El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 46 de 130

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El mentiroso

Capítulo decimosegundo

 

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I

La fiesta estaba siendo espléndida, todo salía como lo tenía programado. No es que tuviera una casa muy grande, pero la gente se había acomodado con facilidad y sin problemas, a fin de cuentas, ¿no venían todos a pasarlo bien?

Hoy hacía justo un año que el director del periódico, le había dado la gran alegría de nombrarla directora del departamento musical. Todos sus amigos estaban hoy allí con ella, ¡hasta Peter!, gran perjudicado de aquella decisión.

Se encontraba cómoda en Londres, su trabajo le gustaba, había hecho amigos con facilidad, y lo que era más importante: estaba satisfecha con ella misma.

—Estás guapísima, se te ve exuberante.

Verónica sonrió agradecida, y dio un gran beso a su amiga Any. Últimamente, Any Rizze había sido su apoyo constante, entre ellas se había formado una especie de comunión que las hacía estar juntas casi continuamente. Solo el trabajo les separaba, pues aunque trabajaban en el mismo periódico, paradójicamente, rara vez coincidían. Any Rizze era la directora de cultura, y aunque habían tenido que trabajar en equipo, últimamente no era así.

—¿Te quedarás hoy a dormir?

Any arrugó su frente con sorna y extendió un dedo señalando a su amiga.

—Verónica Lograft, pareces olvidar que yo también tengo casa.

Verónica sonrió algo colorada, y se abrazó al cuello de su amiga, estaba feliz, y necesitaba compartir esa felicidad con alguien.

—Tu casa está lejos de aquí, ya es tarde, quédate conmigo, mañana desayunaremos y luego nos marchamos al trabajo juntas.

—Siempre tienes una excusa para retenerme aquí —Any dio un beso a su amiga y entraron juntas al salón, la fiesta estaba tocando a su fin.

Fue divertido fregar juntas los cacharros y reírse de los invitados, mientras en el salón sonaba el último disco de Mark Knopfler.

—Oíste los faroles que se pegaba Corina, todo su afán era atraer la atención de Steven.

—Se ha estado pavoneando como una gata en celo. ¡Y el peinado que llevaba!, parecía la dama de hierro.

—Qué dices, Corina es mucho más fea. —Una explosión de risas llenó la cocina, con lágrimas en los ojos, ambas tuvieron que sentarse. El sonido inconfundible del teléfono cortó momentáneamente la algarabía. Verónica, todavía secándose las lágrimas de la risa, descolgó el auricular.

—Dígame.

—Vero, soy la abuela.

—Pero abuela, ¿sabes qué hora es en Londres? Estaba durmiendo — mintió.

—Lo siento, hija mía, pero necesito saber dónde está tu padre, es muy importante que hable con él.

Aquello no era nada nuevo para Verónica, la abuela Angélica era bastante rara, y cuando se le metía una idea en la cabeza era muy insistente.

—Y ¿en qué te puedo ayudar yo, abuela?

—¿Tú no sabrás dónde está la calamidad de tu padre?, ¿no se ha puesto en contacto contigo?

—Le vi. Hace unos días que iba hacia Egipto, pero creo era un viaje muy corto.

—Hay unos hombres que quieren verle, y yo no puedo dar con él.

—No te preocupes, abuela, ya aparecerá.

—Bueno, hija, si tu le vieras dile que por favor hable conmigo, ¿lo harás?

—Claro abuela, no te preocupes.

Verónica colgó el teléfono con la sonrisa en la comisura de los labios, ¡no le extrañaba lo más mínimo que su padre se fuera a Egipto!, su abuela estaba cada vez más senil. Menuda bronca le esperaba al pobre Cail, cuando apareciera. Ya le veía sentado al borde de la cama de la abuela leyendo una y otra vez pasajes de la Biblia.

Tomaron un último café antes de ir a la cama, ambas tenían mucho trabajo al día siguiente, pero no querían acabar este.

Una vez metida en la cama, Verónica volvió a repasar la jornada, y se acordó de su padre. La llamada de la abuela le había hecho sentir de nuevo cómo echaba de menos a Cail. ¡¡Qué feliz hubiera sido, si él hubiera estado hoy aquí!! No había querido reconocerlo, pero la felicidad no había sido completa, se notaba falta de cariño. ¡Si no fuera por Any!, era afortunada teniendo una amiga como ella.

Se acurrucó en la almohada y empezó a coger el sueño, cuando el teléfono sonó de nuevo.

Se sobresaltó.

—Como sea mi abuela me va a oír. —Llegó a la carrera junto al aparato, no quería dejarlo sonar mucho, no fuera que despertara a Any.

—Dígame.

—Verónica Lograft, por favor —una voz con marcado acento francés sonó al otro lado del aparato.

—Sí, soy yo, ¿quién es?

—Señorita Lograft, perdone que la moleste a estas horas —Verónica miró inconscientemente el reloj, las agujas marcaban las tres de la mañana —, soy Gires, amigo de su padre, no sé si recordará, nos vimos en el aeropuerto de Orly.

—Por supuesto, señor Gires, ¿cómo está?

—Algo preocupado, quisiera saber si ha visto usted a su padre desde que nos separamos, o le ha llamado por teléfono.

Verónica notó cómo los labios se le secaban, aquello ya empezaba a preocuparla, no podía ser una mera coincidencia que dos personas andarán buscando a su padre de esa forma.

—Desde ese día no he vuelto a verle, Gires.

—Verá, su padre había quedado en llamarme cuando llegara a Nueva York, y todavía no lo ha hecho. He pensado que como el vuelo hacía escala en Londres, a lo mejor a Cail se le había ocurrido ir a verla.

—Por desgracia no ha sido así, amigo Gires. ¿Ocurre algo malo?, hace menos de una hora mi abuela ha llamado preguntando por mi padre, muy preocupada, como usted.

Un pequeño silencio rompió la conversación, sin duda Gires estaba dudando si seguir hablando con Verónica o no. Al cabo de un rato el francés respondió:

—He recibido la visita desagradable de una gente. Esa gente está muy interesada en algo que su padre y yo hemos adquirido en El Cairo. Han perdido la pista de Cail y andan algo nerviosos… estoy algo preocupado por mi amigo.

Verónica notó como el corazón empezaba a latirle nervioso.

—De todas formas, estoy seguro de que no tenemos de qué preocuparnos, esté tranquila —continuó—. Simplemente, si usted le ve, o él le llama, dígale que se ponga en contacto conmigo.

—Descuide, señor Gires.

Verónica colgó el teléfono y sintió ganas de llorar, no sabía bien por qué, pero necesitaba llorar, seguramente de esa forma rompería los nervios que de forma gradual se habían ido acumulando en su estómago. ¿Qué podía hacer ella?, nada salvo esperar.

Se asomó a la habitación de invitados, Any dormía plácidamente.

La arropó y cerró la puerta.

Fue a la cocina y se preparó otro café, esta vez más cargado. Estaba segura de que ya no dormiría nada por esa noche.

Sin darse cuenta, y como una autómata, se oyó a sí misma rezar un padrenuestro. No iba a misa, ni era creyente, ¿por qué hacía eso?, se estaba volviendo loca.

Se puso la bata y salió al balcón. La noche, a pesar de ser verano, era fría. El viento jugaba con su pelo largo, llevándoselo a la cara.

Verónica se abrazó un brazo con otro, y dejó resbalar unas lágrimas por sus mejillas.

Quería mucho a su padre.

Por vez primera en mucho tiempo, sintió miedo.

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