Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 76 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 73

Atena

El 21 de mayo había sido el último día lectivo para los alumnos de bachillerato del IES Valancós. El viernes solo pasaríamos por el instituto a recoger las notas y la estampa iba a ser muy distinta a la del curso anterior.

Las había aprobado todas; mi media sería de siete, destacando el ocho y medio de Fundamentos del Arte.

Llamé a Víctor para charlar como solíamos hacerlo desde que ingresó en la clínica. Había días mejores, otros peores. Esa tarde tuvimos suerte y el diálogo apocado dio paso a risas tímidas y a ese primer «te quiero, pequeña» desde hacía un año.

Más tarde le escribí un correo a Ariadna para que me reservase una plaza del intensivo de verano. Mi profesora de violín respondió con exclamaciones y prometió mandarme partituras y el programa del curso para que le echase un vistazo.

Cené, repasé los apuntes que había estudiado con Dídac en la biblioteca y me metí en la cama. Antes de cerrar los ojos, le mandé un mensaje a Joel:

«Cuarenta. Solo cuarenta».

«Y veinte minutos», respondió él.

Sonreí. Pensar en Joel se había convertido en mi modo de crear un álbum de recuerdos con aquellos instantes compartidos y los que imaginaba que llegarían más tarde. Como caminar de la mano por la calle; lanzarme a sus labios con los ojos cerrados, sin miedo al rechazo; tener una cita de escaleras y gofre al atardecer; pasar un fin de semana rodeados de música y series en su ático; conducir para ir a la playa de Castelldefels en un arrebato y darnos esos besos que guardamos en los bolsillos una noche de marzo.

Pensaba en ello cuando nos encontrábamos en la misma clase, nuestros brazos se rozaban al subir las escaleras o su mirada captaba la mía en mitad del pasillo. Mi mente creaba escenas anticipándose al futuro y me quedaba sin aliento, notando los bombeos acelerados en la garganta.

Un pestañeo y nos encontrábamos en su piso, despidiéndonos antes de empezar el día; él hacia el instituto, yo cargada de partituras del Conservatorio. Al siguiente, estábamos acurrucados en el sofá y Joel me pedía que retirase la cabeza de su hombro para correr hacia el dormitorio y poner en marcha una idea que implementaría en sus clases. Otro más y abríamos los regalos de Navidad, agendas adornadas con nuevas propuestas que nos harían conocernos mejor de forma individual y como pareja.

Con él, incluso lo más sencillo y rutinario se me antojaba interesante.

Joel amplificaba lo bueno y hacía que los miedos enmudecieran.

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