Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 75 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 72

Joel

En cuestión de días, las temperaturas superaron los veintiocho grados y sustituimos las chaquetas de primavera por prendas de manga corta. El verano se colaba por las ventanas del instituto con rayos dorados que anticipaban las tardes de helados, chapuzones en la piscina y paseos frente al mar, aunque el ambiente que se respiraba en el Valancós era otro.

En los pasillos, las aulas y durante los recreos, el desasosiego se enmascaraba con un silencio turbador.

La agenda escolar llegaba a su fin para los estudiantes de segundo de bachillerato, y el término «selectividad» se convertía en ese gran innombrable que causaba sudores fríos e insomnio.

La charla sobre orientación profesional, lejos de ayudar, había sembrado el caos con el temido listado de notas de corte. Pese a que la mayoría de los alumnos del artístico no precisaban de una calificación mínima para entrar en el conservatorio de música o danza y deberían hacer exámenes concretos para teatro o Bellas Artes, tenían grabado en la mente que lo mejor era no descartar opciones. «Ya que has llegado hasta aquí, no te cuesta nada presentarte a las pruebas de acceso a la universidad. Así, si te cansas de la pintura, podrás entrar en una carrera de verdad», le habían recomendado los padres de Diana a su hija.

Por si la charla orientativa no hubiera sido suficiente para atemorizar a los alumnos, la idea de realizar un simulacro de dos días con exámenes oficiales del año anterior agravó el pánico en el instituto. El director insistió en que la nota global contase para la media de bachillerato, y ningún docente osó negarse.

Los estudiantes estaban asustados. Un ejemplo evidente era Minerva, cuyas ojeras conjuntaban con sus camisetas oscuras de grupos góticos.

Paradójicamente, la delegada de clase no necesitaba más que un aprobado para matricularse en Diseño. La había visto docenas de veces con folletos del centro privado en el que quería cursarlo, pero eso no le restaba presión.

Iba a presentarse al máximo de materias de la fase específica para alcanzar la puntuación más alta: ese catorce que le serviría para suspirar de alivio y acariciar la excelencia.

Por su parte, Felisa, Ruth y Olaya habían aparcado sus clases de ballet para encerrarse de tres a nueve en la biblioteca. Sin la actividad que les servía para canalizar la tensión, les resultaba imposible concentrarse. Un ataque de histeria en el que Felisa rompió a llorar sin motivo aparente y las constantes visitas de Olaya al baño para vomitar me pusieron sobre aviso.

Debía tomar cartas en el asunto, aunque mis métodos no fueron del agrado del centro.

Esa misma semana, aproveché la media hora del recreo para customizar el aula. Cuando entraron, las expresiones de asombro de los chavales provocaron que una sensación cálida se esparciera por mi pecho.

—Qué pasada —exclamó Dídac admirando el laberinto de pupitres y folios de colores que había formado, un juego a tamaño real en el que cada casilla contenía la fotografía de una pintura abstracta.

—Bienvenidos al escape room de obras contemporáneas —presenté—.

Para llegar hasta el final y conseguir la recompensa, tendréis que decirme tres elementos de la composición de cada uno, su estilo y significado.

—Solo es un parchís cutre —espetó Minerva, malhumorada.

Ignoré su comentario y pedí a los chicos que se situasen en la esquina del inicio. Les repartí sobres con acertijos de autores y fui dándoles pistas para que se desplazasen por la estancia siguiendo el itinerario que había creado la noche anterior en el salón del ático.

Durante esa hora, abandonaron el derrotismo y volvieron a ser ellos: locuaces, responsables, enérgicos, a ratos despreocupados y testarudos, persistentes y metódicos. Jóvenes con ambiciones.

Las ganadoras —Minerva y Atena— recibieron su merecido premio: entradas para una exposición de Goya que estaban organizando cerca del puerto. Unas palmadas en la espalda bastaron para persuadir al resto de que sus horarios de estudio darían frutos.

—Si con tus clases didácticas no apruebo, asumo la culpa, Joel —

bromeó Xavier.

