Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 8
Atena
¿Cuánto tiempo es preciso para conocer a alguien?
Sentada junto a Joel y con el anochecer desplegándose sobre nuestras cabezas, sus cavilaciones entraron en mi mente como si nos uniera un hilo invisible que había estado allí desde hacía mucho. Me atropelló la sensación de déjà vu, de habernos cruzado antes y tener un papel importante en la vida del otro. Isolda habría afirmado que éramos dos almas inseparables que se reunían tras varias reencarnaciones, pero la incredulidad iba más conmigo que ese misticismo de mi mejor amiga.
Observamos a un grupo de street dance moverse con uniformes de franjas reflectantes, el viento arrastró notas de un guitarrista que sonaba a Ed Sheeran, y vimos bajar las persianas de los comercios pasadas las diez.
Me esforcé en transmitirle a Joel la esperanza que a veces no tenía ni para mí misma, aunque más que en los diálogos, me centré en el silencio. En esa comunicación no verbal que emplearíamos como lenguaje en más de una ocasión.
Varios comentarios triviales sobre los gustos musicales de sus vecinos bastaron para que sus hombros se relajasen y elevase la mirada de las Vans.
Más sosegado, estiró las piernas. Y sentí un pellizco. La necesidad de alejar sus preocupaciones hasta que dejase de arrugar la nariz y apretar la boca en una recta impasible. Las ganas de alargar la noche como una tela flexible sobre la que caminar descalzos sin temor a cortarnos.
Isolda me definía como empática, quise convencerme de que mi tentativa de hacer reír a ese chico se debía a eso. No obstante, hoy sé que hay emociones que nacen de la nada, sin sol ni agua, sin cuidado y sin querer.
—Se ha hecho tarde —dijo él, sin moverse un centímetro. Ni siquiera descansó la mano sobre la escalera en un ademán de levantarse. Intuí que no quería prolongar su sermón triste, que se estaba arrepintiendo de compartir conmigo sus inquietudes.
—¿Sabes una cosa? Creo que mi música no está bien pagada con un gofre.
—¿Qué propones? —Su semblante recuperó algo de color.
—¿Te apetece cenar?
—Claro. ¿Has estado alguna vez en el Hamlet? Queda a unos treinta minutos.
—Me apetece algo al aire libre —concreté, levantándome. Así era yo, contrastes. Me agobiaba en los espacios cerrados, me gustaba deambular bajo la lluvia, o que el calor me abrazara.
—Vale.
Fuimos a un bar de aspecto rústico cercano a la parada de Jaume I, y nos decantamos por dos bocadillos de pimiento con queso gratinado para llevar. Joel se pidió una Moritz y yo agua. No tomaba alcohol a menos que fuera en una noche de discoteca o pub junto a Isolda. Una parte de mí temía que fuera a convertirme en mi padre si me habituaba a celebrar o disfrazar con tragos la angustia.
—Cuéntame algo de ti —propuso Joel ascendiendo por Paseo de Gracia—, he monopolizado la conversación.
—¿Algo superficial como qué series de Netflix he visto, o me explayo con mis perspectivas de futuro?
—Lo que prefieras. —Mordisqueó el pico del pan y se limpió la perilla con la servilleta de papel. El resplandor de las farolas le alargaba la sombra de las pestañas sobre los pómulos.
—Estoy obsesionada con Cómo defender a un asesino y, si no la has visto, merece mucho la pena. La escena de la primera temporada en la que Connor canta villancicos es mi felicitación de Navidad —narré entusiasmada. De reojo advertí las comisuras de Joel alzarse en una sonrisa ladeada.
—¿Tiene muchas temporadas?
—Cinco emitidas, la han renovado para una sexta.
—No voy a tener tiempo de leer y ver tantos capítulos. —Me gustó que lo considerase—. ¿Cuáles son tus planes?
—¿No me libro?
—Me temo que no.
—Espero a que acabe el verano. —Suspiré.
—Para empezar...
—Las clases —finalicé la oración.
—¿Problemas con los estudios?
—Muchos y muy variados. —Le di un bocado a un trozo de pimiento rojo bañado en vinagre—. Pero también aburridos, como tu empleo.
—Golpe bajo —se quejó.
Me detuve para beber un trago de la botella de agua.
—¿Qué música te gusta, Joel?
—Los clásicos: U2, Los Rolling, Guns N’ Roses, Springsteen...
—¿Nada en español?
—Crecí con esos grupos, mi padre solía ponerlos en los trayectos en coche. Y a ti, ¿qué te gusta?
—Cualquier canción que me inspire. Desde Mikel Erentxun hasta The 1975.
