Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 52 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 49

Atena

Despertamos con los primeros rayos de sol colándose por la ventana del salón. Nos habíamos quedado dormidos en el sofá y mi espalda se quejó de la postura. Estaba recostada en el pecho de Joel, sus brazos me acunaban y su respiración se entremezclaba con el nacimiento de mi pelo.

Me incorporé despacio y él pestañeó, confuso. Supe que debería irme, que las palabras «no puedes estar aquí» bailaban en su lengua mientras el celeste de su mirada se teñía de borrasca. Sin embargo, su buhardilla era más casa en ese instante que el piso que me había visto crecer.

Lo observé y se me escapó una sonrisa que le hizo sonreír también a él. Sin meditarlo, alargué la mano derecha para alisar los resaltos de la frente. Tracé el puente de su nariz hasta llegar a la punta y esbozar una línea de fuego en el centro de sus labios. Joel le dio un beso a mi dedo, inocente y casi imperceptible, capaz de hacerme estremecer. Cubrí el corte de su mandíbula con ambas manos, me deleité por el cosquilleo de su barba de varios días y reduje los milímetros que nos separaban. Decidida, sin temor al rechazo, con los ojos cerrados para que mi boca hallase la suya a tientas.

—No deberíamos... —murmuró, su aliento hormigueó en mis pómulos.

Hice caso omiso a su apreciación; «no deberíamos» era más permisivo que «no podemos». Atrapé su labio inferior y me estremecí con el suspiro que exhaló. Masajeé sus mejillas con los pulgares y esperé hasta que Joel respondió al beso con caricias delicadas, tan suaves que podría haberlas confundido con un soplo templado del viento.

La necesidad aumentó y sus manos se perdieron en mi melena, su lengua invadió mi boca y me puse de rodillas sobre el sofá para enroscar los brazos a su nuca. Estaba ansiosa, sedienta, ávida por coleccionar segundos a su lado, consciente de que las murallas volverían a alzarse en breve.

Terminé sobre él, Joel me mordió el labio y se me escapó un jadeo que le hizo removerse debajo de mí. Aquello me gustó y decidí que era buena idea trazar círculos con las caderas, hasta que me sujetó por la cintura con intención de detenerme.

—Atena... —No necesité abrir los ojos para notar el cambio. Se había roto el hechizo.

—Joel —increpé, frustrada.

Me aparté a regañadientes, demasiado rápido, y él volvió a sujetar mi rostro para darme un beso casto en la frente. Fruncí el ceño y Joel rio, fingiendo que contener algo que anhelaba tanto como yo no le afectaba. Sus pupilas dilatadas y el ritmo acelerado al que se agitaba su pecho me contaban una historia distinta.

—Buenos días —musitó para normalizar la situación.

—Ha sido una forma muy interesante de dar los buenos días.

—¿Qué quieres desayunar?

Negó de inmediato al ver la expresión pícara que se apoderaba de mí.

—Eso no, Atena.

—Pues lo que sea. —Me encogí de hombros.

—Solo tengo café. Nos terminamos el Cacaolat anoche.

—¿Nada dulce aparte de cereales? —probé suerte.

—Bajo a por algo. —Se puso en pie y advertí que era su excusa para salir de allí y aclarar las ideas—. Vuelvo en cinco minutos.

Se metió la cartera en el bolsillo trasero del vaquero y guardó las llaves en la chaqueta de cuero. Le observé marcharse e imaginé cómo sería despedirme de él con un beso rápido en la boca, amanecer con el cielo mirándome a través de sus ojos, el tacto de su pelo contra mis palmas, calcular la anchura de su espalda a mordiscos suaves que le daría entre risas. Me desplomé sobre los cojines, atando mis reflexiones, prohibiéndome ir más lejos.

Aproveché la ausencia de Joel para lavarme los dientes y cambiarme la parte de arriba por una camiseta básica oscura con el logotipo de la final del Grand Prix de patinaje celebrado en Barcelona algunos diciembres atrás.

Usé su desodorante y me recogí el pelo en una trenza suelta antes de mojarme la cara.

Capturé mi boca hinchada por los besos en el espejo del baño y pasé los dedos sobre mis labios con intención de palpar las caricias que nos habíamos dado. Recordé que, horas antes, Joel había dicho que le gustaban mis sonrisas. No me consideraba una niña y me había abrazado toda la noche. Sin lástima, como si albergase los mismos sentimientos que me revolvían la tripa cada vez que nos encontrábamos en una clase. Como si viajase conmigo a un lugar en el que no éramos nadie y lo podíamos ser todo.

