Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 88 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 85

Joel

El primer día de julio se desató la tormenta y el firmamento, teñido de carbón, se desmoronaba sin tregua.

Yo conducía en dirección al instituto tratando de no salirme de las líneas discontinuas que parecían tambalearse bajo las ruedas del Seat. Eran las nueve de la mañana y mi limpiaparabrisas deshacía la fina cortina de lluvia veraniega que resbalaba por el cristal frontal del coche.

Me detuve frente a un semáforo en rojo y mi mente hizo un retroceso en el tiempo, a una madrugada de años atrás saliendo de un bar con Eloi.

Por aquella época, mi amigo sofocaba la melancolía de una ruptura con chupitos de tequila y urdía sus propias teorías sobre universos paralelos al volver a casa.

—¿Otra vez con Origen? —me había reído, haciendo referencia a la película.

Al tropezar con el bordillo de la acera, había sido Eloi el que se había desternillado de mí.

—Mira por dónde vas —me había aconsejado observando la luna llena, taciturno. Había carraspeado con el semblante sombrío—. Tienes dos opciones: viajar al pasado para darle un consejo a ese Joel que planeaba comerse el mundo, o que tu versión futura se plante delante de ti y te cuente cualquier cosa que quieras saber. ¿Cuál eliges?

—Fácil. Elijo que mi yo del futuro venga a darme un consejo.

Lo había dicho tras meditar unos segundos, valorando que necesitaba más recibir una guía que darla.

No obstante, mi presente en julio parecía haberse esclarecido. Pensé que quizá algo —o todo— había cambiado. Me asaltó el pálpito de que, si pudiera responder de nuevo a aquella pregunta, me decantaría por la otra opción.

—Viajaría al pasado para abrazar a aquel chico con sueños —susurré poniendo primera y acelerando, sin titubear.

¿Significaba eso que al fin estaba en paz con el presente?

Reflexioné sobre ello durante los últimos kilómetros y llegué a la conclusión de que sí, las experiencias de los últimos meses me habían hecho crecer más que las velas de cumpleaños de una década. Me embargó una sensación de plenitud al subir los peldaños de la entrada principal del Valancós y avanzar hacia el despacho del director, ajeno a lo que me esperaba.

Sus ojos castaños me recibieron sin levantarse de la silla, ni siquiera me tendió la mano ni me preguntó por el viaje. La brusquedad que había detectado en su llamada para que me pasara a comentar unos asuntos era real. Se palpaba en el ambiente. Quizá no estaba allí para firmar el contrato para el próximo curso.

—Tenemos algo de lo que hablar —espetó ajustándose las gafas.

—Claro. —Fingí que estaba al corriente y me pasé una mano por los hombros, llevándome el agua que el chaparrón había calado en mi camisa.

—No tiene sentido dilatarlo más, así que seré directo. ¿Has mantenido una relación con alguna alumna del instituto?

Mi mandíbula se tensó al escuchar aquella verdad disfrazada de acusación.

—¿Qué?

—Me has oído, Joel.

—¿Cómo has llegado a esa conclusión? —Traté de ganar tiempo, una ventaja ínfima para meditar, tejer excusas y convencerle de que no había nada perverso ni oscuro que involucrase a Atena.

—Me ha costado mucho esfuerzo llegar al cargo que ocupo y no voy a permitir que nada me arrebate el puesto, ¿estoy siendo lo suficientemente claro? —Sus pupilas me fulminaron—. Me importa poco lo que hagas en tu

tiempo libre, siempre y cuando no salpique al nombre de este instituto. Así que te lo voy a preguntar otra vez: ¿has mantenido una relación con alguna alumna del IES Valancós?

Tragué saliva, apreté los puños y le di la respuesta que deseaba escuchar:

—No.

—Joel, estás acabando con mi paciencia que, por si no lo has deducido a estas alturas, es bastante limitada. Hemos jugado al tira y afloja con tus salidas y tus clases creativas, propuestas que solo me han generado dolor de cabeza. Estamos pasando una temporada delicada en la que la mínima acusación genera ampollas. El #MeToo mueve a las masas. No quiero salir en las noticias ni que periodistas sensacionalistas utilicen fotografías del centro para narrar tu caso en los periódicos. Y, mucho menos, que ciertos colectivos se manifiesten por la zona. ¿Entiendes a qué me refiero?

—No hay nada de lo que preocuparse, yo...

