Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 9 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 6

Atena

Ordené la montaña de ropa que había trasladado a diario de la silla del escritorio a los pies de la cama: camisetas de tirantes, shorts, un vestido vaquero y mi peto favorito. Puse las partes de arriba en el montón para lavar y colgué los pantalones en las perchas libres del armario, hurgando antes en los bolsillos. Hallé la T-10 a la que aún le quedaba un viaje, la que el guaperas de ojos celestes nos había dado a Isolda y a mí la semana anterior.

Sonreí y la coloqué en una esquina del enorme collage emplazado sobre el cabezal de mi cama, el que me había hecho mi mejor amiga al cumplir los dieciocho y que estaba adornado con lucecitas en forma de estrella. Observé el cuadro enmarcado, paseando por cada fotografía. Un sábado maquillándonos con los probadores de Sephora. Selfies en el cine sujetando envases de comida rápida que habíamos colado en el bolso.

Ataviadas con un uniforme ridículo y gafas protectoras para volar en un túnel de viento. Rodeadas por la recreación que habían hecho del Central Perk de Friends en las Fiestas de Gracia. Y babeando frente a los McFlurry de chocolate con Oreo.

Isolda era la familia que uno elige. La que aplaudía en mis recitales de fin de curso de la escuela de música, la que me daba trozos de tarta de brownie o galleta cuando probaba recetas de repostería. La que gozaba de total libertad para ser brutalmente honesta o jodidamente adorable.

Mi mejor amiga me había salvado, literalmente, en los momentos más complicados. Cuando, meses atrás, mi madre había hecho las maletas y se había ido a Burgos con un hombre al que no llegué a conocer porque no quise irme, abandonar la vida que tenía en Cataluña, las clases de solfeo e instrumento, ni ese bachillerato artístico que se me resistía.

—Cariño, has suspendido un curso. Seguro que en Burgos hay mejores profesores —me había dicho mamá, incapaz de admitir que las clases me habían superado.

—Me quedo —había sentenciado yo con la boca grande.

Quizá tomé la decisión influenciada por el rostro descompuesto de papá, que sollozaba las veinticuatro horas y que había llenado de orquídeas blancas y notitas románticas el piso hasta que su esposa colocó los papeles del divorcio sobre la mesita de noche.

Firmarlos le cambió.

Justo después de ponerle el capuchón al bolígrafo y emitir un resoplido sonoro, papá bajó a hacer la compra y volvió con un pack de cervezas. Las fue abriendo sin vacilar, una tras otra, hasta que el dolor y el alcohol salieron en forma de lágrimas silenciosas y lo acompañaron durante días.

No pegó ojo, no comió ni se fumó un cigarrillo en la terraza. Solo dejó que el tiempo pasara, rodeado de latas vacías cuyo elixir nunca borró el abandono de la mujer a la que había prometido un «hasta que la muerte nos separe».

Supongo que, por eso, una parte de él desapareció. La humana, la de domingos de hamburguesa, veranos arrugándonos en la piscina comunitaria y noches viendo CSI, Doctor House o Medium. Ya no saludaba al entrar en casa, no me esperaba para cenar ni me escuchaba tocar el violín. A veces era mejor así, que cada uno llevase su vida sin inmiscuirse en los asuntos del otro, como si fuéramos compañeros de piso de esos que solo cruzan unas palabras para comerse el último yogur o avisar de que van a poner una lavadora y queda espacio para más prendas de color.

Rescaté del escritorio el estuche sepia del violín, lo abrí y froté con mimo la madera negra del instrumento antes de sentarme en la cama para calentar los dedos al ritmo del metrónomo. Casi escuché la voz de mi profesora, Ariadna, rogándome que me irguiera como las personas, que pusiera el violín más horizontal, enderezase el brazo izquierdo y mantuviera el arco perpendicular. No le hice caso y la escala de re mayor sonó tensa, quebradiza y desafinada.

