Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 17 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 14

Joel

En mis años como alumno había detestado todo tipo de grupos y etiquetas.

Quizá porque me colocaban en el peldaño más bajo de la pirámide, o porque mi subconsciente temía que los juicios ajenos matasen los sueños que aún no habían florecido.

Por eso me odié al entrar en la clase de segundo de bachillerato el miércoles y encasillar a una de mis alumnas en el estereotipo de empollona por tener la mano alzada de manera perpetua.

Minerva, la delegada cuyo pasatiempo era desafiarme, parecía una inspectora de policía camuflada bajo camisetas de grupos góticos y uñas con pintura negra descascarillada. Su expresión me juzgaba, sus resoplidos ponían en entredicho mis explicaciones y nada le parecía bien. Era brillante, posiblemente tenía más idea que yo sobre las obras que íbamos a estudiar y olfateaba mi miedo a metros de distancia, por eso arrugó la nariz cuando pasé más de diez segundos hojeando el índice del libro.

—Vamos a la página dos, empezamos por el arte griego —enuncié bajando la vista, evitando a Atena y a su rostro abstraído—. Se divide en tres periodos: arcaico, clásico y helenístico. Debajo de la introducción tenéis un breve resumen de los elementos comunes en arquitectura, pintura y escultura.

—¿Podemos pasar directamente a comentar el Partenón? —sugirió Minerva.

—Después de corregir las pruebas de nivel, creo que es necesario hacer hincapié en los aspectos formales antes de entrar en materia. —Traté de mantener la calma.

—Pero ya vamos retrasados. El día de la presentación deberíamos haber dado una obra. No dará tiempo a terminarlas todas.

—El calendario está ajustado, pero las acabaremos —prometí sin tener ni idea. No había contado ni las obras ni las semanas lectivas. Era un fraude sin plan.

—Hay alumnos de otros institutos que dan cuatro obras por clase.

—Es un ritmo precipitado.

—También lo es ir a selectividad sin haber visto todo el temario.

Sin una réplica, sin salidas a ese embrollo en el que me había metido yo solo ejerciendo de profesor, hice lo que tanto había aborrecido en el pasado: usar la autoridad para silenciar a quienes no compartían una opinión.

—Empezaremos por el arte griego —repetí—. Minerva, por favor, lee en voz alta.

Me odió más. Lo percibí en el brillo de sus ojos, en el tono que empleó para reproducir cada párrafo y en el ataque de tos que fingió para librarse de mi castigo.

Aquella aula era un campo de minas. Dos a punto de estallar en mis narices. El resto, despertando momentáneamente para bufar, lanzarse bolitas de papel, subrayar apuntes por inercia o resumir páginas sin prestar atención.

Mandé leer a tres alumnos más para hacer alarde de poder y reforzar un mensaje: «Si pones en entredicho mi planificación, esto es lo que te espera». Cuando sonó el timbre y los estudiantes salieron en estampida hacia la puerta, me sentí como una mierda. Yo no era así, no disfrutaba con el papel de malo de la película ni me interesaba atemorizar a nadie. Solo quería que confiasen en mí, que me validasen, en lugar de cuestionar mi metodología. Pero para recibir halagos y ser aceptado, debía esforzarme más, ganarme a pulso mi puesto.

Entonces la vi pasar. En el último grupo que abandonaba el aula. Con una camiseta calabaza remetida por los vaqueros, el cabello recogido en una coleta alta y sin su habitual maquillaje negro bordeándole los ojos.

—Atena, ¿puedo hablar contigo un momento?

Arrugó la frente, le hizo un gesto a Dídac para que se marchase sin ella y arrastró la suela de las Converse rojas hasta mi mesa. Me levanté para rodear la madera que nos separaba, pero se me antojó demasiado personal y recosté las palmas en el borde, inclinándome hacia ella para hablar en susurros.

—Quería asegurarme de que todo está bien.

—Quieres asegurarte de que no digo nada sobre nosotros —leyó entre líneas.

—No hay ningún nosotros —rectifiqué, pasando por alto la punzada que me asaltó el pecho al ver el enfado cruzando su semblante.

Era adulto, debería haber sido capaz de afrontar aquello de forma rápida, una sutura limpia para cerrar la herida por la que no podía colarse nada. Pero su presencia me afectaba. Tragué saliva y me ajusté la camisa como si la tela pudiera contener los bombeos acelerados de mi corazón. No creía en los flechazos, y aquello no era amor, aunque me intrigase. Apenas la había tratado, no podía encapricharme de una imagen superficial de la que no conocía su contenido. Sin embargo, si hubo un momento en el que deseé no ser docente, fue cuando le negué lo que éramos. Dos personas que querían apoyarse mientras esperaban a que la llave de los anhelos llegase por arte de magia.

—Está bien —replicó, tratando de adornar sus rasgos con una sonrisa que se congeló antes de alzarle las comisuras.

—No lo está, por eso tenemos que hablar. —Aunque no quedaba nada por añadir. Pero la retuve allí, cerca, temiendo que mi maldito «no hay ningún nosotros» marcase un punto final.

—Claro, profesor —escupió, sarcástica.

—Atena. —Enarqué una ceja—. ¿Podemos ser civilizados y no hacer un drama de esto?

Recuerdo la electricidad cuando su mirada verde se clavó en mí como una espina. Su labio inferior tembló y alargué la mano para coger la suya antes de retirarla al recibir una descarga.

—Podemos fingir serlo —murmuró afectada por nuestro breve contacto—, pero no es lo que elegiría si fuera libre para tomar la decisión.

—La libertad nos limitaría.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que, si fueras libre, no nos habríamos conocido. Hubieras preferido tocar en el Liceo antes que en una calle frente a extraños que no valoran tu talento. No habríamos coincidido.

—Puede que antes o después. De todas formas, te equivocas. Nunca elegiría tocar en un lugar que no merezco, las cosas hay que ganárselas. Y

parece que me queda mucho camino por recorrer aún.

—Lo conseguirás, estoy seguro de que...

—No te esfuerces, Joel —interrumpió acunando mi nombre. Hizo una pausa tras él, como si fuera a cobijar las cuatro letras contra su paladar hasta derretirlas—. Ya no estamos en las escaleras de la catedral, ya no somos dos desconocidos.

La puerta del aula seguía abierta. Me contuve para no dar unas zancadas hacia ella, cerrarla de una patada y encerrarnos entre aquellas paredes unas horas. Y así continuar la conversación que habíamos iniciado al aire libre, sincerarnos, despojarnos de las capas y pedirle que interpretase sus canciones preferidas con el violín.

—Lo lamento —me disculpé por no hacerlo. Anhelar y arriesgar no iban de la mano.

—¿Qué habría ocurrido si nos hubiéramos reencontrado lejos del instituto? —inquirió.

—¿De verdad quieres que conteste?

—Acabas de hacerlo. —Se le escapó un suspiro.

—Es más prudente no hacerse preguntas —puntualicé. Entonces un interrogante se generó de la nada. Me mordí la lengua, pero la duda resbaló por mis labios antes de que pudiera sellarlos—. Las notas que escribiste en la prueba de nivel... ¿Significaban algo?

—Nada importante.

Entrelazó los dedos de ambas manos, jugueteando con ellos, mientras sus ojos acariciaban mi boca. Sin añadir más, avanzó hacia la salida, dejándome a solas con miles de pensamientos.

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