El mentiroso
Capítulo III
Untó con delicadeza la mantequilla sobre el pan tostado, y un recogimiento de placer mundano recorrió todo su cuerpo cuando mordió decidido el crujiente pan. Aquel era uno de sus momentos favoritos del día y, sin duda alguna, la comida que más placer le daba. No pensaba alterar su acostumbrado desayuno, estaba decidido a saborear aquel trozo de pan que para él era uno de los mayores manjares.
Muchas veces había bajado a las cocinas simplemente a paladear con su olfato el jugoso olor a pan recién hecho. Sin embargo, ese día tenía demasiadas cosas que hacer, así que se conformaría con degustar su espléndido desayuno.
El café estaba como a él le gustaba: caliente, bueno, mejor dicho, ardiendo.
Otra de las manías que se había instalado en él, en el transcurso de sus años, era meditar mientras observaba el fuego del calor al salir del vaso.
Caminó hacia la ventana de su despacho y descorrió las cortinas con mimo. Iba a ser un día precioso —miró su reloj de pulsera—, tan solo eran las siete y media de la mañana, y la ciudad eterna tenía ya una luminosidad clara y hermosa. El cielo estaba empezando a presentar su mejor cara, de un azul alegre y mediterráneo.
Abrió la gran ventana y dejó que la fría, y algo húmeda, brisa de la mañana acariciara su rostro. Respiró hondo y dejó que todo aquel aire romano penetrara en sus pulmones. No le importó saber que aquel no era un aire puro, a fin de cuentas ese era el aire que había respirado en los últimos treinta años. Roma le había adoptado como a un buen hijo, y le había acogido dándole todo.
Un escalofrío le hizo temblar, así que cerró la ventana, no fuera a ser que se resfriara precisamente ahora. Soltó una enorme carcajada ante su propio chiste.
Fue hacía la percha que tenía al lado de la puerta y cogió una enorme bolsa; en ella se podía leer «Porticci sastres». Qué ironías tenía la vida, precisamente en la tarde de ayer le había llegado su nuevo traje sacerdotal. Llevaba esperándolo más de una semana ¡y llegaba ahora!
Se sonrió y empezó a cambiarse de ropa.
El pantalón le quedaba perfecto, desde luego nadie regalaba nada cuando decían que papa Porticci era el mejor sastre de Roma. El material que había elegido era finísimo, y si no fuera porque se estaba mirando en el espejo, podría jurar que no llevaba nada encima. La camisa negra era moderna y abotonada hasta el cuello, los picos eran cortos y pequeños como a él le gustaban. Cuando se abotonó el último botón, pasó el alzacuello blanco que le identificaba como padre de la Iglesia.
Perfecto.
La chaqueta no era cruzada, ya estaba harto de esas chaquetas; esta tenía tres botones y, una vez que se los hubo abrochado, sonrió satisfecho. Como le había dicho el sastre, ese tipo de chaqueta estilizaba su cuerpo.
Abrió el primer cajón de su despacho y sacó una preciosa cruz de oro. No era muy grande, las cosas grandes siempre le habían parecido horteras y chabacanas. Sonrió al recordar lo que una vieja amiga, allá en su pequeño pueblo napolitano, le había dicho una vez: «En las cosas pequeñas está la finura y la elegancia».
Teresa, la bella Teresa, había sido su primera y única vez.
Intentó quitarse aquel recuerdo de su cabeza, era un recuerdo hermoso, pero precisamente por eso le hacía daño, aparte de ese momento de placer y amor, no recordaba ningún otro más en toda su niñez y pubertad.
Su cerebro había borrado toda aquella época de su vida, y sin embargo ahora volvía a borbotones a su cabeza.
Se colgó la cruz y salió del despacho. No tenía una dirección preconcebida, pero sus pies le llevaron hasta la Basílica de San Pedro. Recordó la primera vez que fue allí. ¿Cuántos años hacía? ¿Cuarenta? Como un colegial embobado y lleno de emoción escuchaba cómo un guía explicaba a todo un grupo que aquella era la iglesia católica más grande del mundo, con 211,50 metros de longitud.
Sonrió emocionado al volver a oír en su mente cómo el hombre decía que la basílica tenía cinco puertas de entrada, de las cuales la última era la Puerta Santa, que abría y cerraba el Papa en los años jubilares. Recordó que al escuchar eso se imaginó a sí mismo al lado del Santo Padre en aquellos momentos. Su corazón juvenil gritaba emocionado, al cabo de los años aquel hermoso deseo se había hecho realidad; había asistido a aquella ceremonia junto al sucesor de Pedro en varias ocasiones, todas ellas emocionantes e intensas.