No obstante, continué. Sin pretensiones, solo por diversión, dejándome llevar por ese hormigueo en las yemas, la detonación que empezaba en mi pecho y me abstraía de la realidad hasta que solo estábamos la música y yo, unidas por un arco que salpicaba melodías al deslizarse por las cuerdas.

Destrocé de inicio a fin el Estudio nº 36, de Kreutzer, e hice lo mismo con el nº 28, de Fiorillo. A veces las partituras clásicas se me atascaban, por eso buscaba en internet a músicos con más oído que yo, que reproducían canciones modernas como Smooth Criminal, de Michael Jackson, Wake me up, de Avicii, o Cheap thrills, de Sia. En esas estaba, totalmente absorta imitando a una chica holandesa, cuando los golpes de mi padre me sobresaltaron.

—¿Te queda mucho? —bramó asomando la nariz aguileña por la puerta. Sus ojos negros, que contrastaban con el pelo y bigote cenizas, me fulminaron sin compasión—. Quiero ver la televisión.

—Estaba improvisando un poco. —Me encogí de hombros.

—¿Puedes improvisar coincidiendo con mi jornada laboral? Me duele la cabeza. —No empleó un tono agresivo, amenazante ni elevado, pero desinfló el globo de la inspiración.

—Claro. —Guardé el violín.

Cerró sin añadir más y me desplomé sobre el colchón, sintiendo que mis años de estudios musicales se reducían a ruido. Papá siempre odiaría aquella faceta de mí, la intrépida y creativa, la que le recordaba a mamá.

Desbloqueé la pantalla del móvil y pasé una docena de chats de WhatsApp antes de llegar al de mi madre. La imagen de perfil de Tanit me sonrió desde el Puente de Santa María, en Burgos. Había rejuvenecido y el tinte platino con mechas doradas redondeaba sus facciones. Encarnaba una versión adulta de mí: grandes ojos verdes, cejas finas, labio inferior ligeramente más grueso que el superior, constitución delgada y rodillas anchas. Parecía feliz. Me pregunté si realmente lo era. Si me echaba de menos o aquel imbécil que dormía a su lado compensaba con creces el sacrificio de abandonar a sus amistades, las tiendas de barrio, sus restaurantes preferidos y ese halo especial que emanaba Barcelona. Por aquel entonces me negaba a asumir que Sergio, al que yo apodaba «el

paleto», tuviera la culpa de todo. La que había roto los lazos con su familia y había desvalijado cajones, armarios y álbumes de vacaciones en Oviedo, Salamanca, Málaga o Castellón era ella.

Salí de la aplicación sin mandarle el mensaje que quería, porque con ver su foto me bastaba. Lo hacía al despertar, antes de acostarme y más veces de las que me gustaría admitir durante el día. Aquel ritual enfermizo me confirmaba que seguía existiendo, que, si estaba en línea o había puesto otra imagen, respondería a cualquier cosa que le escribiese. El problema era que lo que deseaba decirle resultaba inapropiado. Entendía que la convivencia con mi padre hubiera desgastado el matrimonio, que el choque de caracteres o peculiaridades individuales tuviesen ese efecto, el de aniquilar el cuento de hadas hasta que los príncipes y las princesas se convertían en calabazas. Sin embargo, ¿qué pasaba conmigo? Con el cariño, el apego, el instinto maternal. ¿Por qué no me sorprendía con viajes exprés algún fin de semana o no descolgaba el teléfono para interesarse por mi verano? ¿Acaso querer a otra persona le restaba amor para darme a mí? Ese era el gran interrogante que nunca me atrevía a formular, por eso las paredes de mi habitación se aproximaron unas a otras, me faltó el aire y necesité sumergirme en la música.

Con el estuche del violín a la espalda y la T-10 entre los dedos, salí del dormitorio segura de lo que huía. Dudando hacia dónde ir.

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