Deja que suene nuestra cancion
Prólogo
Joel
Ciento ochenta y dos años. Ese fue el periodo —comprendido entre 1163 y 1345— necesario para construir Notre Dame. Siglos después, durante una restauración, las llamas la abrazaron y la herencia del arte gótico luchaba por no desmoronarse mientras el mundo veía en directo cómo su aguja se precipitaba a un mar de humo. Protagonista en redes sociales y llorada por un Quasimodo que se quedaba huérfano de hogar, el emblema parisino que había resistido guerras y revoluciones era arrasado por el fuego.
Atena y yo también nos consumimos, la brisa removió las cenizas y solo quedó un esqueleto compuesto por pentagramas que hablaban de dos desconocidos coincidiendo de madrugada en la ciudad, una rosa de los vientos sin puntos cardinales y la invitación a ser valientes.
Nuestra historia empezó al escucharla combatir el caos junto a su violín negro, antes de que yo fuera su profesor y ella la que me enseñara las lecciones más valiosas. Antes de que descubriéramos que la vida es un cúmulo de instantes y accidentes, y nosotros estábamos condenados a colisionar.
Con música.
Siendo dos jóvenes sin edad sentados en las escaleras de una catedral.
Compartiendo un beso inesperado que no puedes olvidar.
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