Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 35
Atena
La decepción se apropió de los sonidos de mi música, de la que reproducía con el violín y la que oía a través de los auriculares. Borré las canciones de la lista de reproducción a la que había bautizado como «Nosotros» y enterré los anhelos en el subconsciente.
Lo que dolía no era ese presente en el que no existíamos. Con el paso del tiempo aprendí que lo que hiere es conservar la esperanza intacta, pensar que algo sucederá tarde o temprano, confiar en que ese momento llegará y despertarte cada mañana con un «quizá sí» en la cabeza.
Esperarlo. Ansiarlo. Saborearlo. Darle forma y luz.
A veces te destruyes haciéndote creer que los imposibles sucederán.
Por otra parte, me frustraba no estar al lado de Joel para repetirle que lo estaba haciendo bien. Podía ser testarudo, frágil e inseguro, aunque lo que flotaba en la superficie era su incapacidad para verse, viviendo ajeno al efecto que tenía en los demás. Él parecía no percatarse, pero cuando entraba en el aula no la silenciaba, la encendía con su presencia y la salpicaba de curiosidad e interés.
Cómo me hubiera gustado mostrarle su reflejo en el espejo, pintar su perfil en una pizarra y acentuar lo mucho que su creatividad nos motivaba.
La diferencia entre los rostros de mis compañeros en otras clases y en Fundamentos del Arte. Los «Joel es un profe enrollado» que oía en el recreo. Su capacidad para conjugar los términos «aliado» y «mentor» en una misma oración.
Que no supiera cómo nos hacía sentir me dolía más que la distancia que imponía entre él y yo.
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