Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 46 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 43

Atena

El jueves no volví a casa después de la última asignatura. Me senté en las escaleras exteriores a comer el bocadillo de pan de molde con queso que había preparado por la mañana, y fui directa a la biblioteca del instituto para estudiar el parcial de Fundamentos del Arte.

Coloqué la mochila en la silla contigua para reservársela a Dídac, aunque solo había tres estudiantes allí y la mayoría de sitios estaban vacíos.

Adelanté un comentario de texto de Literatura mientras esperaba a que el pequeño de los Aloy hiciese su entrada triunfal con el horario de estudio, subrayadores variados y las alarmas para no saltarnos ni un descanso.

Lo vi llegar a lo lejos, su conjunto de camisa metalizada y pantalones de cuadros rojos no pasaba desapercibido. Lanzó el abrigo y la mochila sobre la mesa, malhumorado, y tanteó los bolsillos de su vestimenta para asegurarse de que llevaba el móvil encima y no había roto la pantalla con su arrebato.

—¿Te has olvidado la pelota antiestrés en casa? —me mofé, esperando una réplica en clave de humor.

Entrecerró los ojos como si le hablase en otro idioma, ofendido.

—Sam acaba de contarme una cosa muy rara —farfulló sin anestesia.

Tragué saliva y, en un intento de interponer algo de distancia entre nosotros, me clavé el respaldo del asiento en los omoplatos. Dolió, pero no tanto como lo que vendría más tarde.

—Ah, ¿sí? —disimulé, patética.

—No te pega nada hacerte la tonta —me recriminó con una mueca de reproche. Por primera vez le vi parecido físico con Isolda, en ese gesto que ella adoptaba cuando un olor le provocaba náuseas.

—Dídac...

—No, déjame que te lo cuente yo. —Cruzó los brazos a la altura de la cintura—. Resulta que el chico que me gusta ha estado ligando contigo, enviándote canciones en forma de notas, y le fastidia que pases de él.

Aunque no tanto como a mí. Acaba de pedirme consejo para conquistarte,

¿qué le digo? ¿Que te va más la música en inglés o que eres una zorra mentirosa en todos los idiomas?

Me quedé muda. Sus facciones, habitualmente relajadas y amables, se crisparon. No estaba habituada a la crudeza en sus palabras ni al tono irritado con el que las escupía. Y yo era la causante.

—Lo siento —rescaté la disculpa del fondo de la garganta, a sabiendas de que la pronunciaba tarde.

—Podías haberlo sentido antes.

—No sabía que era él quien enviaba las notas, te lo prometo. —Pero era mentira, así que rectifiqué—: No lo supe hasta que me pusiste aquellas canciones en fin de año y até cabos.

—Y te costaba mucho decírmelo.

—No quería hacerte daño.

—Ocultarlo no lo elimina, Atena. Yo no podría seguirte la corriente cada día si escondiera algo así. Te has reído suficiente de mí y de mis sentimientos.

—Dídac, por favor.

—Sé que eres incapaz de ponerte en mi lugar, pero imagina que la persona en la que más confías, esa a la que se lo cuentas todo, se calla algo importante para ti. Algo que te parte el corazón.

—Por eso no te lo dije, no quería que sufrieras —reiteré.

—Lo hubiera pasado mal, pero al menos tendría a mi amiga para consolarme. ¿Sabes una cosa? Puede que me duela más tu actitud que la tontería con Sam. —Cogió aire y sus fosas nasales se ensancharon—.

Criticas a Isolda, pero no eres mejor que ella. ¿De qué sirve que hagamos trabajos juntos, salgamos de vez en cuando y estudiemos por las tardes si no somos amigos?

—Claro que somos amigos, Dídac —repuse levantándome de la silla para estar a su altura.

—Compañeros —puntualizó—. Te sirvo para ocupar el tiempo libre y tener un aliado en clase, nada más. No nos llamamos fuera del instituto, a menos que sea por algo referente a exámenes o trabajos. No compartes tus problemas, excepto cuando se trata de mi hermana. Y no tienes la confianza suficiente para contarme que el chico que me gusta va detrás de ti.

—Yo... Mierda, no sabía cómo decírtelo. Estabas tan ilusionado...

—Precisamente por eso. Hubiera preferido enterarme por ti que por él.

—Dídac, perdóname.

Desvió la mirada y ahí lo supe. Hay cosas que no valoras como se merecen hasta que las pierdes. El pequeño de los Aloy había sido mucho para mí. Tardes en la biblioteca. Recreos dividiendo en dos las chocolatinas de la máquina. Videoclips de YouTube comentados cada mañana antes de clase. Conversaciones sobre notas y últimas tendencias en nuestro sitio escarpado del patio. Un hombro en el que respirar.

Sentí el tirón. La brutalidad con la que alguien —o yo misma—

arrancaba el tallo de mi trébol de cuatro hojas y se lo llevaba lejos.

Dídac empezó a recoger sus cosas y me dio la espalda.

—¿Te vas? —pregunté.

—Es lo mejor.

—Lo siento mucho, Dídac. Quédate, por favor. Podemos hablarlo.

—Si me quedo, vomitaré toda la rabia y te convertiré en el blanco de cosas muy crueles que se me pasan por la cabeza en este momento. Será peor, tú tampoco te callarás y haremos una bola de nieve gigante. —Negó con determinación—. No soy así, cruel e impulsivo. No quiero ser así nunca.

Incluso con la rabia picándole en la lengua, Dídac era racional. Yo pretendía borrar de un plumazo aquella escena y él necesitaba asimilarla, tragarse el odio y digerir mi error, la confesión de Sam, la mancha de la desconfianza que había ensuciado nuestra amistad.

Lo observé caminar por la biblioteca hasta hacerse diminuto y cruzar el umbral antes salir al exterior. No pude estudiar esa tarde y notaba hielo atascado en el hueco donde, antes de aquella conversación, había latidos pacíficos. Esa noche no cené y al día siguiente suspendería el parcial de Fundamentos del Arte.

En circunstancias concretas, guardarte información es equivalente a mentir, y proteger de esa manera a alguien implica fallarle.

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