Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 12 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 9

Joel

La alarma del móvil sonó a las seis, cuando ya llevaba dos horas despierto.

Había dado vueltas en la cama anotando cosas que podían salir mal en mi lista mental titulada «intrusismo profesional».

La primera y más probable, iba a quedarme en blanco.

En consecuencia, los alumnos no me tomarían en serio.

El temario se me atascaría y me convertiría en uno de esos docentes que limita sus clases a hacer leer en voz alta y atemorizar a los estudiantes con ejercicios y trabajos extras.

Y ocurriría lo mismo al día siguiente.

Preparé café para templar mis nervios y lo tragué de un sorbo, sin deleitarme con el aroma que tanto me gustaba por las mañanas. Casi me atraganté, como si fuera lodo y no un expreso con dos cucharadas de azúcar lo que colmaba mi taza de Star Wars con el logo de Starbucks.

No había platos sucios en el fregadero, solo el juego de tenedor y cuchillo que lavaba y rescataba para volverlos a usar. Me nutría a base de las fiambreras que me daba mi madre y las sobras del Hamlet que Eloi insistía en que me llevase. «Ya me lo devolverás consumiendo cada tarde cuando te ingresen el primer mes», bromeaba mi amigo. Yo contestaba con un mohín inseguro; si el trabajo me aterraba, el mes de prueba del contrato me obligaba a pensar en el presente. Nada de planear qué haría con el dinero por si el director irrumpía en el aula con la fatídica noticia de que debía irme de inmediato. Sin explicaciones ni remordimientos.

Antes de entrar en la ducha, rescaté del armario el uniforme de batalla: la camisa púrpura de la boda de mi hermana, los pantalones vaqueros con un cinturón que pretendía aportarle un aire sofisticado al conjunto, y unos

Oxford negros a los que saqué brillo con papel higiénico.

Me agaché para entrar en el baño, donde el techo a dos aguas castigaba mi metro ochenta. Me colé en el plato de ducha aguantando la respiración y me froté la espalda con fervor, como si tratase de difuminar el tatuaje que cubría mi omoplato derecho, una rosa de los vientos sin puntos cardinales que me había hecho con Eloi en tercer año de universidad. A fin de cuentas, un error.

Calculé mal con el champú y generé más espuma en la cabeza que en todo el cuerpo, pero no importó. Estaba tan tenso que los pequeños detalles pasaban desapercibidos. Solo podía centrarme en la rigidez de mis cervicales. No me paré a secar la carrera de gotas que descendían por el cristal de la mampara ni los diminutos puntos que humedecían los azulejos turquesa. Hice malabares para no resbalar en los charcos de agua alrededor de mis pies, y me vestí mojando la ropa sin remedio.

Con un maletín ébano vacío colgado del brazo, cerré la bolsa de basura orgánica y la de botellas de plástico. Las coloqué frente a la salida para tirarlas de camino al coche.

«Puedes con esto», me dije al cerrar la puerta con llave. Por primera vez en meses, yacer en la cama sin horarios ni compromisos se me antojó un jodido paraíso.

Tras veinte minutos de caravana, el IES Valancós, situado en la periferia de Barcelona, me saludó con su fachada de ladrillos caravista de tres alturas y grandes ventanas rectangulares. Seguí la verja gris hasta el aparcamiento de la zona trasera, y me dirigí hacia la entrada principal. Subí los cuatro peldaños y presioné el timbre a la espera de que alguien abriese.

Si el exterior era bonito —un patio asfaltado con un camino de piedra bordeado por matorrales y pinos altísimos—, el interior no se quedaba atrás.

Paredes recién pintadas de color avellana, muros de carga recubiertos por tablones de anuncios y aulas en blanco.

—Bienvenido, Joel. —El director me recibió con un apretón de manos que me cortó la circulación. Aquel cuerpo de metro sesenta y aspecto de anciano con una mata de pelo entrecano contenía la fuerza de un ciclón. Su camisa, a diferencia de la mía, lucía impoluta y sin arrugas.

Después de pasar a su despacho personal para firmar el contrato, me hizo un tour por los diferentes espacios: la sala de profesores de la segunda planta, la biblioteca anexa a la estancia de proyecciones frente a la pista de baloncesto, y las máquinas expendedoras atestadas de dónuts, Kit Kat, M&M’s y chocolatinas Milka.

—Es un recinto pequeño, no tenemos cafetería —se excusó, ajustándose las gafas de media luna tras las que se escondían unos ojos rasgados castaños—. Tus clases son en el último piso, darás una optativa a cuarto de la ESO y Fundamentos del Arte a bachillerato artístico.

Me entregó una carpeta del instituto que contenía horarios, temario y fotocopias con pruebas de nivel para ese día. Era de esperar que centrase mi atención en el logo de un birrete y un lápiz que parecían sacados de las autoformas de un documento Word. Le fruncí el entrecejo al daltónico que había seleccionado escarlata y un cobalto saturado como colores corporativos, y prometí que no diseñaría nada en el rato libre que tenía hasta mi primera clase.

Las presentaciones con el resto de trabajadores no se hicieron de rogar.

«Qué joven».

«Qué guapo».

«¿Qué clase das?».

«Espera, te hago un sitio a mi lado».

En menos de cinco minutos estaba rodeado de un grupo de profesoras dispuestas a enseñarme a encender un ordenador, escanear sin que las hojas quedaran torcidas y dividir sus desayunos conmigo porque, decían, la bollería industrial de las máquinas era imposible de quemar, aunque yo tuviera buen tipo.

