Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 23 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 20

Joel

El primer viernes de octubre, llegué del instituto pasadas las seis. Había aparcado a quince minutos del ático y las cuatro horas de sueño de la noche anterior empezaban a notarse. Necesitaba un descanso y, aunque las siestas no me sentaban bien y me despertaba de ellas con dolor de cabeza, cerrar los ojos acurrucado en el sofá era lo único que me apetecía al cruzar el umbral.

Cerré la puerta con un puntapié y no me molesté en poner la llave en la cerradura. Dejé el maletín en el suelo, lancé la chaqueta de cuero sobre la alfombra y me froté los tobillos para quitarme los zapatos sin emplear las manos. Abrazado a un cojín, con el rumor del tráfico y los bares de fondo, perdí la conciencia.

Más tarde, cuando el sonido de un SMS del banco iluminó la pantalla del móvil con un escueto «abono nómina», me sorprendí. No esperaba el vuelco, la sonrisa de idiota, el cosquilleo en la tripa.

Nunca había defendido que el dinero diese la felicidad. Ni siquiera cuando no tenía para unas cañas, cargaba el portátil en el Hamlet o le pedía algo prestado a Irina para el alquiler.

«Algún día te dedicarás a lo que te gusta y, aunque seas de los que llega a fin de mes sacando humo de la chistera, te sentirás como el hombre más rico del mundo. Eso es triunfar», me había repetido. Sin embargo, lo que anticipamos no es lo que suele suceder.

Me duché sin darme tiempo para echarme atrás y salí directo al bar de mi mejor amigo. Pagué los combinados de la cena, invité a Eloi dos rondas de mojitos y no me preocupé por mirar la cuenta. Ese viernes fui un poco más libre, reí y el peso que cargaba a mis espaldas aligeró.

Por la noche, al tumbarme en la cama y recostar la mejilla sobre la almohada, le pedí perdón a mi sueño por abandonarlo. Lloré de alivio. Y

también de frustración, inseguridad, incertidumbre. A veces lo difícil no es llegar a tu destino, sino saber que estás en él. Que el decorado no va a evaporarse. Que puedes relajarte y coger aire sin que duela. Porque no es un sitio de paso, vas a convertirlo en tu hogar.

Entré en Facebook y examiné las últimas publicaciones de mis compañeros de carrera. Me pregunté si evitaba quedar con ellos porque poseían más fragmentos del rompecabezas que yo. Algunos habían pasado una temporada en Dublín trabajando en hoteles y cadenas de comida rápida.

Otros habían ascendido de becarios a indefinidos con salario mínimo. Los ambiciosos habían estudiado una segunda carrera. Los más aventajados, una minoría, ejercían como directores de arte en agencias de publicidad, y eran ilustradores o diseñadores con varias piezas publicadas en revistas.

Todos parecían satisfechos, tenían una afición, pareja, un plan, algo que les ayudaba a flotar en mitad del océano. Todos excepto yo, que planeaba comerme el mundo y terminé tragándome la vanidad.

Dejé que los éxitos ajenos corroyesen mi piel, que penetrasen por mis poros y contaminasen mi organismo a la espera de que el Joel competitivo aflorase. No sé por qué lo hice. Si sentirme más desgraciado era un mecanismo de defensa, o si era un acto reflejo como respirar. Quise llorar con ganas, vaciarme fuerte, pero no pude. Porque era contradictorio, porque, además de cumplir mi propio sueño, también quería seguir haciendo algo bueno por los alumnos y poner las primeras piedras del cambio en un sistema educativo obsoleto. Recuerdo que suspiré con la visión perdida en el techo y, durante un segundo, me pregunté si era una de esas personas que está destinada a no llegar a ninguna parte.

Resultaba complicado unificar anhelos y obligaciones, aunque sentía que lo estaba consiguiendo. Poco a poco.

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