Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 60
Joel
El sol acariciaba la superficie del mar y le arrancaba destellos dorados a la orilla, donde mis huellas, las de pisadas indecisas que había dado esperando a Atena, permanecían tatuadas en la playa de Castelldefels.
Eché un vistazo rápido al móvil antes de clavar la vista en el azul del cielo, que se fundía con las olas en la línea del horizonte. Enterré los talones en la arena hasta crear un hoyo al que añadir los montones que mis dedos temblorosos cogían y dejaban caer a modo de relojes de arena. Conté seis antes de darme por vencido.
Apenas había tres personas en el agua, y mis cavilaciones resonaban por encima del rumor del oleaje. Estaba abrumado, pero también expectante. Hacía demasiado que no coincidíamos a solas y cualquier reacción me preocupaba. Solté una bocanada muy despacio antes de obligarme a no pensar.
En aquella playa íbamos a vivir algo trascendental. Lo supe al verla llegar con las Converse en la mano y el esmeralda de sus iris remarcado por perfilador negro más grueso en el ojo derecho que en el izquierdo.
—Nunca había estado aquí.
La voz rasgada de Atena me clavó una flecha en el pecho. La encaré, inquieto, cazando las primeras palabras que acudieron a mi mente.
—Has tardado.
—No esperaba que llamases —confesó con tristeza—. Y el transporte público en fin de semana es desesperante.
—Gracias por venir.
Se sentó a mi lado, sin importarle que la arena le manchase los pitillo, y se deshizo de la coleta para que la brisa meciese su pelo. Al quitarse la cazadora, la manga de la camiseta malva se le desbocó hasta la clavícula.
Hundí los dedos a ambos lados de mis tobillos para reprimir el impulso de colocarle bien la tela.
—Estoy sorprendida. Creía que habrías tirado la agenda a la basura o la habrías guardado en un cajón.
—En el primer cajón de mi mesita de noche, para ser exactos. —Puede que tartamudease. Su perfume envolvía el aire y me costaba expresarme con claridad. Ella, en cambio, aparentaba templanza.
—¿No te pareció una estupidez?
—Al contrario. Ha sido divertido.
Le había sumado aficiones, aventuras y espontaneidad a esas semanas.
—¿Te atreves con otra propuesta? —Sus ojos brillaban, no pude hacer otra cosa que asentir.
Abrió el compartimento central de la pequeña mochila negra que le colgaba del hombro y sacó tiras de papel en blanco. Me ofreció un bolígrafo.
—¿De qué va todo esto? —pregunté cogiendo los pedacitos con cuidado.
—Es una especie de San Juan adelantado, pero sin hoguera, petardos o botellones.
—¿Qué escribo en los papelitos?
—Lo que no te gusta de ti, lo que cambiarías de tu vida.
—De acuerdo.
Me apoyé en una rodilla e hice un esfuerzo. Para mi sorpresa, no gasté tantas tiras como imaginaba.
«Ser intrépido».
«Valorar lo que tengo».
«Soñar grande sin hacerme pequeño».
«Querer por encima de los arrepentimientos».
—Ya está —informé cobijándolos con el puño cerrado. Atena se guardó el bolígrafo y arqueó una ceja—. Si vas a pedirme que te los dé, no va a suceder.
—No necesito leerlos, me hago una idea de su contenido.
—Te crees muy lista.
—Soy observadora. Y tú, un libro abierto, Joel.
—¿Qué hago con ellos?
—Los rompes en trocitos diminutos y los tiras a la papelera más cercana.
—Vaya, un ritual muy solemne —me mofé.
—Hay que ser respetuoso con el medio ambiente. —Rio—. Además, la magia no se consigue confiando en que un poder superior te hará el trabajo. Los astros no van a cumplir tus sueños. Sé consciente de qué deseas y qué te frena, solo así encontrarás la manera de saltar los obstáculos.
—Chica sabia —murmuré poniéndome en pie.
Los hice añicos de camino a un contenedor de papel, cruzando la pasarela de madera que daba acceso a la acera. Cuando estuve de vuelta en la playa, Atena se comía el mar con la mirada y puede que yo me la comiese un poco a ella. Por eso no lo medité, la cargué a mi espalda en un ataque de euforia, corrí contra el viento y di vueltas una vez soltó los brazos de mi cuello y los extendió para cortar el aire cual ave a punto de emprender el vuelo.
Funcionó, porque en cierto punto sentí que nos elevamos del suelo, que las carcajadas de su estómago se propagaban por mi espalda y mis pulsaciones se acompasaban a la cadencia de las suyas. Me llené los pulmones con su perfume, la cabellera rubia bailó contra mis pómulos y seguí sujetándola por los muslos para que el vaivén de la celebración no nos tambalease. Caímos de todas formas y las gotas de la orilla nos pellizcaron los dedos de los pies con su temperatura tibia.
—¿Lo ves? Puedes ser espontáneo —me felicitó sin enfadarse. Los bolsillos traseros de su pantalón estaban cubiertos de arena mojada.