Una punzada me atravesó al pensar en mi padre. En el panorama que hallaría al volver y en que la realidad me resultaría el doble de cruda tras aquella dosis de oxígeno.

Joel regresó poco después con ensaimadas de azúcar y croissants de chocolate blanco. Tras quitarse la chaqueta, se revolvió el flequillo de un modo adorable.

—Con esto tengo para merendar —le dije.

Nos sentamos en la alfombra a comer directamente de la bolsa de papel de la panadería.

—No sería tan horrible que te quedaras. —Fue sutil, sin mirarme, pero tuvo el mismo efecto que los besos.

No preparó café. Se tomó uno de los zumos de naranja que había comprado, y yo engullí más de la cuenta para mantenerme entretenida con algo que no fuera limpiarle el azúcar glas de la boca.

—¿Qué tienes que hacer hoy? —me preguntó.

—Acabar unos ejercicios de Fundamentos del Arte, pero no he traído los apuntes.

Sacó folios de su dormitorio, me dio una copia de los ejercicios y me prestó el manual de clase.

—Si tienes alguna duda, la clave del wifi está anotada aquí. —Me tendió un papelito con números garabateados.

—¿Para qué iba a consultar en Google teniendo delante al profesor? —

Quise sonar a mí, a la chica con diez réplicas por cada interrogante.

—Es mi día de fiesta —arremetió—. Tengo bastante haciendo de canguro.

—Ojalá no hubiera venido —musité.

—Ojalá hubieras venido en circunstancias diferentes —rectificó él.

Pasamos la mañana en el salón, yo comentando Las Meninas, estirada en el suelo, él corrigiendo los ejercicios del Renacimiento de la semana anterior en una esquina del sofá, desgastándose las paletas con el tapón del bolígrafo. El silencio nos envolvía. No hablamos, no nos miramos, pero estaba segura de que él percibía que nuestras respiraciones se habían acompasado y el silencio no era incómodo, sino justo lo contrario. Aliado, amistoso, un lenguaje de secretos.

—Tengo que ir al hospital —dijo al mediodía, tras mirar la pantalla del móvil.

—¿Ocurre algo? —Alcé la vista de las hojas que reposaban sobre mis rodillas.

—Mi hermana está de parto. Guarda los apuntes, salimos ya. —Se puso en pie.

—Vas un poco deprisa, ¿no crees? ¿Esta mañana no querías ni darme un beso y ahora vas a presentarme a tu familia? —Empleé aquella mofa para darle la oportunidad de retractarse, por si la invitación había salido de su boca muy rápido y se estaba arrepintiendo.

—Joder. —Resopló, parado en el pasillo.

—Qué pasa.

—Que me gusta tu sentido del humor —admitió con honestidad.

—Y a mí me gusta que... —«Te guste», pero no llegué a decirlo.

—Puedes quedarte aquí si lo prefieres, Atena. Volveré para cenar y te acercaré a casa.

—Perderás más tiempo yendo y viniendo. Puedo quedarme en el coche.

—No tengo problema en que me acompañes, pero no menciones de qué nos conocemos.

—¿De una noche volviendo a casa o un gofre en el centro? —Le quité hierro al asunto.

—Sabes a qué me refiero.

Claro que lo sabía, por eso puse fin a los comentarios de doble filo, recogí la mochila y le seguí hasta el coche.

Había poco tráfico y llegamos al hospital en quince minutos. Tras una breve presentación en la que la mandíbula apretada de Joel echaba chispas, me mantuve en un segundo plano, sentada en una silla de la planta de maternidad mientras él conversaba con el marido de su hermana y con su madre. Entraron a verla y los espié desde el cristal. Envidié a aquella familia, el brillo de Irina al contemplar a su pequeña de pómulos sonrojados y cabello oscuro. Me pregunté si los semblantes de felicidad de los Sanz se asemejaban en algo a los de Víctor y Tanit el día en el que me cogieron en brazos por primera vez. Me sequé las lágrimas y sonreí cuando la mirada de Irina se cruzó con la mía.

Pasamos la tarde allí y, salvo por la escapada para sacar merienda de la máquina, Joel no se apartó de su hermana ni un momento. A las ocho y media, cuando Irina se quedó dormida, nos marchamos.

—¿De qué color tiene los ojos? —pregunté acomodándome en el asiento del copiloto. Joel parecía estar en otro sitio.

—Azules. Mi madre dice que es clavadita a mí, Irina no tenía esa mata de pelo frondosa al nacer.

—Ojalá mire como tú.

—¿Como una persona que solo ve oportunidades perdidas?

