Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 48
Joel
Ser valiente no significa desenfundar la espada e iniciar una batalla épica contra los monstruos. A veces, la valentía es simplemente detenerte entre las sombras para prometerle sin palabras a la oscuridad que puedes con ella.
Que no vas a huir. Que tus pulsaciones se disparan, pero tus pies exclaman
«de aquí no me voy».
Esa tarde, Atena no se sentía intrépida, osada ni heroica. Dejó de ser Grecia para convertirse en caballo de Troya y, sin embargo, en la vulnerabilidad que mostró radicaba su fortaleza.
Daba igual que le hubiera ahorrado una jornada de latas de cerveza, gritos e insomnio en su casa. La observé y supe que ella me salvaba a mí al obligarme a rescatar su optimismo y contagiarme con el instinto de aferrarse a los anhelos, incluso cuando estaban en ruinas. Aquel día fuimos Bonnie y Clyde, fugitivos de lo amargo, soñadores empedernidos con la superación por bandera.
Algunas personas necesitamos que nos repitan que podemos, que lo lograremos algún día. Otras, como Atena, solo precisan repetírselo a sí mismas. Me habló de ello mientras el cielo sustituía su dorado por un lienzo jaspeado de estrellas. Pedimos pizza tropical con los bordes rellenos de queso, puse algunos capítulos de La casa de papel y simulamos que cenar con una servilleta desechable, entre cojines y descalzos, era algo natural.
«Lo que me gustaría hacer a diario», se me ocurrió al darle un sorbo a mi Coca-Cola.
De camino a la encimera para recoger los cartones y posavasos que no utilizamos, inspeccioné aquella estampa de reojo, como si Atena fuese a salir volando del ático si se percataba de mi escrutinio. Volví a su lado sin
meditarlo demasiado y olvidé lo que no debía recordar. Me centré en ella, en cada frase de Tokio y Berlín que reproducía de memoria, en la taza de Cacaolat recién salida del microondas que acunaba con templanza.
—Aquí va un buen chute de energía —comenté llenándosela de Choco Krispies de marca blanca—. ¿O prefieres helado en invierno?
—Helado en verano, gofres todo el año —murmuró transportándonos hasta septiembre.
Si alguien me preguntase qué fue lo más íntimo de nuestra relación, le hablaría de aquellas horas. De lo que dijimos y lo que se nos quedó dentro.
Le describiría el abrazo que no logré reprimir cuando entró en la buhardilla y confesaría que, al notar cómo se relajaba, sonreí contra su pelo.
No vi luz en la oscuridad, la sentí. En la calidez que irradiaban sus brazos y el olor a colonia de vainilla. En la mirada esmeralda que me dedicó en mitad de la penumbra. Supe que, si había un sedante para que la oleada de ansiedad me diese una tregua, se hallaba recostada en mi hombro, en sus manos, con un brazo rodeando mi cintura.
Me di cuenta de que quería ser su escondite. El sitio en el que se reía tan alto que su melodía traspasaba la atmósfera. El sofá en el que reposaba la cabeza y perdía la noción del tiempo. La alfombra donde se tumbaba con los brazos extendidos, como si crease un muñeco de nieve en un jardín, al estilo americano. Las ventanas a través de las que avistaba el mundo y las posibilidades que le ofrecía, sin centrarse en la triste imagen de su maquillaje hecho lágrimas. El hogar que había perdido y me gustaría darle.
Atena estaba rota y yo me moría por sumarle piezas, pintarle escenarios, susurrarle que su felicidad estaría a salvo.
Tras la cena, cuando la sombra del dolor crispó su rostro, solo pude pensar en que deseaba verla siempre alegre, con los ojos brillantes de ilusión y el mentón alto, retando al aire.
—Dime qué puedo hacer, Atena.
—Nada. Solo quédate aquí.
—Eso está hecho.
Permanecimos callados durante unos minutos, ella casi sin parpadear, yo observándola mientras blasfemaba contra los centímetros que nos separaban, y mis dedos hormigueaban ansiando las caricias que no podía
darle.
—¿Vas a mirarme hasta que me duerma? —bromeó sin humor.
—Solo hasta que sonrías.
—¿Por qué?
—De todas tus expresiones, es mi preferida. Y cuando lo haces, me muero por besarte —me abrí en canal. ¿Qué sentido tenía que Atena lo hiciera y mis muros siguieran levantados?
—Pero te contienes —apuntó.
—Lo imagino.
Atena se mordió el labio.
—Entonces sonreiré para ti, Joel.
Hizo un esfuerzo y casi llegó a sonreír. Y yo la besé con la mirada.
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