Avanzó hasta la central y, como aquella primera vez, admiró las grandiosas puertas de bronce. Recordó la alegría de su ansia juvenil y penetró en el interior. No le causó la misma impresión, pero era algo normal, él pisaba aquel lugar todos los días desde hacía más de treinta años. Aún tenía latente en su memoria cómo la decepción se marcó en todos sus gestos al encontrarse en el centro de la basílica. Todo era inferior a lo que esperaba. A todos los que estaban con él les pasó lo mismo, uno espera que la iglesia más grande del mundo sea la más exuberante y grandiosa, y sin embargo la imagen que da es bien distinta.
Realmente todo era una mera impresión, un efecto óptico causado por la perfecta armonía de la estructura arquitectónica, no en vano el baldaquino del altar papal es de 29 metros y su majestuosidad no se apreciaba.
La nave central era una gran sala. Caminó entre los pilares altísimos y armoniosos, acoplados y adosados a fuertes pilastras. ¿Cuánto le había costado aprenderse que aquellos pilares eran de estilo corintio? Nunca se le había dado bien el arte, y aún hoy, a pesar de vivir rodeado de él, se sentía torpe.
Pasó por las grandiosas arcadas que dan paso a las naves menores y a las capillas laterales, y se detuvo ante una de ellas. Siempre había sido su favorita, en los momentos en los que necesitaba a Dios, y a pesar de tener numerosas capillas donde rezar, siempre iba allí. Se arrodilló y levantó la cabeza ante la imagen que, con la ternura grabada en sus ojos, le miraba leyendo en su corazón.
Jesús llevaba la pesada cruz sobre sus hombros. Tenía la cabeza girada, de modo que sus ojos seguían siempre al que se sentara en los bancos de aquella capilla. Los pensamientos se agolpaban en su aturdida mente, mezclaba vivencias de la niñez, donde un padre severo, cinturón en mano, golpeaba a su querida madre, con los de la pubertad; aquel odioso día que encontró a su padre copulando en el campo trasero de su humilde casa con su maestra. Nunca podría olvidar la mirada de aquella mujer clavada en sus ojos, sin el más mínimo sentimiento de culpa. Él se quedó allí clavado mirando, sin entender en un principio, y cuando quiso echar a correr era ya demasiado tarde, su padre le llamaba a gritos.
Aquella noche su padre entró en su humilde habitación y descargó sobre él una inhumana paliza. Deseó morir, y no por el dolor físico, que al cabo de cierto tiempo dejó de sentir, sino porque oía cómo su madre intentaba abrir la puerta, llorando y gritando, queriendo socorrerle. Y él, con el cuerpo entumecido, lleno de sangre y casi sin sentido, supo que cuando aquella alimaña se cansara de él iría a por su madre.
¿Te he ayudado a llevar esa pesada carga, Señor?, ¿o he sido un peso más sobre esos maderos?
Su madre había muerto cuando él tenía doce años, y nunca se lo perdonó. Se fue cuando más la necesitaba, y dejándole solo en una casa que le aterrorizaba, con la persona más violenta y desaprensiva que había conocido en su vida: su padre.
Solo él lloró aquel día.
Nadie echó en falta a su madre, el mundo había sido para ella una cárcel, donde ni tan siquiera un amigo necesitó su amor. Ahora estaba seguro de que el día más triste de su vida fue el más dichoso para la persona que le había traído a este mundo, la vida fue un camino de espinas para ella.
Y a partir de ese momento, para él.
Suspiró y levantó la cabeza hacia la alta bóveda de cañón. Quien le viera en esa postura pensaría que estaba admirando la rica decoración en oro hecha construir en 1780 por el Papa Pío VI. Nada más lejano. Como siempre que iba allí, con lágrimas en los ojos, rezó un padrenuestro por el alma de su madre.
Pasó por delante de la Piedad de Miguel Ángel, que descansaba sobre el altar de la primera capilla de la nave que estaba más a la derecha, y de forma inconsciente acarició la Columna Santa, en la que, según la tradición, se apoyó Jesús en el Templo de Salomón.
Salió de la basílica y recorrió despacio el largo pasillo que le llevaba hasta la plaza. El sol le empezó a acariciar la piel y se sintió vivo, el Señor siempre daba motivos por los que amar la vida que Él nos había dado, y ese era uno de ellos. Viajó con su mente a la niñez en aquel pueblo napolitano, y creyó sentir el sonido de los pájaros, el olor a hierba mojada y el sabor de una manzana.
¿Por qué los hombres hacían las cosas tan difíciles?
Llegó hasta el centro de la plaza, justo donde se levanta, entre dos fuentes, un obelisco sin jeroglíficos, transportado desde Heliópolis en el año 37, y se giró para poder admirar la cúpula. Hacia el fondo de la plaza, sobre el grandioso rectángulo sagrado, le miraba la fachada de la basílica, dominada por la cúpula de Miguel Ángel. ¡Cuántos sueños maravillosos había despertado en él aquella visión! Noche tras noche, estando en el seminario, era feliz imaginándose con su sotana y viendo la gran cúpula.
