El mentiroso
Capítulo tercero
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I
Mi corazón está ya cansado y solo amanece junto a mí
cada mañana, esperando el justo momento en el que tendré que rendir mi vida ante Dios. No sé cómo calificar esa vida que nuestro Señor me dio en préstamo, para algunos ha sido fructífera y llena de emociones, para otros sacrificada, evangélica y espiritual. ¿Pero qué opinión tengo yo del uso que he hecho de ella? Ahora que mis días tocan a su fin, en la soledad de mi retiro he decidido poner en orden mi alma y mis recuerdos. Para mis amigos y fieles hace días que morí, allí en Beocia, pero antes de reunirme con Él quería mirar dentro de mi corazón.
No he engendrado hijos, pues jamás tuve mujer en
matrimonio, por eso ahora a mis ochenta años, un joven amigo de puño firme y vista clara es la herramienta con la que pongo en claro mis ideas y sentimientos. No es el azar ni la fortuna los que me han traído hasta estos parajes llenos de ruina y desolación, son mis raíces y el convencimiento profundo de la necesidad de encontrarme con ellas, antes de mi último suspiro.
¡Ay Saulo, si tú me vieras ahora!, rezo antes del alba, e
intento ayudar a todos los demás durante las cinco horas que se dedican al trabajo. Pero los esenoi, en su bondad, no me permiten demasiado esfuerzo. Luego tomo todos los días, al igual que un colegial lleno de emociones, el baño ritual de purificación. Solo en el agua, junto a los demás, todos con nuestro taparrabos recién puesto, me siento uno de ellos y noto que me han admitido como uno más.
Tuve miedo en un principio, en mi vanidad pensé que
habrían oído hablar de mí y, cómo no, de mi maestro y mentor
Pablo, pero dentro de aquellos derruidos y quemados muros, la Ley sigue imperturbable y, en su celo, guardián no ha permitido —gracias a Dios— entrar nuestras continuas blasfemias.
Paul Tiblerman levantó la cabeza y restregó sus ojos dañados y cansados por la lupa, se secó el sudor de la frente, y aunque la temperatura seguía constante, notaba cómo ríos de agua corrían por su espalda acelerados por el temblor de su cuerpo. Notaba el irrefrenable impulso de su corazón, era un caballo lanzado al galope que se enfrentaba a un salto al vacío, la garganta se le agrietaba y tuvo, casi entre desmayos, que buscar y beber un gran vaso de agua. Salió despacio, con paso cansino y se dirigió hacia su aposento al final del largo pasillo, al llegar se dejó caer en la cama y cerró los ojos e intentó dormir, pero de un impulso se puso en pie y empezó a rebuscar entre sus pertenencias. Allí estaba, notó su contacto en la maleta y se tranquilizó, sacó el libro con cuidado y leyó: Biblia de Jerusalén.
Abrió el libro santo con cuidado, los años no habían pasado en vano por aquellas conocidas tapas, y leyó las palabras garabateadas en la primera página: «A mi querido hijo, en el día dichoso que une su vida a Dios». Suspiró igual de emocionado que el primer día, hace ya más de treinta años, que vio aquellas letras escritas por su madre. Pasó las hojas sintiendo su conocido tacto, así como su olor y casi de forma inconsciente llegó a su parte favorita y empezó a leer:
Un fariseo le rogó que comiera con él; y, entrando en la
casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.
Al verlo, el fariseo que le había invitado, se decía para él:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la
que le está tocando, pues es una pecadora». Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más».
Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose a la mujer,
dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona poco amor muestra». Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es este que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».
Paul Tiblerman cerró el libro y dejó resbalar por sus mejillas dos pequeñas lágrimas. Salió de la habitación y fue en busca de aquella fuerza que le atraía y le llamaba de forma poderosa. ¿Pero hacia dónde le llevaría?
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