Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 62 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 59

Atena

A las tres de la tarde me di una tregua para saborear la gelatina de cola que reservaba desde el almuerzo. Mi premio por haber dedicado la mañana del sábado a estudiar para el parcial de Inglés y acabar los deberes de Literatura a tiempo.

Me hallaba en el borde de la silla, apartada del escritorio, como si estuviera a punto de levantarme en cualquier momento y salir apresurada rumbo a algún lugar en el que me esperaban. Pero Dídac había ido a un festival de cortos y animación en Molins de Rei, e Isolda seguía desaparecida en combate. Tras armarse de valor para pronunciar en voz alta que iba a dejar la carrera, el número de nuestras conversaciones volvió a descender.

El golpe de realidad dolió casi más que la primera vez. Porque debí haber sospechado que, con Marc en la ecuación, yo seguiría relegada a un segundo plano, por grave que fuera el embrollo al que se enfrentaba mi amiga. Aun así, no cesaba en mi empeño de mantenerla cerca, como si los audios, los posts de tartas que le mandaba por mensaje privado de Instagram o las llamadas fallidas que terminaban en el contestador automático fuesen a mantener firmes los muros de un edificio que ya nadie visitaba. Me di cuenta tarde de que las amistades no se luchan, que los altibajos se superan unidos, y no arrastrando el peso de alguien que desea caminar en dirección contraria a la que te encuentras tú.

Rebañé los restos de gelatina y puse el vasito de plástico sobre el escritorio. Ignoré el cosquilleo en la punta de los dedos, la señal inequívoca de que añoraba tocar, y cogí un folio reciclado para empezar una redacción en inglés. De tres párrafos, empleando los conectores que había

memorizado y que soltaría en selectividad para tratar de sonar coherente en un idioma que se me atragantaba si no era a través de una canción que había escuchado millones de veces.

El sonido del móvil me salvó de una corrección rápida y catastrófica con el traductor de Google. Al leer el nombre de mi interlocutor en la pantalla, el bolígrafo se me cayó de la mano.

—Joel —saludé con la boca seca.

—Atena —contestó—. Tengo un problema muy grave.

—¿Qué ocurre?

—He pasado semanas siguiendo los consejos de la agenda que una chica me regaló. Y resulta que he llegado al final.

—¿Has hecho cada cosa que anoté?

—Una a una. Algunos días fui un tramposo y leí un par de pósits.

—¿De verdad? —Estaba pletórica, no podía creer que se hubiera tomado en serio mi idea.

—De verdad —confirmó riendo—. Llevo dos horas en un lugar en el que debería dejar huella o hacer algo épico, pero no se me ocurre el qué si no es contigo.

—¿Me estás pidiendo que te acompañe?

—Sí.

—¿No vas a arrepentirte luego?

Se hizo el silencio. Al otro lado de la línea solo se escuchaba el tráfico y ráfagas de viento esporádicas.

—Te he mandado la ubicación —aclaró unos segundos después—.

¿Podrás encontrarme?

—Podré.

Rescaté la mochila del colgador y metí folios, un bolígrafo, una libreta y el libro de Inglés.

Mi padre no estaba en casa. Lo habían echado del enésimo empleo como reponedor tras la maldita semana de prueba, y su remedio pasaba por mendigar copas en los bares del barrio. Sin enfadarme ni aceptar las excusas que —según él— le incitaban a caer por el acantilado, le escribí una nota. «Estoy con Isolda, no sé cuándo volveré».

Me puse la cazadora antes de marcharme sin remordimientos y respiré hondo. Salir de allí era soltar peso, coger aire, sanar.

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