Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 7 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 4

Atena

El domingo, sustituí la ropa de la noche anterior por la camiseta blanca y los shorts con los que me había presentado en casa de Isolda antes de salir de fiesta. Saqué la T-10 del clutch de mi amiga y arrinconé sus botines de tacón, reemplazándolos por sandalias planas.

Comimos en la terraza. Tostas de escalivada con atún, calamares y gazpacho fresco. Desde allí se obtenían vistas a la parte residencial del barrio, donde predominaban las casas pareadas con parcelas de jardín idílicas, habitadas por familias de catálogo. Yo, por contra, residía en la zona obrera de Gradell, conformada por bloques altísimos y fachadas desgastadas.

Me despedí de los Aloy después del postre y les di las gracias por dejarme pasar la noche. «Vuelve cuando quieras», respondieron con sinceridad, al unísono. Isolda me había repetido hasta la saciedad que a sus padres les gustaba que me pasara por casa. «Eres el juguete estrella con el que distraer a dos críos que han crecido prácticamente solos», aseguraba.

Y estaba en lo cierto.

Las carreras profesionales de Daniel y Úrsula nunca se llevaron bien con la conciliación familiar. Ocuparse de dos hijos sin renunciar a la arquitectura —y sin contar con la ayuda de abuelos o tíos— había sido todo un reto. Aun así, los Aloy habían hecho malabarismos para pasar el mayor tiempo posible junto a Isolda y Dídac, pese a que su jornada laboral, que solía alargarse hasta las ocho, les privó de sentarse a preguntarle las tablas de multiplicar a su primogénita, entonar canciones de Disney junto a Dídac y asistir a las reuniones del colegio.

Desde muy pequeños, los hermanos se habían acostumbrado a ir a la escuela de la mano con una llave de casa colgada al cuello. Rosa, la vecina de enfrente, había completado aquel rompecabezas preparándoles la comida y asegurándose de que las horas de dibujos animados y deberes fueran proporcionales.

Mi mano rodeaba el pomo para salir del piso de Isolda cuando Dídac se materializó en el vestíbulo. Sus ojos castaños se posaron en mí. Eran del mismo tono que los de su hermana, pero muy distintos respecto al modo de mirar. El rubio estaba condenado a ser un niño que no sabía mentir, inocente y de sonrisa fácil. Le costaba poco alzar las comisuras y acompañar el gesto con una melodía cantarina y contagiosa. Cuando sonreía de verdad, al encontrar ingenioso un comentario o en un ataque incontrolable de risa, el rostro se le iluminaba.

No recuerdo cuándo le conocí —alguna tarde en el parque o jugando al Scalextric en el pasillo de los Aloy—, solo sé que sus problemas para pronunciar ciertas letras del abecedario me hicieron ser «Ena» durante años.

—Nos veremos en clase —musitó él.

—Sí, cuento los días —espeté con sarcasmo.

Rio y se le sonrosaron las mejillas. Reprimí el impulso de pellizcarle los carrillos.

—Pareces un bebé cuando sonríes —comenté, disfrutando de su mueca de fastidio. Dídac detestaba que los meses que se llevaba con Isolda y conmigo le hubiesen excluido de la mayoría de actividades que organizábamos.

—Deberías probarlo tú también, es un deporte saludable.

—El único que practicas, aunque te hayas aficionado a la ropa deportiva.

—No me gusta sudar, y el chándal está de moda —respondió tajante.

Era su manera de ser, cristalino y rotundo, directo, pero sin cortar—. Mi constitución delgaducha no casa con pantalones ajustados ni camisetas sin volumen. El chándal llena con aire lo que el gimnasio jamás podrá darme.

—¿No aspiras a ser actor? Tu cuerpo será tu herramienta de trabajo.

—Aún me queda mucho de formación hasta que llegue un desnudo.

Mi constitución habrá cambiado para entonces, o me pasaré a los batidos de proteínas.

—Cruzaré los dedos por ti.

Mis ojos acariciaron el trébol de cuatro hojas sublimado entre las franjas verticales de su pantalón antes de marcharme.

Tardé apenas diez minutos en llegar a casa y resultó extraño. Pasar de los Aloy a los Beltrán era como retroceder siglos en la historia de la humanidad. Encajé la llave en la cerradura muy despacio. No sirvió de nada; la madera anunció mi presencia con un crujido, aunque nadie se acercó a saludar. Estaba sola, lo cual era siempre positivo. Bueno, no siempre, solo desde que Tanit se había marchado.

Me quedé plantada en mitad del salón, divisando los platos por fregar de la cocina americana a mi izquierda; las tres puertas que daban acceso a mi dormitorio, al baño y a la habitación de matrimonio, a mi derecha. Se trataba de una vivienda discreta de techos bajos y baldosas de cerámica antigua. Para dos personas, era más que suficiente.

En ocasiones, me preguntaba si podía achacar a sus escasos metros que el aire se condensara de tal forma que los movimientos costasen el doble.

Otras veces, me reconfortaba poder echarle la culpa de todo al espacio, y no a mi padre.

Me aproximé a la ventana, la abrí y la brisa del mediodía meció mi pelo. Las vistas a los balcones y toldos verde oliva del edificio vecino no eran gran cosa, pero resultaba suficiente saber que ahí afuera había algo distinto al odio camuflado con indiferencia que barnizaba nuestras paredes.

No sé cuánto tiempo pasé apoyada en el alféizar, pensando en cómo con cada persona parecía tener una edad. Junto a Isolda mis dieciocho menguaban, quizá porque ella era la que cuidaba de mí, me invitaba a comer y me regalaba ropa con la excusa de que se había equivocado de talla y le daba pereza descambiarla. Con Dídac experimentaba lo que sería tener un hermano menor del que no apartar la vista por si se caía de la bicicleta o se gastaba los ahorros comprando material para escenificar uno de sus cortos.

Y cuando me hallaba en el 4º 2ª de la calle Miguel Delibes... Los segundos iban hacia atrás y la gravedad se incrementaba. Allí dentro creía haber vivido muchas veces la misma vida.

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