Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 57 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 54

Atena

Víctor siempre había sido un hombre extrovertido, con infinidad de contactos de los que tirar si necesitaba instalar el aire acondicionado en casa, preguntar por un buen restaurante o descubrir si algún crío de la zona estaba interesado en comprar mis libros del curso anterior.

Era una cualidad que había heredado de mi abuela, una mujer servicial que había dejado su huella en San José de la Rinconada —el pueblo natal en el que creció— y posteriormente en Barcelona, tras mudarse con mi abuelo junto a la oleada de emigrantes andaluces que se habían instalado en el norte. Estoy segura de que, si Valentina siguiera viva, le habría recordado a su hijo lo que era tener amigos y tratarlos como a personas, en lugar de usarlos cual sacos de boxeo en los que descargar los reveses del destino. Le habría repetido lo que mi padre había olvidado en los últimos años: se llega más lejos solo, pero tu entorno te mantiene en pie. Y él precisaba de pilares.

Por mucho que se empeñase en perfeccionar el papel de ermitaño, Víctor seguía siendo dependiente, y ese rasgo de su personalidad no iba a cambiar jamás.

No solo se había apoyado en Tanit para crear la estampa de familia perfecta, sino que había relegado cualquier responsabilidad a vecinos y conocidos. Por ejemplo, su primer empleo sirviendo helados en el puesto ambulante del barrio en verano había sido gracias a un compañero de la fábrica de mi abuelo. Tras casarse, confió la compra del automóvil familiar

—un Citroën C15— al hijo de los Romero, empleado de un concesionario.

Siguiendo con la tradición, el puesto en Reformas Gadea que acababa de

lanzar por la borda había sido cortesía del suegro de su mejor amigo Patricio, un tipo al que le retiró el saludo después de una agitada pelea de bar en la que el bourbon fue el protagonista.

En el segundo mes del año, solo y enfadado con el mundo por su cúmulo de desgracias, Víctor no disponía de una lista de ángeles de la guarda que tomasen las decisiones por él y lo guiasen. Encontrar empleo se le antojaba inviable y, si a su ineptitud se le sumaban las semanas de prueba sin cobrar de contratos abusivos, el resultado era desastroso. Una renuncia tras otra, puestos de mozo de almacén, repartidor y cajero que duraban horas, no aportaban apenas compensación económica y herían su ego.

«Mientras está trabajando, aunque sea provisional, no bebe», me animaba. Porque realmente necesitaba palabras de aliento, algo a lo que aferrarme. Yo también estaba quedándome vacía y no hacía más que empaparme de nostalgia y recordar.

A los trece, mi padre me había regalado un joyero rectangular, forrado con papel de flores ocre y violeta. Había hecho pucheros, enfadada. Si aquella era su sorpresa de Navidad, no me conocía en absoluto. Nunca llevaba pendientes, tampoco colgantes, pulseras o anillos. El reloj de la comunión había quedado relegado al primer cajón de la mesita de noche tras quedarse sin pilas, y mis muñecas estaban desnudas.

No tenía nada que guardar en aquel cofre.

—Ábrelo —me había sugerido.

Sin interés, le había quitado el cierre dorado para descubrir el interior de terciopelo rojo, con un espejo circular delante del cual se hallaba la figura esbelta de una bailarina. Víctor le había dado cuerda y de la cajita brotaron notas mágicas del Para Elisa, de Beethoven, mientras la chica del tutú daba vueltas sin cesar.

—Me gusta —había cerciorado con una sonrisa que fue creciendo conforme la melodía avanzaba. Cuando el último compás había quedado suspendido en el aire, le di cuerda al instante.

—Lo sé, pequeña. —Papá había atrapado la punta de mi nariz entre sus dedos—. Tú eres música. Jamás lo olvides. Lo más importante que poseemos, aquello que debemos preservar, está aquí dentro. —Me había señalado el corazón.

No lo advertí a los trece, tampoco a los diecinueve: tu talento, tu pasión, el motor de tus pulsaciones es tan frágil como la propia piel. A veces lo que te define se transforma en tu punto débil y no hay más remedio que abrir la cajita de música, depositar allí tu vocación y esperar a que el pecho deje de arder mientras tu vida se mide con piruetas hechas en relevé.

A veces la canción cesa de un modo brusco y no logras hacerla continuar.

