Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 81 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 78

Atena

Eran las cuatro y media de la madrugada y la emoción de partir rumbo a París vencía al sueño.

Las farolas estaban encendidas y en el cielo todavía brillaban estrellas cuando bajamos del autobús. Las luces del aeropuerto alumbraban el exterior a través de sus puertas de cristal. Sam y Diana divisaron a Joel en el interior de la Terminal 2, frente a uno de paneles donde se anunciaban los vuelos, y emprendieron una carrera sacudiendo los brazos para llamar su atención. El resto arrastramos las maletas acelerando el paso y le saludamos derrochando menos entusiasmo. Con las gafas puestas, tejanos desgastados y una de las camisetas de Peaky Blinders que habíamos vendido para recaudar dinero para el viaje, el profesor de Fundamentos del Arte no aparentaba más de veintidós. Se descolgó la mochila que cargaba a la espalda y la sujetó entre sus piernas mientras repartía los billetes impresos.

—Diana Abad. —Entregó el primero del montón que tenía ordenado por orden alfabético—. Dídac Aloy, Samuel Ares, Xavier Baeza, Atena Beltrán.

Di un paso al frente y alargué la mano. Sus dedos rozaron los míos y se me cortó la respiración.

—G-gracias —titubeé.

—Minerva Estrada —continuó—. Felisa Heredia, Ruth Triol, Olaya Valverde.

La mano alzada de Minerva nos provocó una carcajada.

—Este es el billete de Olaya —se quejó la delegada, obviando las reacciones que despertaba su actitud.

—Perdona, debo haberlos mezclado. —Las mejillas de Joel se tiñeron de rubor.

—Yo tengo el tuyo, Minerva —comentó Ruth.

—Y yo el de Felisa —dijo Olaya.

—Has puesto nervioso al profesor —me susurró Dídac al oído, y yo le lancé una mirada de advertencia para que cerrase la boca.

Román se reunió con nosotros justo antes del embarque. Llegaba apurado y se disculpó para ir a limpiarse la mancha de café que le había caído en el polo de rombos. Era evidente que se sentía desubicado; su hábitat lo conformaban aquellas aulas en las que mantenía los pies en tierra firme, clavando la vista en un libro de texto que se sabía de memoria, sin improvisar.

—¿Quieres una? —Dídac me ofreció su blíster de pastillas para dormir.

—No, gracias.

—Mejor, necesito que estés despierta para tirar de mí si el resto se olvida de despertarme —clamó con un dramatismo innecesario para alguien enfundado en un chándal veraniego de estampado de leopardo amarillo y rosa. Sacó dos píldoras del plástico y se las tragó como si fueran Lacasitos.

Tiró la botella de agua vacía a una papelera antes de agarrarme por la muñeca para colocarnos en la cola—. Tenemos que darnos prisa y coger asientos contiguos.

La suerte estuvo de nuestra parte y ocupamos dos de la zona derecha.

Me cedió el lado de la ventanilla y sus ojos se cerraron al instante.

Abrí una guía de Francia que había tomado prestada de la biblioteca y observé las calles de sus planos para mantenerme entretenida y obviar que, el mismo día en el que mi madre caminaba hacia el altar y besaba al hombre que iba a ser su nueva familia, yo subía un avión low cost con destino a Francia, guardaba la maleta en el pequeño compartimento para no facturarla y sonreía. A mis compañeros, al semblante asustado de Román durante el despegue, a las miradas brillantes de Joel desde unas filas atrás.

A todo.

Sentía que aquel viaje iba a cambiar las coordenadas del mapa y a llevarme por un sendero más esperanzador. Y no me equivocaba en lo primero.

Llegamos a París con retraso. Tras un autobús y algunas vueltas para ubicarnos con el GPS del móvil, encontramos el hostal L’Éphémère, una edificación de seis alturas y fachada blanca en la cual resaltaba el pórtico caoba de la entrada, flanqueado por rosales.

—Haced una fila ordenada y entrad despacio —trató de organizarnos Román con poco éxito. Ignoramos su «rebaño de hormonas descontroladas»

y saludamos a la recepcionista, a la espera de que Joel y sus nociones de francés nos sacasen del apuro.

Después de recoger las tarjetas magnéticas en el discreto vestíbulo enmoquetado, nos distribuimos por parejas para compartir habitación, a excepción de las bailarinas, las cuales se instalaron juntas. Dídac, que renunció a «ver el glorioso y atlético cuerpo de Sam pasearse en ropa interior durante cinco días» por no condenarme a una existencia miserable junto a Minerva, se encargó de hacer una limpieza general.

—No toques nada antes de que le dé un repaso —advirtió agitando un botecito de alcohol con olor a melocotón. Echó una cantidad exagerada en un clínex y frotó el pomo de la puerta, enchufes, las mesitas de noche, el cabezal de la cama y los grifos del baño.

—Te dejas el plato de la ducha —mascullé colgando algunos vestidos en el armario. Pese a ser de dimensiones reducidas, la estancia derrochaba alegría a través del naranja de sus paredes en contraste con el color crema de los edredones.

—Para eso traigo chanclas. —Lo miré con gesto reprobatorio y Dídac se rio—. Rubia, he visto demasiados documentales sobre bacterias.

Tenemos suerte de que en esta habitación no haya tele, porque el mando es un foco de gérmenes.

—¿Tampoco piensas deshacer la maleta?

Su equipaje yacía a los pies de la cama, el candado de la cremallera estaba sin abrir.

—Ni de coña, prefiero llevar la ropa arrugada antes que coger urticaria. —Se abanicó con la mano y se dirigió hacia la ventana para abrirla sin descorrer las cortinas. La tela ondeó rozándole la espalda mientras el rumor del tráfico y el aroma a croissants se colaban en la habitación—. Vamos a morirnos sin aire acondicionado.

Asentí y continué sonriendo.

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