Por suerte, Román, el de Literatura, me acogió en su esquina de la mesa alargada que compartían los docentes.

—O te inventas una novia maravillosa o no dejarán de revolotear a tu alrededor —apuntó.

Me sirvió un cortado aguado de la cafetera que habían instalado para amenizar las soporíferas juntas de evaluación, y se disculpó cuando el Huawei le vibró más de diez veces seguidas.

—Mi mujer quiere que recoja al niño de la guardería a las cinco.

Imposible —bufó pasándose las manos por el tupé oscuro.

—Salimos a las cinco —puntualicé.

—En teoría, pero tengo que corregir las pruebas de nivel de hoy para que no se me acumulen.

—¿Son obligatorias? Pensaba empezar directamente con el temario, o dejarlo solo en una presentación de la asignatura.

Sonrió, mostrando la hilera de dientes amarillentos por el tabaco y la cafeína.

—Todo lo que te proponga el director es una orden. Aunque use condicionales o te diga que tienes total libertad.

—No creo que pase nada por improvisar —insistí.

—Cíñete al guion y reparte lo que te haya dado, te ahorrarás dolores de cabeza.

Con el consejo de Román grabado a fuego, me encaminé a la clase número 20. El aula estaba alumbrada por la luz natural que se colaba a través de las ventanas. A mi derecha, encajado en una esquina, se encontraba un armario con diccionarios y manuales de consulta. Un calendario del curso vestía la pared del fondo de punta a punta, mientras que la pizarra verde botella se erguía a mi espalda.

Las charlas disminuyeron de volumen hasta fundirse con el carraspeo de mi garganta. Me situé tras un escritorio que no sentí como mío, deposité el maletín a un lado y puede que me desabrochase un botón para aflojar la soga que me apretaba el cuello. Saqué el montón de papeles que me había dado el director y repasé la lista de segundo de bachillerato artístico.

Diana Abad

Dídac Aloy

Samuel Ares

Xavier Baeza

Atena Beltrán

Me detuve. Lo leí una vez. Dos. Tres. Y elevé la vista para barrer la hilera de pupitres de la estancia con la esperanza de que aquel nombre peculiar fuese una mera coincidencia. La morena del septum y la camiseta de Metallica se ajustó las gafas de pasta. Un joven de cabello rubio

ondulado se ruborizó cuando lo pillé colando la mano en la mochila para sacar un Donette. A su derecha, la chica del violín me observaba con la misma incredulidad que debía estar mostrando yo, así que bajé la cabeza, ordené los folios con el temario del semestre y las lecturas obligatorias, y alargué el brazo para tendérselas a los alumnos de la primera fila.

Mi corazón se desbocó y, perdido en una carrera de latidos sin tregua, no regresó a su estado normal hasta que el timbre marcó el final de la hora.

Sesenta minutos en los que tartamudeé, leí en alto —varias veces— la misma línea y me presenté anotando mi nombre en la pizarra, como si Joel Sanz fuera exótico e impronunciable.

—¿Cuántos exámenes habrá? —inquirió la estudiante del piercing.

—No lo he pensado todavía —admití.

—¿Y habrá trabajos en grupo? —Sus ojos ámbar me juzgaron.

—Supongo.

—¿Además de los ejercicios semanales? Es un curso importante y no podemos dedicarle tanto a una sola materia.

—¿Minerva? —pregunté, dándole gracias a mi don de retentiva. La muchacha asintió—. No te preocupes, haré el cálculo para que sea equitativo. Hoy solo es la presentación y... la prueba de nivel.

Un resoplido generalizado hizo tambalear la clase y me contuve para no unirme a ellos. ¿Cómo esperaba el director que desarrollasen las características del arte romano o usasen la terminología específica para comentar una pintura rococó sin haber abierto el libro? ¿De qué servía un papel que medía unos conocimientos con los que no estaban familiarizados?

¿Acaso era alentador hundir a alguien con un suspenso antes de comenzar?

Como era de esperar, el resultado fue una debacle. Xavier describió Niños comiendo uvas y melón, de Murillo, como si estuviera redactando un texto literario. Dídac le echó agallas y se centró en lo que transmitían El columpio, de Fragonard, y Las tres Gracias, de Rubens, aunque resaltó elementos teatrales que nada tenían que ver con la asignatura. Minerva se aproximó bastante con la composición de La vista de Delft, de Vermeer, pero no supo contextualizarla en la Holanda del siglo XVII.

Atena fue la última en levantarse de la silla para entregarme su folio.

Ese día no había duda del color de sus ojos; esmeralda al desnudo, sin sombra negra y con una raya mucho más fina. Los mechones que acariciaban su frente eran de un rubio más claro, y la melena le ocultaba los tirantes del top que apenas le cubría hasta el ombligo, y el cual se bajaba compulsivamente, incómoda, pese a llevar unos tejanos de talle alto. Algo se agitó dentro de mí, y no fue un tirón en la entrepierna ni el impulso de volver a besarla. Era más jodido que eso: ganas de charlar, de contarle que atentar contra mis ambiciones equivalía a rescatar su prueba de nivel y puntuar con un suspenso el pentagrama de siete compases que había compuesto y dibujado. No le pregunté por qué lo había hecho y el significado de sus notas permaneció protegido en un lenguaje desconocido para mí.

—Adiós —musitó, y capturé su perfil en mi retina. La redondez de su nariz, las mejillas lisas sin una sonrisa, el labio inferior más prominente que el superior. La fragancia a vainilla y el crepitar de sus botines de cordones contra el suelo de granito pulido.

—Adiós —respondí, pero soné a interrogante.

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