—Como alguien que no abandona sus sueños —concreté.

—Aunque no sean posibles.

—Algún día lo serán —le prometí a su ceja arqueada. Comprendió mi expresión contenida y añadió:

—Para ti sí, Atena.

Las canciones de una emisora alternativa de radio llenaron el trayecto hasta casa. Temas como Crime, de Nawja Nimri, Love Battle, de CatPeople, y La isla, de Dorian. No llegué a cantarlos, pero sí sentí la emoción crecer en la tripa mientras el firmamento oscurecía a través de la ventanilla.

—Gracias por todo —susurré cuando Joel aparcó a unos metros de mi portal.

—Si vuelve a pasar algo y necesitas salir...

—No pasará. —Me hice la fuerte, puse mi fragilidad a resguardo y lucí la coraza de quienes llevan tiempo practicando discursos que no sienten—.

Estaré bien.

—¿Segura?

—Sí.

Bajé del coche y me giré para despedirme de Joel con un gesto de mano. No puso el motor en marcha hasta que entré. Me recosté contra la pared de la portería para serenarme, sin encender la luz, y subí las escaleras con cautela.

Metí la llave en la cerradura sin atinar hasta el quinto intento y atravesé el pasillo en penumbra, más esperanzada al no oír el sonido de las latas.

—La princesa vuelve al castillo —entonó la voz seca de mi padre.

Estaba sentado en la silla del comedor, había recogido el espectáculo de la semana para sustituirlo por dos platos de tortilla francesa y una jarra de agua—. Te estaba esperando.

—Ya... —Soné irónica y su frente se colmó de pliegues desafiantes.

—Siéntate, son más de las nueve.

—No tengo hambre.

—No puedes acostarte sin comer.

—Tampoco puedo hacer como si no pasara nada.

—Lo de ayer... —Carraspeó—. Me pasé. Venga, siéntate.

—Valoro tu esfuerzo, pero tengo un trabajo que terminar.

—Tienes que cenar.

—¿Desde cuándo?

—Atena, no sigas por ese camino.

—¿Quieres que me siente porque me apetece o porque me lo pides? Si me lo repites gritando, o con una lata de cerveza en la mano, lo haré. Pero no será por amor o por recuperar esa sensación de familia que ya no somos.

Sino por miedo.

Temí las consecuencias y mis piernas, lánguidas, no se movieron. Me había ido de la lengua. La imprudencia no era valentía en aquel piso, así que, en lugar de enorgullecerme por soltar una verdad que me había callado durante tanto tiempo, me avergoncé de mi propia insensatez.

—Es curioso que digas eso y nunca la culpes a ella. Los monstruos no somos los que nos quedamos, sino los que siguen aquí después de haberse ido, manejándonos a su antojo.

En parte tenía razón y, en parte, no la tenía. Pero resultaba irremediable proyectarlo todo en la figura paternal que se había evaporado para reducirse a un fantasma. Cuando la rabia te invade, lanzas tus dardos contra la superficie en la que te cobijas. Eso hacíamos ambos; él, indirectamente con la bebida; yo, acusándole de los retales deshilachados en los que nos habíamos convertido.

—Tanit no... —Iba a defenderla, y no me lo permitió.

—Ella es la responsable, Atena. Con su egoísmo y con su desconsideración.

Pero ¿acaso estaba bien obligar a alguien a permanecer a tu lado si el amor se había agotado? Aunque cometiese errores o me empujara hasta los peldaños más bajos de su pirámide de prioridades, ni mi madre ni ningún ser humano merecía pasar sus días junto a quien no la hacía feliz. En contra de lo que las generaciones pasadas abanderasen, las familias no se sustentaban en la resignación, en un «sí quiero» a costa de todo y en el famoso «ver, oír y callar».

—Mamá tomó una decisión y sé que te dolió. Que te duele. Pero tú optaste por responder así, por consumirte y arrasar con todo a tu paso. No puedes desmerecer a quienes te rodean por alguien que ya no está. Y no puedes tratarte mal, papá, tienes que salir adelante. Buscar un trabajo, trepar del agujero, dejar de aislarte y recuperar las amistades que perdiste. Querer dar un paso al frente.

Mi garganta picó y el nudo del vientre se deshizo lentamente.

Me encerré en mi habitación con los ojos bañados en lágrimas. La vibración del móvil me sobresaltó para después derramar un líquido cálido por mi estómago al leer el «¿Todo bien?» de Joel. Con millones de hilos

tirando en direcciones opuestas, tecleé un «Todo bien» que quiso ser cierto.

Pero no pudo.

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