Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 8 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 5

Joel

Eran las doce pasadas de un miércoles o un jueves. Puede que fuera martes.

O lunes. Perdía la noción de los días sin tener compromisos. Mi único medidor eran los golpes de Vega en la puerta, lo cual significaba que no era viernes ni fin de semana, cuando desplegaba sus alas de fuego y alcanzaba el éxtasis con otros.

No abrí. Permanecí inerte sobre las sábanas, escrutando el cielo a través de la claraboya situada a la altura de mi almohada, en el techo blanco a dos aguas. Le dediqué una mueca nostálgica al celeste del firmamento.

Tiempo atrás había disfrutado saliendo, atesorando el oxígeno exterior y el olor a playa en mis pulmones, recorriendo cualquier paseo marítimo en bicicleta y recogiendo las calles con la última cerveza junto a Eloi. Pero aquello quedaba muy atrás, enterrado en una época en la que no contaba los billetes al sacarlos del cajero ni medía cuánto faltaba para fin de mes. Una etapa gloriosa en la que estaba en mis últimos años de carrera, mis padres pagaban la matrícula, mamá me daba algo suelto para que comiese un combinado en la cafetería de la facultad y papá compraba entradas para conciertos de Bruce Springsteen, aunque costasen sesenta euros.

Al echar la vista atrás y notar cada pulsación en los oídos, fui consciente de que la vida se divide en dos tipos de momentos. Los que ayudan a sobrellevar la rutina, como unas tapas después de una jornada asfixiante, una escapada a la montaña para alejarte de la contaminación de la ciudad o una sesión golfa de cine. Y otros, los más importantes, aquellos que no podrás recuperar y no cuestan dinero. Las conversaciones sobre vacaciones que no llegaste a hacer con tu padre. Una videollamada de tu hermana que interrumpe la serie que estabas viendo y se convierte en

carcajadas, quitándole hierro a cualquier asunto. El día de Reyes desayunando chocolate con churros en familia, abriendo regalos y sintiendo que lo mejor, la suerte más grande que has tenido y tendrás jamás, es ser un Sanz.

—¡Joel, joder! ¡Abre de una vez! —La voz aguda de Vega se coló en mis cavilaciones.

Respiré hondo antes de incorporarme y cruzar descalzo el parqué, rumbo a la entrada. Lo conseguí en apenas quince zancadas, atravesando un único tabique. La buhardilla era un espacio abierto que combinaba el discreto salón con una cocina minúscula; solo el dormitorio y el baño anexo estaban separados del resto de metros. Que el ascensor no funcionase y las humedades provocaran goteras durante las tormentas eran factores clave para que el dueño mantuviese un precio no demasiado desorbitado.

Eloi lo definía como un piso minimalista con sofá de tonos crema, alfombra simulando briznas de hierba y estanterías de álamo atestadas de libros de diseño gráfico que recubrían las paredes. Sin fotografías, figuras, televisión o cuadros, a excepción del póster de Pantone colgado frente al diminuto escritorio de mi habitación, donde yacían el portátil, un marco con diferentes ejemplos de tipografías y la montaña de folios garabateados con trazos e ideas de proyectos pasados. Todo ello permanecía intacto, en el mismo punto en el que lo deposité al dar por finalizada mi aventura como freelance. Prueba de ello, al lado del ratón, se hallaba el folio con la fecha para sellar el paro por internet, aunque ya no me haría falta.

Vega volvió a llamarme.

Quité la llave de la cerradura y abrí. Ella me saludó con una ceja enarcada y los labios fruncidos en una línea recta. Estaba despeinada, con la cabellera chocolate recogida en una coleta alta mal hecha mediante una de esas gomas de espiral que me parecían el cable de un teléfono. Olía a alcohol, a sexo, a desfase y, aun así, mis latidos se desordenaron por nuestra proximidad.

—Has tardado —ironizó. Se colocó un mechón tras la oreja, dejando al descubierto el pendiente de aro y los tres brillantes que ascendían por su cartílago.

—Tú has tardado —corregí.

—No me mires así, la espera va a merecer la pena. —Se bajó un tirante del vestido burgundy que le llegaba por encima de las rodillas.

En otras circunstancias, me hubiera lanzando sobre ella temblando de excitación al constatar que no llevaba sujetador. La hubiera cubierto de besos y no habríamos llegado al dormitorio. Resbalar por el sofá y hacer el amor en la alfombra era nuestra especialidad. Sin embargo, había tomado una decisión.

—Tenemos que hablar —indiqué.

