Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 2
Atena
Isolda Aloy era mi estrella polar envuelta en una cabellera morena, grandes ojos castaños y mejillas adornadas con pecas durante el verano.
No le gustaban los días grises, pero adoraba el olor a pavimento mojado. Y a gasolina, a césped recién cortado y a libros nuevos. Se pintaba las uñas cada semana para no mordérselas, no salía de casa sin meter pañuelos de papel en el bolso, y era de esas personas que te sacan de tus casillas jurando que no aprobaría un examen para después celebrar el notable.
Era experta en tirar las cartas, hacerse heridas depilándose las piernas con la cuchilla, y maquillarse en movimiento. Ayudada por tutoriales de YouTube, fue mi mentora en el arte de trazar rayas del ojo simétricas frente al espejo del vestuario de Educación Física.
Cantaba de pena, lo cual no evitaba que se lanzase a destrozar temas de moda en cualquier metro, plaza o calle, desde Maldita Nerea hasta Adele. Aunque tuviese un oído pésimo y se inventase la mayoría de letras en inglés. Ella, que había sido de las mejores estudiantes de bachillerato, no se avergonzaba al destapar sus carencias. Ese era uno de los rasgos que admiraba de Isolda, mi mejor amiga, la sangre adoptiva, la hermana a la que jamás delatarías a tus padres.
A veces creía saber más de ella que de mí, lo cual me agradaba. Por muy intrépida que pareciera la coraza que me colocaba, necesitaba sentir que mi mundo se sustentaba en cimientos sólidos, e Isolda era mi pilar. Los detalles rutinarios junto a la morena me ayudaban a canalizar las épocas de estrés, y «regresar a casa» sonaba más a pasar la noche en el hogar de los Aloy que en el mío propio.
—¿Tienes sueño? —El aliento de mi amiga me hizo cosquillas en el oído.
Estábamos tumbadas en su cama, con la ropa de fiesta puesta y el maquillaje resbalando por la cara. El miedo del camino de vuelta nos había seguido hasta el portal, donde avanzar a paso ligero y de la mano dejó de ser un requisito para sentirnos seguras.
—No. —Recorrí el gotelé de la pared con los dedos.
—¿Y hambre?
Isolda nunca bajaba la persiana para dormir, y a través del fino estor se tamizaba la claridad de las farolas encendidas. Pude ver cómo me dedicaba una sonrisa.
—Se me pasó con el susto —admití—. ¿Tú quieres picar algo?
—Me he comido una tortita de arroz mientras estabas en el lavabo.
—Eso equivale a masticar poliespán, no a alimentarse.
—Por eso me he tomado un Phoskito después, para quitarme el mal sabor de boca. No sé cómo mi madre puede saciarse con esos tentempiés supersanos y lights —imitó el tono cantarín de su progenitora.
Isolda se reía de las dietas constantemente. Para ella, la mejor manera de entrar en un vestido ajustado era comprando otro más ancho y haciendo retales del viejo para usarlo a modo de diadema, pañuelo o cinturón. Tal era su afán por promover que cada niña y mujer estuviera a gusto con su cuerpo, que tachaba las etiquetas de las tallas pequeñas y escribía corazones en las que la industria de la moda calificaba de tallas grandes. Esa era una de las razones por las que la quería con locura, aunque tuviese vetada la entrada en un par de tiendas de La Maquinista.
Cogí aire muy despacio para que la burbuja que se me inflaba en el pecho no aumentase de tamaño. Estaba habituada a aquella sensación; la ansiedad que me producían Tanit, Víctor o el hecho de que en unos días empezaría el instituto y mi gran apoyo no estaría a mi lado.
—Háblame de cualquier cosa —le rogué.
—¿Ansiedad?
—Moderada, es soportable.
—¿Va todo bien en casa?
Asentí. Merecíamos terminar la velada en las nubes, no asfixiadas por el maremoto.