Aunque lo que más duele no es, necesariamente, la peor parte. Como en una operación, lo más angustioso es el pinchazo de la vía de la anestesia en la mano. Después de eso, las punzadas se camuflan con la sedación y la aflicción no te abruma hasta más tarde, cuando el peligro pasa. Cuando menos lo esperas.

Cuando coges el violín, quieres tocarlo y las paredes de casa te privan de oxígeno.

Cuando lo cargas a la espalda y deambulas hasta elegir una calle en la que abrir el estuche, sacar el arco y acariciar las cuerdas desafinadas de un instrumento que considerabas una extremidad más.

Pero te falla.

La música no es matemática pura y, al igual que el arte, requiere de cierta predisposición, del leve susurro de las musas que te catapultan a otra galaxia en la que tu parcela de mundo es perfecta, levitas, te evades y tus poros palpitan acogiendo ese torbellino de adrenalina e inspiración para sumirte en una paz arrolladora con cada arpegio.

Apenas estuve una hora atrincherada en aquella esquina solitaria.

Sesenta minutos de repertorio aburrido, sin mezclas eclécticas ni saltos de estilo. Sin identidad, reduciéndome a una cadena de radio que opta por los singles de moda, los que atraen fácilmente al público por su corte comercial. La sensación en la tripa no estremecía con la placidez a la que estaba habituada, más bien arañaba con tintes de remordimiento. No tocaba para mí, para sentirme libre y expresarme. Al contrario, era un águila entrando en la jaula para jugar a ser domesticada.

No me desnudé con pentagramas sinceros y, si en algún momento mi coraza se volvió transparente, no hice otra cosa que mostrar mis defectos.

La envidia hacia aquellos que lo tenían fácil, el enojo con el que despertaba

y al que me abrazaba antes de conciliar el sueño, la avaricia de mi voz interior suplicándome que no dejase ir la ambición que dotaba de significado a mi existencia, por muy remota que fuera.

Estaba experimentando una época de cambios y eso se traducía en fallarme, sorprenderme, presentarme a mí misma y hallar la paciencia suficiente para acoger a aquella desconocida, por muy fracturada que se hallase. Hecha añicos, confusa, irascible, indecisa, un satélite abandonado en el espacio. Incapaz de entregarle su alma a la música.

Una pareja se detuvo a echarme un billete de cinco euros. Cerré los ojos, emulando estar en una montaña rusa de compases, y pensé en Víctor.

En la beca. En lo rápido que transcurrían las semanas. Lo caras que eran las compresas, el champú y el gel de baño. No estaba en una posición de privilegio para devolver unos míseros cinco euros, pese a sentir que no los merecía, y ni siquiera sabía si era legal ocupar unos metros públicos y lucrarme de ello, aunque eso no me hubiera detenido antes. Incluso el viento parecía retarme a permanecer inmóvil en un sitio que no llevaba mi nombre, arrastrando mi banda sonora avenida abajo y añadiendo el silbido de la brisa a cada obra. Deseé que se llevase también el suplicio de entregarte a algo, ser un mero conducto a través del cual viajan emociones y cicatrices. Ese era el principal cometido de la ventisca, alejar la congoja que yo misma propagaba y limpiarme para que mi cabeza se convirtiera en un rincón más habitable.

Seguí tocando hueca, sin sangre, tan apática que me ofusqué por no aprovechar la situación. «Cualquier oportunidad es un ensayo, no seas estúpida y da lo mejor de ti».

Ningún discurso me sugestionó. Aquella tarde solo había una idea amplificándose por mis venas y conquistando mis terminaciones nerviosas: reproduces acordes por monedas, calculando en qué invertirás cada céntimo, desconectada del instrumento y de tu propio corazón.

Derrotada, guardé el violín en el estuche y caminé para aclarar las ideas durante el trayecto a pie hacia el ático de Joel.

Llamé a un piso cualquiera, esperé a que me abriesen y subí con sigilo hasta el último rellano, esperando arrepentirme al llegar a su puerta. No lo hice, no me eché atrás. Deposité la funda sobre su felpudo, presioné el

timbre y eché a correr escaleras abajo.

Él iba a ser mi cajita de música, el lugar seguro en el que guardar a buen recaudo lo que me apasionaba y ya no me pertenecía.

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