Me acabé el bocadillo mucho después que él, resistiéndome al final de aquella cita improvisada. La sutileza con la que se acercaba la lata, ya vacía, a los labios, no me pasó desapercibida. Llegamos hasta Diagonal y no supimos qué hacer. ¿Seguir perdiéndonos por el centro hasta la madrugada o desandar nuestros pasos rumbo a casa?
—¿Dónde estás? —preguntó súbitamente, cubriéndome los ojos con ambas manos.
«Aquí, en el ahora, viviendo solo una vida», pensé.
No le contesté con palabras. Me colgué de su cuello para comprobar si era real, si Joel tenía la capacidad de sostenerme y borrar esas líneas difusas que ensuciaban mi verdadero camino. Y así llegó el beso. Nuestro primer beso. Con la belleza de lo que no planeas y una ráfaga cálida que se instauró en mi vientre. Natural. Como gotas de lluvia templadas o la sensación de un cielo de verano bronceándote. Como el cosquilleo de un salto al vacío en el que tanteas las nubes.
Fue tímido y delicado, un contacto dulce sin incursiones en la boca del otro ni dedos ávidos que se cuelan entre la ropa e incendian la piel.
De ese modo inauguramos nuestro álbum de momentos congelados en suspiros, esculturas y melodías. ¿Valió la pena conociendo el desenlace? Sí.
¿Regresaría a aquel punto exacto para recorrer por enésima vez nuestra cronología de lecciones que no se aprenden en los libros y atrincherarme entre sus brazos? Sin dudarlo.
Al separarnos, vi pliegues de asombro en su frente que pronto sustituyó por una sonrisa arrebatadora. La brisa nocturna revolvió mi pelo e hizo bailar su fragancia de menta y jabón. Rio a mi comentario sobre las cosquillas que me provocaba su barba y me pareció adorable, sexi, irresistible. Un sonido con el que me gustaría familiarizarme. Me pregunté cómo sería levantarme al lado de aquella expresión relajada, con hoyuelos de reír, tanteando sus labios.
—Atena. —Envolvió cada vocal, acentuando las consonantes al ritmo de sus latidos. Y de los míos. En una cadencia frenética en la que nos acompasamos.
No se me ocurrió mejor respuesta que la de acunar sus mejillas y profundizar el beso, navegando en cada caricia de su lengua, en el vaivén de sus dientes rasgando mi labio inferior.
Puede que transcurrieran segundos, puede que fueran horas o que el tiempo dejase de importar porque la duración no mide la relevancia de lo que sucede. Puede que aquel fuera el beso más bonito de mi vida. Sencillo, tan fácil como coger aire al salir a la superficie, tan «chica besa a chico sin jerarquías, prohibiciones ni prejuicios».
Quise que no terminase, lo retuve delineando su mandíbula, grabando senderos suaves por su cuello y clavando mi mirada en su celeste, vislumbrando mi reflejo en sus pupilas dilatadas por el deseo.
Aquella noche solo fuimos Joel y Atena, un joven terriblemente alto con ojos de ensueño caminando al lado de una rubia que cargaba un violín a la espalda, de vuelta a casa. Nos dijimos adiós en la distancia, girándonos, yo en las escaleras mecánicas rumbo a la boca del metro, él estático contra la barandilla de metal de la salida. Sin intercambiar teléfonos, sin abrazos
de despedida ni una escena efusiva que incomodase a quienes zigzagueaban a nuestro alrededor. Iba a ser el final de una historia que no debió comenzar, y lo hubiera aceptado de buen grado hasta que lo gritó:
—Volveré a Las Ramblas para oírte tocar.
Se me encogió el pecho. Desconocía que la próxima vez que nos veríamos con un violín entre nosotros, habría melodías, pero no corazones dispuestos a escucharlas.
Esa noche, al llegar a casa, seguí precisando que la música me acompañara. Tumbada con la mirada fija en el techo, sin ver nada, me puse los auriculares y navegué por listas de reproducción aleatorias de YouTube.
No pensé en que Víctor se había acostado sin esperar a que regresara, tampoco entré en WhatsApp para contemplar el minuto exacto en el que Tanit se ponía en línea.
Vagué por la conversación que había tenido aquella tarde con Joel.
Pensé en los sueños, en si era más dramático renunciar a ellos o no descubrirlos jamás. En si mi juventud propiciaba que diese consejos ingenuos y me volvería una escéptica al finalizar segundo de bachillerato.
Si la fuga de cerebros duraría eternamente. Si el Liceo me seguiría dando alas a los treinta.
De repente, cada canción se convirtió en una oda a los anhelos, y las letras no solo me traspasaron, se quedaron conmigo. Anoté un par de versos en los márgenes de una libreta y los repetí en mi cabeza. Cada sílaba me habló de él, del muchacho perdido al que nadie ofrecía la promesa de que todo iría bien.
Y no quise tocar el violín, sino a Joel a través de mis notas.
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