Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 42 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 39

Atena

Las nubes bailaban lento, desplazándose en el cielo y conformando figuras a las que puse nombre mientras enfilaba la calle de regreso a casa. Un gato persiguiendo su pelota. Un unicornio. Iniciales. Una constelación de algodón. Aquel juego de infancia me trasladó al pasado, a la época en la que soplar dientes de león y pestañas cumplía deseos.

Esa mañana me permití volver a creer; al fin y al cabo, el 6 de enero pertenecía a los soñadores. A los ingenuos que llenan cuencos con comida para camellos y sus majestades, a los que dejan las zapatillas bajo el árbol para que amanezcan rebosantes de chocolatinas y se desvelan al mínimo ruido para espiar entre las sombras y ser testigos de la magia.

Me colé en el portal sin sacar la llave, los hijos de la vecina de arriba esperaban el ascensor al completo: con sus respectivas parejas, un carrito de bebé y tres críos hiperactivos que abrazaban una muñeca de trapo y coches de carreras. Los envidié, quise embotellar el llanto del más pequeño, los

«mamá, me ha pellizcado» y la regañina al primogénito por no comportarse.

Hubiera dado cualquier cosa por multiplicar el número de personas en el 4º

2ª. O sumar, solo sumar, devolver ese número uno que nos había restado tantas cosas.

No me detuve a meditarlo, me centré en ascender los peldaños de la escalera y me limpié la humedad de las suelas en el felpudo.

Abrí rápido. Me quité la chaqueta, colgué la bufanda de una silla de la cocina y deposité la caja cuadrada de la panadería sobre la encimera antes de dar tumbos por el piso, afinando el oído para encontrar mi móvil y que la llamada que sonaba no fuese directa al contestador.

Había bajado a por un roscón de Reyes. Íbamos a tomarlo abrigados por el olor a chocolate caliente que mi padre estaba preparando en un cazo antes de verterlo en nuestras tazas de flores. La vibración de mi teléfono cesó, y me ofusqué al recogerlo de entre las esponjas del sofá, cubierto por el papel rasgado de los pijamas que nos habíamos regalado.

Volverían a llamar. No le di importancia, ni siquiera me molesté en mirar el nombre en la pantalla antes de sacar un cuchillo para servir dos trozos de roscón.

El haba se quedó atascada entre la nata. Hice trampa y levanté la parte superior para investigar el paradero del rey con la intención de rescatarlo del relleno, pero no había ninguno. Solo una corona de papel aplastada y repleta de azúcar.

Resoplé cabreada, no imaginaba que estaba disfrutando de los últimos minutos de paz en casa de los Beltrán, que meses después me trasladaría a aquel desayuno con la memoria y me repetiría lo idiota que había sido por responder al teléfono.

—Ya está listo —anunció Víctor.

Colocó las tazas humeantes y dos servilletas de papel. Ajena al temporal, le quité la fruta confitada a mi porción y la puse en su plato. Él la engulló de un bocado y le dio un sorbo largo al chocolate.

La pantalla del móvil volvió a iluminarse, leí el nombre de Tanit y mi corazón hizo un redoble de batería. Iba a escuchar su voz. Nada de textos insulsos o iconos aleatorios. Una charla a tiempo real, sin suposiciones ni escrutinios enfermizos a su foto de perfil.

No lo medité, pulsé el botón verde con una amplia sonrisa.

—Mamá —saludé, efusiva.

Ella, no tanto. Más bien apocada, pidiéndome que la pusiera en altavoz.

A veces los sucesos que sacuden tu vida transcurren en un abrir y cerrar de ojos. En mi caso, fueron cuarenta y tres segundos de sílabas entrecortadas. Solo eso. La cobertura interrumpió esporádicamente un diálogo directo y rotundo, como si el destino quisiera frenar la catástrofe.

Papá estaba a mi lado, con restos de nata en el bigote y el semblante descompuesto. Le acababan de clavar un puñal y yo le había entregado el arma a su oponente.

