El mentiroso
Capítulo vigesimocuarto
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I
A diferencia del vuelo de ida, el de vuelta había sido apacible, llegando incluso a disfrutar de él. Cada vez que dejaba caer sus párpados, veía en su mente aquellos ojos verdes llenos de vida y sabiduría. Se había sentido reconfortada y reforzada en aquella insólita reunión. Pensó una vez más en su padre, con una sonrisa amarga y llena de amor y pena. Cail jamás hubiera dado aquel paso, le había conocido demasiado bien, nunca se adelantaba a los problemas, su filosofía era muy simple y sencilla: «Ya resolveremos los problemas cuando vayan viniendo, ¿por qué he de poner la tirita antes de tener la herida?». Así de bien le había salido la jugada.
Ella era diferente, no le gustaba dejar nada en manos del libre albedrío, la suerte era algo incorpóreo que jugaba un papel en la vida de las personas, pero aquel que hacía algo para buscarla, por lo general, acababa encontrándola.
Su vida estaba estructurada hasta el más mínimo detalle, no le gustaba dejar nada en manos del azar, ¿neurótica?, pudiera ser, pero estaba satisfecha consigo misma.
Ahora, una vez desechada la idea, alocada y aterradora, de tener a la Iglesia como enemigo, su espíritu y sobre todo su conciencia se habían tranquilizado. Eso no despejaba la cuestión de que estaba en serio peligro. El Santo Padre había sido muy claro en este aspecto, el sector más fanático de su casa estaba fuera de control, y ella era un mero impedimento para sus aspiraciones y ambiciones. Al menos ya habían matado una vez, ¿qué les impedía quitarse de encima a una insignificante periodista?
Por el altavoz del avión, el comandante les indicaba que en breves momentos iban a tomar tierra en el aeropuerto de Londres. Verónica miró por la ventanilla —siempre que podía le gustaba pedir ventanilla, mirar el cielo le relajaba y le hacía casi olvidar el inmenso pavor que tenía a volar —. Abajo pudo ver el típico color gris que presentaba la ciudad de Londres.
Con maestría, el comandante hizo que aquella mole tocara tierra sin la menor brusquedad. Cuando el avión apagó sus potentes motores, Verónica sacó del bolso su teléfono móvil, y marcó el número del periódico.
—¿Any?
—Sí —contestó la conocida voz de su amiga al otro lado del auricular.
—Soy Verónica, acabo de aterrizar.
—¡Verónica, qué alegría!, ¿ha ido todo bien?
—Ya te contaré, pero no por teléfono —dijo apremiante Verónica dando un mensaje a su amiga, para que no hiciera ninguna pregunta—, recoge algo de ropa de tu casa y vente a la mía, salimos de viaje.
—Tardo una hora escasa —fue la escueta respuesta que dio Any antes de cortar la comunicación.
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