El mentiroso
Capítulo III
Verónica acababa de llegar a su apartamento, había tomado una decisión: saldría en unos días para Israel. Primero dejaría arreglados los asuntos de su trabajo, que últimamente tenía demasiado olvidados. El director no le había dicho nada, es más, le había recomendado unas pequeñas vacaciones, pero su cabeza había estado madurando una idea, y esta ya se concretaba en una determinación: iba a dejar el periódico para hacerse cargo de los asuntos de su familia.
Fue directa al baño y dejó que el agua de la ducha corriera hasta que el vaho dejara la mampara de la bañera completamente empañada.
Necesitaba música tranquila y relajante, tenía que pensar en muchas cosas. Eligió de la vitrina el último compact disc de Kenny G, y mientras se desnudaba parsimoniosa, dejó que el saxo del norteamericano la embriagara con su tema favorito: The Moment.
El agua caliente sobre su cabeza fue un bálsamo reconfortante. Veinte o treinta minutos después, Verónica estaba más animada y tranquila, ahora empezaba a comprender los largos baños de su padre.
Se puso el albornoz, que tenía colocado detrás de la puerta, y se miró al espejo. El tiempo no había sido injusto con ella, mantenía la misma cara juvenil y agradable de hacía varios años, ni una sola marca arrugaba su piel, ¡qué pena que fuera tan exigente con los hombres!
Se sonrió ante este pensamiento, ¿quién había sido el ultimo?, ¿Alan?, sí, era un muchacho sencillo y agradable, pero a los dos años de estar con él, Verónica empezó a no notar nada cada vez que estaban juntos. Todo era ya monotonía que solo se rompía con la presencia de otros amigos. Fueron meses tensos e incómodos, escabullendo un beso que ya no deseaba, rehusando hacer el amor, y buscando excusas donde ya no las había.
Una conversación madura y triste acabó con todo. Ahora Alan y ella se escribían de vez en cuando, o se llamaban por teléfono. Su ex se había casado hacía poco y tenía ya una preciosa hija, sin embargo ella seguía sin compromiso serio, tan solo salidas esporádicas que acababan en diversión, a veces, un poco de sexo y nada más.
Dejó el cepillo del pelo sobre el armarito del baño, le había entrado hambre. Salió del cuarto de aseo y se dirigió hacia la cocina. Abrió la nevera y decidió hacerse su bocadillo favorito, bocadillo de tortilla de atún, ¡qué bien le sentaría con una cerveza!
Entró en el salón con el bocadillo en un plato, y un bote de cerveza holandesa, y encendió la luz. Todo fue instantáneo, el plato cayó al suelo rompiéndose en trozos, y el bote desparramó su contenido por todo el parquet del comedor. Un hombre rubio y tez morena estaba sentado en su sillón.
—¿Quién… quién es usted?, ¿cómo se atreve a entrar así en mi casa?
—Tranquilícese, no deseo hacerle ningún daño, tan solo quiero hablar con usted.
—¿Por qué no llama a la puerta como todo el mundo? —Dijo Verónica, todavía respirando con algo de dificultad debido al susto.
—Dudo mucho que usted me hubiera abierto —contestó el hombre, dejando al aire una blanca sonrisa.
—¿Por qué?
—Usted lo sabe perfectamente, señorita Lograft. Solamente usted conoce el lugar donde guardó su padre los manuscritos antes del… desgraciado accidente.
—Está usted muy seguro de que fue un accidente.
El hombre se encogió de hombros y disimuló una mueca en su rostro moreno.
—¿Qué me impide llamar a la policía? —Verónica ya se había recuperado de la primera impresión de susto y miedo, y su estado de ánimo estaba empezando a cambiar a la indignación y la furia.
—Señorita Lograft, lo de su padre no fue beneficioso para nadie, sin embargo nosotros le hicimos una generosa oferta que, de forma reiterativa y testaruda, su padre obvió. Ahora esa misma oferta se la hacemos a usted.
—¿Quiere eso decir que si no acepto su «oferta». —Verónica recalcó mucho esta última palabra— sufriré también un «accidente» de tráfico?
El hombre se puso en pie sonriente, con las dos manos extendidas en son de paz.
—Piense lo que le he dicho —el hombre rubio metió su mano derecha en uno de sus bolsillos, sacó algo de él, se acercó a la mesa y depositó el objeto sobre ella—, no dude de que volveremos a vernos, espero que para entonces usted sea razonable —fue hacía la puerta de salida y se marchó de la casa, sin esperar respuesta, a pesar de que Verónica había iniciado una nueva pregunta.
Verónica se dejó caer en el sillón que hasta hacía un momento había ocupado aquel hombre. Estaba confusa, irritada, y muy asustada. Estaba metida en un buen lío, y no sabía cómo acertar para salir de él. La policía no era el mejor camino, tendría que responder demasiadas preguntas, además su padre ya había decidido no seguir esa senda. Movió la cabeza en un gesto desesperado, y en uno de esos movimientos su mirada se posó sobre el diminuto objeto que aquel extraño hombre había puesto sobre su mesa.
Se levantó y se acercó despacio, no sabía qué podía encontrarse. Sin embargo no tardó en reconocer lo que allí descansaba:
Sobre el transparente cristal de la mesa de su salón reposaba una moneda, pero no era una moneda convencional, ni en su tamaño, ni en su defectuosa redondez. Con lágrimas de dolor en los ojos, sostuvo la moneda sobre su mano, y leyó: C. CAESAR III VIR R. P. C.
La cabeza barbada del emperador Augusto la miraba impasible.
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