Aquella llamada de mi madre anunciando que iba a casarse generó más brechas y roció las heridas con alcohol hasta que empezaron a arder. Me despojó de la posibilidad de que mi familia volviera a serlo. De que los pedazos se reconciliasen con pegamento y olvidásemos la fisura por la que se habían colado los efectos colaterales.

Víctor se levantó, lanzó el chocolate por el desagüe con acritud y abrió la nevera para sacar la primera cerveza de la mañana. La taquicardia me atizó y detesté que fuéramos cintas anudadas al ventilador de Tanit, obligados a enredarnos, cortarnos, desgastarnos con el roce del viento, al borde del colapso.

Decidí que no iba a asistir a la ceremonia, que no aplaudiría su paseo hacia el altar ni formaría parte de la pantomima. No era Suiza. Debía posicionarme, y mi lugar estaba en la zona sucia, la de las latas que volvieron a abrirse a diario, las sombras que trepaban por la pared y las horas de mi padre postrado en la cama, hecho un ovillo en la esquina que ya no conservaba el aroma de la mujer con la que deseaba envejecer.

Si hubo un momento en el que crecí súbitamente y la madurez me golpeó, fue durante esa semana, cuando dejé de confiar en que el caos se resolvería y asumí que algunas historias llegan a su fin sin necesidad de que sus protagonistas saboreen la felicidad. Todos somos héroes a nuestra manera, solo que percibimos los colores de un modo diferente y algunos nos dejamos seducir más por lo lúgubre que por el resplandor.

Víctor pasó de mártir a monstruo.

Las cervezas se acumulaban en el suelo y se tambaleaban cual bolos cuando trataba de ponerse en pie, rumbo a la cocina a por la siguiente ronda, y el equilibrio le fallaba, las piernas se aflojaban y sus reflejos no evitaban el patético desplome. Sus saludos matinales, basados en comentarios hirientes, eran su escudo ante las miradas de reproche que le dedicaba.

—¿No vas a trabajar? —le pregunté el martes, mientras me colgaba la mochila del hombro.

—Estoy muy cansado —arrastró la réplica con la lengua acartonada.

—Deberías darte una ducha, salir a despejarte —le recomendé empleando un tono neutro, sin ofensas ni dobles sentidos.

—Tus consejos no me sirven de nada, ¿para eso te quedaste a vivir conmigo? ¿Para controlarme?

—Llego tarde al instituto —evadí su revés.

—Sí, claro. Estudia, nos sacarás de este vertedero con las clases de arte y ese violín desafinado.

—¿Por qué tienes que ser desagradable? ¿No te parece suficiente con ser un borracho sin aspiraciones?

Si quedaba algo de mi padre escondido tras la armadura de embriaguez, asomó en ese instante. Lo vi en sus ojos, en los incisivos mordiendo su labio inferior y una mano nerviosa rascándose la nuca. Me arrepentí, pero los discursos verbales no se retiran.

—¿Por qué no te fuiste con ella? —Carraspeó, los pliegues en su entrecejo acompañaron su reproche—. Me odias.

—No te odio. —Pero lo hacía. Más a cada hora. Si me había quedado, nunca fue por él—. Intenta descansar. Prepararé la comida cuando vuelva.

—Traté de suavizarlo.

Sirvió de poco. Al llegar de clase había tres latas más derramadas en el suelo del salón y ni rastro de Víctor. Debía de estar poniéndole un ojo morado al cajero que no pensaba venderle más alcohol.

Pasé la fregona y abrí las ventanas para ventilar la estancia. El olor a cítricos duró unas horas. Aproveché para tocar sin cerrar la puerta de mi dormitorio, atenta a los quejidos del monstruo que picaba a cualquier timbre al no atinar con la cerradura, el mismo que se agarraba a la barandilla y profería lamentos al escalar peldaños móviles. En su cabeza todo se desplazaba, excepto él.