—Creo que Fundamentos del Arte va a ser lo único que recuerde al examinarme —añadió Samuel.

Atena me observaba a su lado, a una distancia prudencial, con ojos brillantes y un dedo acariciándose el labio inferior.

—Tranquilos, lleváis meses preparándoos —cercioré—. Selectividad no es una carrera para ver quién llega más rápido a la meta, es un medidor de lo que habéis aprendido durante años. —Me giré para mirarla a ella, solo a ella—. En cuarenta y seis días seréis libres.

En cuarenta y seis días podría decirle tantas cosas...

Los chicos salieron contentos del aula, más animados que en lecciones anteriores. Debí haber anticipado que aquel gozo se disiparía en unas horas, las que tardó el director en enterarse de lo que había acontecido durante los sesenta minutos de arte de ese viernes.

—Joel, quiero hablar contigo. —Se asomó por el aula de profesores.

—Claro.

Lo acompañé a su despacho, me sirvió una taza de café y apoyó los codos en la madera, frotándose las manos como si tratase de desmenuzar el cuerpo de una mosca que acababa de cazar.

—He recibido una queja sobre tu última clase de segundo. —Se apretó el nudo de la corbata—. Los alumnos no consideran que perder el tiempo con jueguecitos sea lo adecuado a estas alturas del curso.

—Precisamente por eso creí conveniente hacer una actividad más distendida. Someterles a tanto estrés tiene consecuencias.

—Hay que prepararlos de alguna manera para la presión a la que se enfrentarán en la universidad —rebatió enfatizando cada palabra.

Me contuve para no sacudir la cabeza en señal de desacuerdo. Nadie se ocupaba de aquellos chavales que estaban perdidos, que se debatían entre diferentes salidas profesionales, que aspiraban a algo y no lo conseguían, o

intuían que la época en la que les había tocado vivir les pondría las cosas difíciles.

—Por supuesto, no lo tendrán fácil después del instituto —coincidí—, pero eso no significa que sea bueno dejar que se hundan cuando están a punto de enfrentarse a unos exámenes que, como les repetimos hasta la saciedad, marcarán sus destinos.

—Lo harán. La selectividad abre y cierra puertas, es un tema serio.

Muchas familias no disponen de medios económicos para permitirse una universidad privada si no sacan la nota necesaria.

—Y muchos otros estudian por imposición de sus padres o elegirán carrera por amistades o modas. La abandonarán o seguirán con ella, aunque no todos trabajarán en su ámbito. Cuatro años estudiando algo no te define.

Existen otras vías como los módulos, cursos online, formación profesional o presentarse de nuevo a selectividad en septiembre.

—Detecto cierto resentimiento hacia el sistema educativo.

—Al contrario. Yo no me lo tomé tan en serio al principio, aprobé y estudié lo que quise. Pero me convencí de que hacer una cosa distinta a mi licenciatura significaba fracasar. No es ese el mensaje que pretendo transmitir.

—Joel, no pierdas el norte. Tu trabajo se basa en explicar el temario y puntuar, aplica los discursos de motivación en tu tiempo libre. —Me dedicó una sonrisa forzada—. Los estudiantes vienen aquí a aprender y tú eres una figura de autoridad a la que deben respetar. Nada de excursiones, nada de transformar aulas en tableros y nada de quebrantar la filosofía de este instituto. Acata las normas.

Me tendió la mano, dando por zanjado el asunto. Me levanté del asiento y tragué saliva mientras ejercía fuerza contra mis dedos en aquel pulso desconcertante, firmando un acuerdo no verbal en el que no volvería a desafiarle.

Caminé hacia la salida, pero frené en seco y añadí:

—Con todos mis respetos, soltar la mochila de piedras durante una hora no es perder el tiempo, sino recuperar energías para seguir adelante.

—Qué equivocado estás. —Su semblante no se alteró, aunque su tono gélido me erizó el vello de la nuca—. Entrarás en razón si te planteas firmar un contrato para continuar en el Valancós el próximo curso.

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