—¡Y una mierda! —Azotó la madera del escritorio con la mano abierta, provocando un sonido seco—. Tú y Atena Beltrán, no te atrevas a negarlo ni una vez más. ¿Ha sido consentido?

Inspiré hondo, sin escapatoria.

—Sí. Ha sido una relación consentida.

Una mueca grotesca se apoderó de sus labios y por ellos desfilaron apelativos despectivos. Amagos de amenaza. La certeza de que podría destrozar mi reputación. El ultimátum de que lo haría antes de que yo destrozase la suya. Ofensa tras ofensa, detallando las características del monstruo, del tipo despreciable y la bestia que era, añadió sus cartas manipuladas a una baraja con la que nunca debí jugar.

Mientras caía por el abismo, mis ojos memorizaban las nubes, aquel cielo que Atena y yo habíamos rozado juntos y al que no volveríamos.

Durante el descenso que supuso esa conversación, no miré al suelo, ya tendría tiempo para acostumbrarme a él tras el impacto. En mitad del cataclismo, seguí contemplando el firmamento haciéndose diminuto. Al igual que mis esperanzas.

Nuestra relación, esa que construimos pieza a pieza con cautela para que nada ni nadie la derribase, se desplomaba ante mis narices sin que pudiera evitarlo. Estábamos al descubierto, desnudos, caricaturizados. La pintura de nuestro lienzo se había desfigurado y formaba una imagen obscena y vulgar, tan dispar a lo que habíamos sido que no logré reconocernos en lo que el director describía. No mencionó la igualdad, el cariño, el respeto, la preservación de los sueños del otro y el altruismo. Él solo le puso una etiqueta, la de lo prohibido, abominable e ilícito, y defendió su alegato a capa y espada.

—Estás despedido —sentenció—. Sube al aula de profesores a recoger tus cosas. No quiero que te dirijas a nadie en los pasillos ni que comentes el motivo por el que no seguirás con nosotros en septiembre. Una sola palabra de lo que acabamos de hablar y te juro que nos veremos delante de un juez.

Iba a decirle que no había ocurrido nada, que nos habíamos contenido hasta París. Que fue más que consentido. Dulce. Lo mejor que había tenido.

Pero hubiera sido mentir. Porque nos habíamos querido en la distancia, nos habíamos visto sin denominar cita a aquellos encuentros, y nuestros abrazos habían derrochado más intimidad que cualquier acto sexual. Así que no lo negué, aunque no estuviera de acuerdo con el desenlace.

Asentí en silencio y me puse de pie.

—Hablaré con ella —me desafió—. Si contradice tu versión, ten por seguro que me pondré de su parte y te hundiré la vida. Vende esa chatarra de coche y múdate con tu madre, saca dinero de donde sea para cerrarle la boca a esa cría o...

No le permití ir más lejos, en esa ocasión fui yo el que interrumpió:

—Esa cría es la chica más madura que conozco, y nada de lo que hayamos hecho o sentido está mal. Ni se te ocurra utilizarla para sacar provecho de la situación.

—Mantente alejado de Atena Beltrán, no me des motivos para complicaros las cosas. No sería descabellado llegar a la conclusión de que una alumna que repite curso y resulta ser una negada en todo, de repente aprueba con buena nota, favorecida por un profesor que la chantajea.

Desaparece, Joel. Esfúmate y no me incites a pensar en maneras de machacarte. Lárgate sin hacer ruido, como si nunca hubieras pisado el Valancós.

Es cierto eso que dicen: algunos finales son comienzos. Aunque no lo parezca cuando te están echando de un lugar y la puerta golpea tu rostro y resuena en tus entrañas. Aunque precises de un folio en blanco para trazar ese mapa que no sabes lo que delimitará. El futuro es incierto, asusta, se te atasca en la garganta y te roba el aire. Es conducir sin frenos, subirte a la moto sin casco y soñar algo bonito antes de que te despierte el vuelco en el pecho.

Pero los soñadores tenemos algo en el ADN, un masoquismo intrínseco que nos empuja a continuar. Y eso es lo que haces cuando hallas un muro infranqueable ante ti. No esperas observando por la rendija, no buscas una ventana ni te sientas a esperar. No.

Gritas.

Lloras.

Das una patada al suelo y te levantas para no perder ni un segundo.

Caminas firme, consciente de que la vida no se define por un bache, mala suerte o una oportunidad que dejaste ir. Tampoco por una decisión que otros tildan de error. La única manera de superar lo que duele es avanzar.

En mi caso, desaparecer.

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