No tenía un rumbo fijo a donde ir, tan solo quería caminar por aquella bulliciosa ciudad, que poco a poco iba despertando de una noche serena. Se metió las manos en los bolsillos y salió por la vía de la Consolación.
Qué felices eran aquellos días en los que, como simple sacerdote, y lleno de esperanzas y fuerza juvenil, le gustaba el trato con la gente. Su primer año en Roma había sido un continuo ir por la periferia y hablar con la abundante población joven y obrera. ¡Cuánto aprendió de la vida! Aquellos barrios eran prisioneros de la evolución demográfica y recibían la afluencia de inmigrantes, procedentes en su mayoría de la Italia meridional.
Había sido su mejor medicina, ver tanta gente necesitada, carente de todo, fue como un bálsamo para él. Una cortina de humo tapó toda su tristeza y penuria infantil, y el odio que poco a poco se había ido arrinconando en su corazón pareció darle un respiro.
Siguió andando despacio y recreándose en todo lo que veía, la gente caminaba a su trabajo, el tráfico fluía lento por las estrechas calles del centro de la urbe. Llegó al río Tíber y observó sonriente la suciedad de sus aguas, eso era algo que no había cambiado desde su llegada, y sin embargo parecía no importarle a ningún romano.
El río Tíber, tan importante y tan eterno, ¡cuántas cosas no habría presenciado! Recitó de memoria la lección que, como un corderillo, aprendió allí, en su pequeña escuela rural:
—Roma, asentada entre un grupo de siete colinas: Capitolio, Avantino y Palatino, a la izquierda del río Tíber. Pircio, Quirinal, Viminal y Esquilino, a la derecha.
Otra vez volvía a los recuerdos de infancia. De nuevo Teresa. La pasión de un encuentro juvenil. Se gustaban y él se encontraba a gusto con ella, Teresa le hacía sentirse importante, y aquella era una sensación nueva para él.
No lo habían planeado, simplemente salió así.
Aquella tarde su padre tenía que recoger con su vieja furgoneta uno de los pocos encargos que ya le hacían, y él invitó a Teresa a merendar. Todo había quedado marcado en su memoria, ni mil años harían que olvidara su olor, su vestido verde claro, sus ojos negros y, sobre todas las cosas, su sonrisa.
Hablaron y rieron, fue feliz.
Él tenía dieciséis, ella quince. Todo era candor y amor sincero, ese amor que uno puede tener a esa edad y que años más tarde recordaría como el primer y gran amor de su vida. Hablaban y se miraban, estudiándose. Ambos se atraían, pero eran jóvenes inexpertos y «aquello» les daba cierto miedo. En un momento dado los dos callaron y, mirándose a los ojos, sintieron su corazón palpitar, y la necesidad de juntar sus bocas.
Aún tenía el sabor de aquel beso en su boca, ni el mejor de los manjares podría suplir aquel gusto dulce y emocionado. No podría decir cuánto tiempo estuvieron con sus bocas pegadas, dejando que el deseo y la pasión lo encauzaran todo. El corazón era el que había tomado el mando, no se le ocurrió pensar —¡cómo iba a pensar en ese momento!— que la noche se echaba encima y el tiempo pasaba galopante, sin treguas.
Y allí, en el viejo y destartalado sillón de su casa, exploraron sus jóvenes cuerpos.
Se subió el cuello de la chaqueta y metió las manos en los bolsillos. Aunque el día estaba completamente despejado, y el sol daba su mejor cara, a la orilla del mítico Tíber la humedad era pegadiza e intensa.
Cruzó a la otra margen del río, y llegó al Palatino.
El sol pegaba de lleno en sus ojos, pero no le importó. Sabía que estaba allí, aquel paseo había sido su favorito durante muchos años, hasta que sus deberes e intrigas en la casa de Dios habían desviado su camino.
Si se hubieran levantado de aquel sillón dos minutos antes, quizás su vida habría sido diferente, pero todo lo que pasó después marcó su rumbo de una forma dominante y casi predestinada.
Como no podía pasar de otra forma, Teresa y él, él y Teresa, perdieron su inocencia aquella tarde de invierno, ninguno de los dos estaba arrepentido de lo que había pasado. Entre ellos había estado el amor, un amor sincero y entregado. Se acariciaron y besaron, se juraban amor eterno… Y entonces lo oyó.