—Podemos hablar después —increpó con una sonrisa que se adueñó de su rostro bronceado.

Avanzó hasta sentarse en el brazo del sofá y titubeé. Estuve a punto de sucumbir, de rendirme sin luchar, de aplazar lo importante por una gratificación efímera que me dejaría vacío una vez el orgasmo se disipase.

Pestañeé para serenarme y enfocar de nuevo la estancia que se diluía con su presencia, y ordené las palabras antes de soltarlas sin más.

—No estoy cómodo con lo que tenemos.

—Dijiste que...

—Sé lo que dije —interrumpí—. Y también sé por qué lo dije. Me asustaba perderte. Supongo que creí que, si probabas con otros, si salías un par de veces y la idea dejaba de atraerte, lo olvidarías.

—No es algo pasajero —matizó, y casi noté el ácido subiendo por mi tráquea—. Necesito ser libre, Joel. No puedo ser tuya.

—No quiero que seas mía —puntualicé—. Quiero que desees estar conmigo. Que te mueras por contarme tu día de mierda o las buenas noticias. Que las sobras no duren una semana, quejarme del calor de tu cuerpo durmiendo al lado del mío, pensar en ti porque estás presente, y no porque tu ausencia me revuelva el estómago.

—Todo eso es muy bonito, y me halaga que lo sientas de ese modo, pero esto es lo que hay.

Saboreé su afilado y amargo «lo tomas o lo dejas». Antes de que un pie optase por acercarme a ella, el otro dio marcha atrás. Regresé a mi habitación para coger la bolsa de plástico en la que estaban todas sus pertenencias: un cepillo de dientes que casi no había utilizado, los pintauñas flúor que se había comprado en una promoción de 3×2 en agosto, mis

chanclas de la playa que había usado más que yo, y mi vieja camiseta de The Cure que se ponía al salir de la ducha y le cubría los muslos. Objetos temporales, nada realmente suyo, personal o emotivo. La ropa, los regalos de cumpleaños, los peluches de su infancia y su corcho de polaroids seguían en casa de sus padres.

Vega tenía muchas capas, pero no permitía que traspasase la superficie.

Nunca la había visto llorar, no se había quejado cuando no le renovaron el contrato en la escuela de inglés, ni cuando su familia insinuó que estudiar un máster en Belfast mejoraría su currículum como filóloga. Cualquier atisbo de fragilidad en ella era reprimido por caricias fogosas, comentarios sarcásticos e invitaciones a desnudarla físicamente. Nada en el plano emocional, donde su pórtico blindado cortaba el paso. Y yo no podía enamorarme así, con medias tintas, esbozando un mapa de territorios inaccesibles, fingiendo que los cimientos para la estabilidad y un compromiso serio se fraguaban con la cautela del que no puede encariñarse por si al abrir la puerta la otra persona decide no volver.

—Tus cosas. —Le entregué la bolsa.

Vega no la aceptó, su frente se colmó de pliegues y el caramelo de su mirada se enturbió. Mi reacción la había sorprendido, casi consternado. Se levantó del sofá con parsimonia, como si fuera un ademán para hacerme recobrar la cordura y rogarle que se quedase. No me achanté y seguí con el brazo estirado hacia ella, esperando a que cogiera la bolsa y se marchase de mi vida.

—Estás cometiendo un error —replicó mordiéndose el labio inferior.

No discerní si lo hacía para contener la retahíla de insultos que tenía en mente o para excitarme con un gesto tan suyo.

—Seguir así sería un error.

No quería amar al amor ni quererla odiándome. Y no podía escalar sus muros de hormigón si yo vivía en un laberinto.

Clavé la vista en los ventanales del salón. El dorado que bañaba la fachada gris delantera fue lo único que advertí mientras Vega cerraba la puerta del caos y sellaba la vorágine de lo bueno y lo malo con un estruendo sordo. Después, silencio. Quince meses en una bolsa que aún sujetaba y lancé a una esquina mientras pronunciaba ese adiós irrevocable.

En ocasiones debes elegir entre seguir a los demás o marcar tu propio camino y, aunque las certezas no me acompañaban en aquel septiembre de curvas inesperadas, tenía claro que hacer lo mismo no me conduciría a un destino diferente. Perseguir la estela de Vega era cazar el reflejo de las estrellas sobre el agua. Había llegado el momento de detenerme, bañarme en incertidumbres y afrontar lo que estaba por venir.

Ser adulto es encajar los errores, despedirse de lo que no te pertenece y reconstruirte tras la hecatombe. Y yo estaba aprendiendo.

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