any besó a su amiga antes de ponerse la fina chaqueta y salir rauda del coche.

Verónica esperó a que su amiga entrará en su coqueta casa, y se dirigió hacía su propio domicilio. Por la mañana debía partir hacia Nueva York y todavía no había preparado sus cosas. Le había prometido a su padre que permanecería junto a él un mes, y ahora no sabía si podría cumplir su promesa, Any sin quererlo le había recordado que tenía trabajo por hacer, y buenos y molestos competidores dentro de casa.

No es que hiciera un frío especial, o que Verónica estuviera destemplada, simplemente le gustaba trabajar delante de la chimenea; era algo que le hacía sentirse a gusto en su propia casa, y a la vez estimulaba su mente en el trabajo.

Se había preparado un gran tazón de chocolate bien caliente, y en un pequeño plato había puesto unas cuantas galletas caseras. Colocó todo sobre la alfombra de lana gruesa que, de forma decorativa, descansaba frente al fuego. Se había puesto cómoda: un pantalón corto, con el que solía dormir, y una simple camiseta con el rostro de Prince que este le había dado en su última entrevista.

Se estiró en la alfombra, y miró por un instante el fuego en su limpio trabajo de comer la madera de encina, y crecer en altura y majestuosidad.

Cogió su pequeño bloc de notas, lo abrió, y lo colocó a un lado. Abrió el moderno y costoso ordenador portátil —regalo de sus compañeros por su ascenso—, y se introdujo en su procesador de textos.

No necesitó muchos sorbos de chocolate para encontrar el título de su crónica. Necesitaba algo sencillo, llano, pero que a la vez fuera impactante. Debía transmitir a sus lectores, en pocas palabras, lo que había sentido. Sonrió, se sentía a gusto consigo misma, sabía que conseguiría un buen artículo, tenía las mismas sensaciones de siempre, cuando escribía algo bueno.

Y tecleó:

Solo Bruce.

Cogió una pequeña galleta, y recordó que se le había olvidado algo: ¡No había puesto nada de música! Se levantó y fue directa al equipo, pero el teléfono pareció aprovechar la ocasión de tener a Verónica al lado, y justo en ese instante sonó, rompiendo todo encanto.

—¿Sí?

—Verónica, soy mamá.

—Hola mamá, ¿cómo estás?

—Bien, hija, verás, tengo que decirte algo, he querido ser yo la que te lo dijera. Aunque me hubiera gustado poder verte.

Verónica conocía lo bastante bien a su madre como para saber que algo malo había ocurrido.

—¿Quieres que cenemos juntas mañana?, estaré en Nueva York por la tarde.

—Iré a recogerte al aeropuerto.

—No hace falta, tengo uno de los coches de papá en el parking.

—Verónica… hija mía —Verónica pudo oír a través del auricular como su madre rompía en sollozos—, tu padre, tu padre… ha tenido un accidente.

El silenció taladró el corazón de Verónica, no hizo falta que su madre siguiera hablando, ya empezaba a experimentar el frío que se siente en el alma cuando ya no se tiene a un ser querido. Poco a poco se sintió gélida y vacía, terriblemente vacía.

—No, no, no, no, no —de forma inconexa movía la cabeza de un sitio a otro, haciendo que las abundantes lágrimas mojaran el teléfono—. NO — gritó de forma casi inhumana.

—Tu padre ha muerto.

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