Cómo podía haber sido tan torpe, la oscuridad era total, el tiempo no se había detenido para ellos, y la furgoneta de su padre frenaba con aquel chirrido infernal. ¡Qué pequeño fue el paso del amor al miedo!, miedo era la palabra que había marcado su vida hasta ese momento.
Simplemente no les dio tiempo, y estando a medio vestir la puerta se abrió.
Se miraron a los ojos, padre e hijo.
No le gustó lo que vio en aquella mirada llena de alcohol y vicio, podía leer su mente.
Un sollozo, una disculpa, pero la muchacha nunca podía esperar la reacción y, sin embargo, él sí. Tardó en reaccionar lo suficiente como para que su joven amante tuviera que soportar, entre ruegos, las primeras babas, aquel olor y aquellas gruesas y sucias manos en su terso cuerpo.
Saltó sobre él y el beodo cayó al suelo. Recordaba haber gritado «vete», y Teresa se fue, salió de su vida para siempre.
Sabía el resto del guion, así que intentó subir lo más deprisa que pudo las maltrechas escaleras. Pero sería por la rabia de verse derrotado, o por la frustración de un manjar no probado, el caso es que aquel borracho demostró una agilidad endiablada y salió tras él.
Llegó al rellano de la escalera, cogió la silla, que por esas casualidades de la vida era la de su madre, y girándose la estampó en la cabeza de su padre. Cayó de espaldas, rodando y golpeando cada uno de los escalones. El sonido de los huesos del cuello al romperse sonó en sus oídos como una puerta al cerrarse; y era cierto, pues toda una vida iba a quedar tras él.
Esperó a que alguien viniera, pero se fue la noche y nada pasó. Sin duda, Teresa no había dicho nada, serían demasiadas explicaciones o simplemente todavía estaba aterrada. Fue él el que caminó hacia el pueblo en busca de no sabía bien qué. Y Dios se presentó en su camino. Antes de llegar a su pueblo natal de Ischia tenía que pasar por la vieja iglesia de Santa María, y sin dudar un instante penetró en ella. Nunca había estado en una iglesia, no se preocupaba de tales cosas y creía que si Dios existía se había olvidado de él y de su madre. Sin embargo, le cautivó aquella vieja capilla, con sus imágenes roídas por los años y el descuido del tiempo.
No sabía muy bien por qué, pero le contó todo al padre Mauricio. Aquel hombre le daba confianza y en su rostro solo veía paz. Esbozó una sonrisa al recordar cómo se acercó al viejo sacerdote para olerle el aliento, y solo al comprobar que no había ni rastro de alcohol se sintió en paz.
Accidente.
Eso fue lo que dictó la policía: accidente.
La palabra del viejo padre Mauricio valía más que cualquier sospecha, y además nadie tenía un cariño especial por la persona que acababa de morir en extrañas circunstancias.
Una secuela más tuvo para él aquel día: jamás pudo volver a estar con una mujer. Una vez lo intentó, y la sombra de su padre le pareció amenazar detrás de la puerta.
Mauricio se hizo cargo de él, acogiéndole en su casa. Ayudaba en misa y seguía yendo a la escuela. Más tarde, aquel humilde sacerdote rural hizo el mayor de los milagros al pagar, no sin esfuerzos, sus estudios en el seminario de Nápoles.
El día que murió el viejo y querido Mauricio sintió la muerte de su verdadero padre.
¿Por qué había traicionado todo lo que él le había enseñado? ¿Qué nube oscura le había hecho volverse peor que su padre? Sintió la mirada de su madre y el viejo Mauricio y rompió a llorar, esperaba más su perdón que el de Dios.
No merecía la muerte de horca de Ajitófel, sino cayendo de cabeza como los impíos, derramándosele las entrañas como simple criminal de leyenda popular. Su muerte tenía que ser súbita e ignominiosa como la de un traidor.
Se asomó al último arco y abrió los ojos sin importar que el sol golpeara con dureza en ellos, y enjugó sus lágrimas. Se encontraba justo en el borde. Se quitó la cruz de oro, le dio un tierno beso y la depositó en el suelo empedrado del Coliseo.
Volvió a levantar la vista al cielo y, suspirando profundamente, empezó a recitar:
Y Pedro les dijo: hermanos, era preciso que se cumpliera
la Escritura en la que el espíritu Santo, por la boca de David, había hablado ya acerca de Judas, el que fue guía de los que prendieron a Jesús. Porque él era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio. Este, pues, compró un campo con el precio de su iniquidad, y cayendo de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. Y esto fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, de forma que el campo se llamó en su lengua Haqueldamá, es decir, Campo de sangre. Pues en el libro de los Salmos está escrito:
Quede su majada desierta, y no haya quien habite en ella.
El padre Rossi miró nuevamente las aguas del Tíber, dio un paso hacía el vacío y gritó: AMEN.
OceanofPDF.com