El miércoles recibió la llamada de dos compañeros de trabajo. El jueves, del jefe. Contestó a todas ellas con un insolente «que os jodan». El despido le llegó el viernes por correo electrónico, me pidió que le buscase un abogado para llevar el caso a juicio y me encerré en la ducha para no espetarle las verdades que cruzaron mi mente.

Aquellos siete días se me antojaron siete años. Con los ojos irritados, dormía abrazada a los antiguos álbumes de vacaciones. Acariciaba las esquinas dobladas de parajes verdes con carreteras de infarto, playas en las que toallas y sombrillas cubrían la orilla, y los bufés de pasta, san jacobos, hamburguesas y gelatina me hacían salivar. Pensaba en los paseos matinales con el oleaje como banda sonora, en las llamadas de habitación a habitación para despertarnos tras la siesta, y las charlas de helado y luna llena repetida en cielo y agua. En la sensación de volar recostada sobre los hombros de mi padre o en la calidez de los dedos finos de Tanit entrelazados a los míos.

Descubrí que un papel podía contener perfumes, temperatura y risas.

Que vivir en una fotografía me parecía el sueño más maravilloso del mundo. Que retener recuerdos bonitos puede doler tanto como evocarlos sin la nitidez o precisión con la que los experimentaste.

Me sentí vacía. Maleable. Vi marchitar cada pétalo que me cubría y, en consecuencia, protegí mi desnudez con reclusión.

No llamé a Isolda porque no quería un cincuenta, sino un cien por cien, que dejara su rutina y me rescatase en cuerpo y alma. Si no podía abrazarla mientras lloraba, prefería no tenerla en absoluto. Algo similar ocurría con Dídac. ¿Cómo iba a mancharle con mi drama si guardaba a buen recaudo otro tipo de secretos? Como el de Sam o el de Joel.

Lo medité, imaginé cada posible conversación y tomé una decisión.

Preferí hundirme más allá del subsuelo que arrastrar a la mano que lograría tirar de mí.

El sábado no le dirigí la palabra a mi padre. El domingo le rogué que tomase las riendas, achantase su ego e hiciese lo correcto.

—¿Por qué no vas a hablar con recursos humanos? —propuse interponiéndome entre él y el hombre del tiempo que auguraba tormenta para la siguiente semana—. Invéntate una excusa, discúlpate, haz lo que sea.

—No. —Su aliento rancio me tumbó a metros de distancia.

—Papá...

—No era feliz, Atena.

Me tragué el «¿y te crees que yo lo soy?».

—¿Vas a perseguir tus sueños a los cincuenta? ¿Piensas emprender con un dinero que no tenemos? ¿O te han ofrecido algo mejor? —ironicé para pellizcarle algo dentro y deshacer el bloque de hielo.

—Voy a tomarme un respiro.

Menudo error. Sabía tan bien como yo que la empresa en la que comenzó su andadura como albañil en la adolescencia había evolucionado a pasos agigantados. Poco quedaba del negocio de dos socios intrépidos.

Reformas Gadea sonaba a nacional y renovada, a página web, a reputación online y a más de cien empleados repartidos por la península. ¿Quién necesitaba a un borracho conflictivo en la plantilla? ¿Quién iba a apiadarse de un tipo que no se soportaba a sí mismo?

—¿Y qué hacemos mientras? —mastiqué el interrogante.

—Saca tu cartilla.

—¿Para qué? —Traté de retrasarlo en balde.

El dinero de mi material escolar, el de las meriendas con Isolda, las tentaciones de chocolate que me permitía una vez al mes al deambular ante la máquina expendedora del pasillo, y el de las clases de música. Mi libertad. Mi lenguaje para expresar el fuego que se hacía cenizas si no le daba un pentagrama en el que sobrevivir.

—Esa es la solución, hija. Salir adelante con tu beca. Te he mantenido durante dieciocho años, me lo debes.

—¿Y qué pasará cuando se acabe?

—No te preocupes por el futuro, la vida es imprevisible. Lo que das por sentado, mañana desaparece. Los «para siempre» solo son «por ahora».

Incluso las personas.

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