El mentiroso

Pepe Mel · Capítulo 66 de 130

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El mentiroso

Capítulo decimoséptimo

 

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I

Las calles de Milán estaban desiertas. Era domingo por la mañana, y los milaneses todavía dormían la fiesta del sábado, solo algunos niños acompañados de sus padres andaban por las aceras, con paquetes repletos de dulces para el desayuno y pan caliente.

La mañana era clara pero fría, una suave brisa procedente de los imponentes Alpes llegaba helada hasta las mismas puertas de Milán. El termómetro no tendría que trabajar mucho aquel día, no subiría más allá del número cuatro.

Sin embargo, en la sede del primado de Milán, el ambiente era demasiado «caluroso». Dilivio, con pijama, zapatillas y una enorme bata de lana por encima, paseaba de un lado a otro de la extensa habitación, como si de una fiera enjaulada se tratara.

Las manos entrelazadas en su espalda, caminaba con grandes zancadas y movía la cabeza de izquierda a derecha.

Una voz gruesa y ronca hizo que Dilivio se parara en seco:

—Nadie puede relacionarnos con esa muerte, no tiene usted por qué preocuparse.

Dilivio se giró bruscamente, y en sus ojos apareció la ira que hasta ese momento había contenido de muy mala gana.

—¿Es que todavía no te has dado cuenta, imbécil? Yo he comprometido mi palabra ante el Santo Padre, en que esos dichosos manuscritos estarían ya en nuestro poder. ¿Y qué me cuentas tú ahora?, no solo seguimos sin ellos, además la única persona que puede guiarnos hasta los manuscritos está muerta.

—Fue un accidente.

Dilivio fue a decir algo, pero en el último instante se contuvo, se dio la vuelta y suspiró hondo.

—Salgo ahora mismo hacia Roma, tú espera aquí noticias mías.

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