Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 6 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 3

Joel

Subí las escaleras hasta el quinto y refregué la suela de las zapatillas contra el felpudo de claveles, antes de golpear la madera con los nudillos. Mi madre odiaba que llamasen al timbre.

—Pasa, pequeño. —Fue mi hermana la que abrió la puerta, su mano derecha acariciaba la prominente tripa de cinco meses sobre la tela del vestido malva.

Estaba preciosa con una coleta baja de la que se desprendían algunos mechones castaños. Su mirada celeste irradiaba un brillo especial.

—Hola, Irina. —Le di un beso en la mejilla y entré.

—Espero que no hayas desayunado mucho, mamá se ha vuelto un poco loca —cuchicheó mientras avanzábamos por el pasillo.

Había llamado una hora antes para avisar que me unía a la comida familiar del domingo, algo que evitaba desde hacía semanas.

Concretamente, desde que me había dado de baja como autónomo al no recibir encargos y mi relación con Vega se iba al traste.

Desaparecer había sido un acto reflejo.

No soportaba los suspiros de pena de mi madre y los «¿cuándo vas a sentar la cabeza?» de mi hermana seguidos de una enumeración de puestos que, según Fede, su marido, estaban disponibles en webs de empleo que él no tenía que mirar porque era el jefe del departamento comercial de un portal de reserva de restaurantes. Me sacaban siete años, y la crisis no les había afectado. Yo, que había finalizado la carrera cuando los contratos indefinidos pasaron a ser prácticas no remuneradas, me había llevado la peor parte.

Saludé a Fede, que ya estaba frente a la mesa olfateando la empanada de atún casera, y me senté a su lado para sacarle conversación. Llevaba uno de sus trajes de vendedor infalible, con hombreras, solapas brillantes y un bolsillo falso del que emergían dos centímetros de pañuelo satinado. Que un tío tan elegante llevase el cabello por los hombros seguía chocándome, aunque la longitud no disimulaba del todo las incipientes entradas que él definía como «raíz fina, a los rubios nos pasa». A su lado, mi camiseta del 360° Tour de U2 y los tejanos desteñidos palidecían.

—¿Qué tal en la oficina? —inquirí, y su rostro cuadriculado se giró en mi dirección.

Me importaba bastante poco su respuesta, pero aquel interrogante era la música que le distraía durante horas. Mientras mi hermana aborrecía hablar del trabajo y escondía su uniforme de enfermera los días libres, Fede disfrutaba ahondando en cada nimiedad referente a su empleo. Me contó el problema que habían tenido con el sistema informático, los dos nuevos clientes que había conseguido, y añadió algo sobre unos puntos, pero ya había dejado de escucharlo. Irina no bromeaba cuando decía que esperaba que la niña no sacase la habilidad paterna para las relaciones públicas.

—Cariño, estás más delgado —saludó mi madre. Depositó una fuente de ensaladilla con pimiento rojo en el centro del mantel, me dio un abrazo y no tardó en preguntar por el contrato.

—Todavía no lo he firmado.

—¿Y cuándo vas a hacerlo?

—Supongo que el mismo día que empiece, aún falta —resumí. Sus ojos chocolate se tiñeron de recelos antes de repetirme que no hiciera nada sin leer bien las condiciones.

Me sentí pequeño, cuestionado, pese a saber que solo trataba de ayudarme. Abrí la lata de Coca-Cola y me centré en pelar gambas, coger rebanadas de pan con tomate y engullir aceitunas. A mi alrededor se generaba un debate sobre la docencia y el paro que me quedaría después de trabajar con un salario neto de mil trescientos euros mensuales.

—Tendrás para unas vacaciones. Fede y yo queremos irnos a Japón —

destacó Irina.

—No te confíes y ahorra —dictaminó su marido—. Si me mandas tu currículum actualizado, puedo volver a enviarlo por la empresa.

—Mereces un descanso, cariño. —Mamá se recogió la melena caoba con una pinza del pelo y atacó la fuente de carne en salsa—. ¿Comes bien?

Estás muy pálido y pareces cansado. ¿Cuánto hace que no pides un análisis de sangre?

No comprendían que el dinero me preocupaba, pero también mi ego.

Había errado durante años, emprendiendo un sendero sin salida. Era el momento de dar media vuelta, desandar mis pasos y acatar. Me sentía como un perdedor, agazapado y malherido. No iba a triunfar, adiós a mi puesto como director de arte, a mis proyectos creativos y a las ideas cojonudas que harían que se quedasen con mi apellido. Iba a tragarme mis ilusiones una a una, con espinas incluidas.

—¿Y qué asignatura vas a dar? —balbuceó Fede, cubriéndose la boca llena de ensaladilla.

—Fundamentos del Arte. —A mi madre se le hinchó el pecho.

—¿Diste algo similar en la carrera? —preguntó Irina.

—Historia del Arte. En primero. —En un tiempo remoto.

—Lo harás bien —cercioró Fede—. Mandas leer el temario en alto y les preparas un examen al mes. Trabajos semanales para que los chavales no se pierdan y...

Me odiarían antes de aprenderse mi nombre.

—¿Sigues con náuseas? —Desvié la conversación a Irina, que había apartado su silla de la mesa y arrugaba las facciones como si oliese a rancio.

—Es el reflujo —explicó mamá.

Entonces entramos en el terreno de los bebés, cunas, pañales, el carrito que habíamos seleccionado para comprarles cuando naciera la cría, y los tonos neutros que barajaban para pintar las paredes de su habitación.

Recogí los platos sucios de la mesa y sonreí al ver la tarta de limón que había hecho mi cuñado.

No me quedé para el café. Preferí no tentar a la suerte y me escabullí mientras el foco se hallaba en quienes sí tenían una familia, nómina y futuro.

Bajé por las calles de Sabadell, donde había crecido, y me metí en el coche. Recosté los brazos sobre el volante, sin encender el motor. Había echado de menos conducir, algo que me resultaba imposible en el centro de Barcelona. Adoraba hacer kilómetros por la autopista con el Seat plateado del 95 que Eloi denominaba «cacharro centenario de segunda mano». Quizá lo fuera, pero el hecho de haberlo pagado a plazos con mi primer sueldo tras hacer la cartelería de un bar me enorgullecía.

Metí la llave en el contacto e inspiré hondo por encima de Godzilla, de Leiva, que sonaba en la radio. Puse el aire flojito, lo justo para no quedarme pegado al asiento, y pensé en los cambios que iba a experimentar mi vida.

Con los versos de la canción entretelándose en mi cabeza, lo tuve claro.

Debía que tomar las riendas y ser tajante porque, tan importante como sobrevivir al día a día, es discernir cuándo algo ya no forma parte de tu rutina. Aunque sea todo lo que veas al cerrar los ojos y el espejismo continúe agitándote el corazón.

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