—Cuando me rodeo de las personas adecuadas. —Salió así, sencillo.
No me detuve a inspeccionar qué aspecto tenía, me daba igual que mi ropa estuviese sucia, solo tenía ojos para Atena—. ¿Te apetece pasear?
—Mucho. —Se mordió el labio inferior.
Volvimos al punto en el que habíamos dejado las chaquetas y las zapatillas, y las llevamos en la mano mientras avanzábamos descalzos por los cinco kilómetros de playa. A nuestra espalda quedaban grupos de ciclistas y patinadores adueñándose del pavimento asfaltado del paseo marítimo.
Recorrimos unos metros a un ritmo pausado, hablando de todo y de nada. De los libros y restaurantes que había descubierto gracias a su agenda, de las canciones de moda que nos gustaban, de los sitios a los que viajaríamos si tuviéramos la habilidad de transportarnos allí con un pestañeo.
—Isolda y yo habíamos acordado irnos de interraíl por Europa al acabar bachillerato. Pero suspendí y se quedó en el aire.
—A veces se me olvida que no tenemos la misma edad —comenté.
—Eso es porque no me tratas como a una cría. Ni a mí ni a ningún alumno.
—Quizá debería. —Suspiré, me froté la sien en busca de claridad y opté por relativizarlo—. Eres una enana, te has perdido mucha historia.
—Por ejemplo...
—La gloriosa época en la que una Game Boy equivalía a un iPhone.
Cuando para ver una película tenías que ir al videoclub a alquilarla o te conectabas y desconectabas de Messenger para que tu ventanita saliera treinta veces y así llamar la atención de tu amor inconfesable.
—¿Cuántos siglos hace de eso? —espetó en tono burlón.
—No tantos... Aún existían las pesetas.
—¿Llegaste a comprar con pesetas? —Se hizo la incrédula.
—Todavía guardo una bolsita con algunas monedas que mi padre no cambió en el banco. Mi abuela me daba cien pesetas para chucherías a la semana. Las gastaba en álbumes de cromos cada mediodía, antes de entrar al colegio. Eso si no apuraba hasta última hora en casa viendo Dragon Ball o Pokémon.
— Pokémon sigue estando de moda.
—Por la aplicación. —Resoplé.
—¿No te la bajaste?
—Sí. —Me sonrojé—. Y tuvo su gracia al principio. Pero prefiero los clásicos.
—¿Móviles indestructibles en blanco y negro?
—¿Qué le voy a hacer? Los Nokia me provocan nostalgia. Aunque prefería salir al parque con tazos o una pelota antes que encerrarme a adorar una pantalla. ¿Habrías sobrevivido a una infancia sin tecnología, Atena?
—Por supuesto.
—No te suenan de nada Fotolog, Tuenti y MySpace, ¿verdad?
—¡No soy tan pequeña! —Se indignó y me propinó un codazo.
—A mi edad, cuando faltabas al instituto tenías que llamar al fijo de tus amigos para preguntar por los deberes. Lo cual implicaba saludar a los padres y esperar un largo y tenso «ahora se pone». Nada de WhatsApp o e-mails. Tampoco existía Wikipedia. Los trabajos se hacían usando enciclopedias. Y si te prestaban apuntes y no entendías la letra, como era el caso de mi mejor amigo, no podías mandar una foto del fragmento para que lo descifrasen.
—Así que la gente usaba el teléfono fijo...
—En especial, desde que las llamadas empezaron a ser gratis. Pero sí, Eloi y yo estuvimos más de una tarde calentándonos la oreja sin nada que decir. No tuvimos móvil hasta los quince.
—¿De qué hablan los chicos?
—Nuestros temas recurrentes eran los partidos del Barça y lo atormentados que nos tenían Raquel y Emma, dos chicas de clase con las que tonteábamos.
—Muy básicos.
—Te doy la razón en eso.
—Joel, ¿me has pedido que te acompañe esta tarde para enumerar todo lo que nos separa?
Lo insinuó sin darle importancia, pero empezaba a advertir cuándo mentía o se hacía la dura. El diálogo distendido sobre mi adolescencia se había convertido en un alegato que enfatizaba nuestras diferencias.
—No, no te he pedido que vinieras para eso.
Mi mano izquierda buscó la suya y me sacudió un escalofrío. Tragué saliva mientras su pulgar trazaba círculos y la espié de soslayo. Su expresión era de paz, con la tez sonrosada y los ojos encendidos. Hice una fotografía mental de su perfil, entrelacé nuestros dedos más fuerte y me prometí que nunca la dejaría ir del todo.
—Te he llamado porque estoy cansado de fingir —admití sin soltarla
—. No sé adónde nos llevará esto que no tenemos, pero me gustaría comprobarlo. En ciento quince días, cuando acabes selectividad y no volvamos a vernos en el aula. Es una promesa.
De fondo, las olas rompían prejuicios y acallaban los gritos de voces que ya no me pertenecían. Me costaba no besarla, pero me moriría si no le hacía un hueco en mi vida.