—¿Te ha parecido guapo el moreno de la T-10? —Lancé el interrogante sin saber el motivo. Quizá para rebajar la intensidad de la conversación. O quizá porque sus ojos celestes se me habían quedado grabados en la retina, y la amabilidad de ese desconocido me producía un cosquilleo en la tripa.
—Sí, bastante guapo —coincidió Isolda—. Pero nada de tíos por ahora.
—Puedes tener pareja y sacar adelante la universidad. El amor no te convierte en una irresponsable.
—Salir con tíos quita tiempo, Atena. Todo o nada —enfatizó—. Hasta ahora, he sido la presa fácil para una noche de besos, pero eso va a cambiar.
En el futuro querré ser la novia de alguien, no la chica con la que echan un polvo el fin de semana.
—Está bien que tengas las ideas claras, aunque no hay nada malo en una opción u otra, siempre y cuando te sientas a gusto con ella.
—Aquí viene el segundo discursito de la noche... —Se cubrió el rostro con el antebrazo.
—Nada de discursos, solo digo que puedes llevar adelante lo que te propongas.
—Gracias, coach motivacional. —Se removió en su lado del colchón y se aclaró la garganta—. Si te soy sincera, opino que el amor es una utopía.
—Argumente su respuesta, señorita Aloy.
—Hemos matado la magia con la tecnología.
—Tienes razón, en parte.
—No quiero enamorarme de alguien que me haga ver la vida diferente.
Quiero poner mi corazón en las manos de un chico que no intente modificar cómo veo y siento. Respetar es más romántico que cambiar quién eres por otra persona —explicó—. Y no creo que encuentre eso en una discoteca ni en aplicaciones para ligar.
Aplaudí su razonamiento, olvidando la hora que era. Isolda me siguió la corriente con una carcajada, y el balanceo de las risas nos recordó los chupitos de más que habíamos bebido.
—¿Os podéis callar? —El hermano menor de Isolda asomó su mata de ondulaciones doradas por la puerta. La queja, en consonancia con el carácter pausado y diplomático del muchacho, fue verbalizada en un susurro. Así era Dídac: pura bondad, el amuleto idealista con el que compartiría clase ese curso, tras haber suspendido segundo de bachillerato.
—Perdón, ha sido culpa mía —me disculpé.
—Cierra el pico, enano —se burló su hermana. Esperó a que la puerta se encajase para girarse hacia mí y añadir—: Pelota, ¿desde cuándo le pides perdón a Dídac? La única ventaja de ser la mayor es tomarme ciertas libertades por cada Barbie a la que le cortó el pelo ese diablo.
—No seas déspota.
Nuestros diálogos se transformaron en susurros. De ahí que, en cuestión de minutos, la morena cayese rendida y me deleitase con una sinfonía de ronquidos que ni dos otorrinos ni numerosas cajas de tiras nasales habían logrado silenciar.
Puede que la charla que mantuvimos sobre el amor me sugestionase, o puede que lo hiciera yo sola al bajar los párpados, volviendo a dibujar esa mirada azul cielo enmarcada por largas pestañas. Añadí un amago de sonrisa cordial, imaginé el tacto de su barba y rebobiné ese momento en el que me había acercado a él para aceptar su altruismo en forma de tarjeta de metro.
Todavía no sabía su nombre, por eso le dediqué un suspiro en mitad de la oscuridad. No sospechaba que nos conoceríamos, que nos añoraríamos en la cercanía, que además de Joel a secas o mi profesor, ese desconocido sería melodías. Y llegaría un día en el que correría hasta él con un nudo de angustia trenzado en el pecho y vería el firmamento cambiar de color entre sus brazos.
Pero resulta imposible anticipar lo que aún no ha sucedido, así que, antes de enamorarme de su personalidad y crearle un universo de pentagramas, Joel solo fue un suspiro.
Me di la vuelta para que el sueño me alcanzase y dormí toda la noche, sin pesadillas. Horas más tarde, desperté abrazada a mi mejor amiga, desayuné con los Aloy y no volví a pensar más en él. La vida era simple a finales del verano.
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