—Ciento quince días —repitió.
—No queda tanto.
—¿Qué hacemos hasta entonces?
—Cometer una locura más antes de volver a guardar las distancias.
—Me parece bien.
—¿Qué tal se te dan las motos?
—No se me dan —reconoció.
—En ese caso, vamos a aprender algo juntos. —Nos detuve y la miré fijamente, jamás había estado tan seguro de algo—. Quiero ser valiente.
Quiero ser valiente por ti y contigo.
Su sonrisa, la que le tembló en los labios antes de hacerse firme, me dio una lección. Las adversidades se hacen insignificantes ante aquellos gestos que son más sentimiento que razón.
Improvisamos sobre la marcha. Fuimos hasta Port Ginesta, compramos camisetas y bañadores en una tienda turística, y entramos al primer club de actividades náuticas para convencer a un instructor de motos acuáticas de que era una excelente idea meterse en el mar en marzo.
—Es nuestro aniversario, hacemos seis meses y se le ha olvidado por completo. Ni un peluche, una caja de bombones o flores. —Atena interpretó el papel de novia a la perfección. Se colgó de mi brazo y prosiguió con un guion intuitivo que poseía pinceladas verídicas.
Una merienda en las escaleras de la catedral.
Un beso.
Reencuentros accidentados.
Citas culturales por la ciudad.
—¿Habéis ido en moto antes? —preguntó el monitor.
Negamos y se llevó las manos a la cabeza antes de acceder.
Tras unos minutos de conceptos básicos, enfundados en monos de neopreno del club, nos montamos en una moto de dos plazas, Atena al volante y yo enroscándome al chaleco que cubría su cintura.
—Si volcamos, será culpa tuya. —Mi aliento acarició su lóbulo y ella se removió, afectada.
—Arrancar con el botón verde, parar con el rojo y acelerar con el gatillo de la derecha —recitó señalando los mandos que nos habían indicado en la explicación—. Toma nota, profesor. Se me atasca un poco la teoría, pero en la práctica soy una aventajada.
Lo demostró con creces sin titubeos, adentrándonos unos metros hasta que el universo solo éramos nosotros en mitad de un océano manso.
—¿Qué pasa si hago esto? —Alargué las manos hacia el manillar y lo giré ligeramente a un lado.
La moto se inclinó y la sensación de estar a punto de volcar me hizo reír.
—¡Joel, no! —gritó ella.
—Hoy está prohibida esa palabra —reprendí pegado a su cabello—.
Vamos, acelera.
Abandonamos la prudencia hasta alcanzar una velocidad aceptable, sintiendo un cosquilleo placentero en el vientre. Difuminamos las esquirlas del sol reflejadas sobre el agua y creamos una montaña de espuma que se alzaba con pretensiones de arañar el firmamento. Bordeando la costa barcelonesa, era sencillo creer que los días que faltaban hasta julio estaban a nuestra merced.
Fueron veinte minutos cabalgando el mar, solo veinte, pero si disfrutas al máximo de algo, lo congelas para siempre, y yo seguiría anclado a ese atardecer mucho después.
Atena no era mi chica, ella siempre sería más suya que de nadie. Por eso, porque no había cuerdas para asegurar que seguiríamos atrayéndonos si nos alejábamos, el magnetismo se intensificaba en los pocos momentos que compartíamos. Con Atena, los plurales sustituían a cualquier posesivo.
Memoricé su felicidad. La melena alborotada por la humedad y su sonrisa salpicada de más azúcar que sal. Le sequé con delicadeza las gotas de agua que le bañaban el rostro y fruncí el ceño al detectar que ambos delineábamos la boca del otro con las pupilas iluminadas. La playa se volvió incendio y nosotros, las chispas que se propagaban en aquella brisa cargada de miradas sin diques y libertad.
Reprimí las ganas de quitarnos la ropa, de enredarme en su pelo y memorizar el aroma de su piel. De fundir mis labios con los suyos y hundirme en ella hasta oírla pronunciar mi nombre entre jadeos.
Recuerdo que quise pedirle más papelitos para anotar su nombre en todos ellos y rogarle a nuestro San Juan inventado que los instantes a su lado fueran tan intensos como la primera noche de verano, que la música volviera a sonar dentro de Atena, y Eros y Psique nos hicieran un homenaje.
Los chiringuitos desplegaron sus toldos y los restaurantes del paseo marítimo abrieron las terrazas con vistas. Los locales no tardaron en llenarse de una mezcla de idiomas; monosílabos en inglés, francés susurrado, un alemán fluido que los camareros se esforzaban por entender.
Se trataba de una clientela heterogénea: viajeros de nacionalidades diversas y personas que buscaban una vía de escape de la rutina tras largas jornadas laborales. Primaban el júbilo, las muestras de afecto y el entusiasmo de niños correteando entre mesas y sillas.
El invierno se escondió bajo aquel ambiente festivo en el que el aroma a tapas, pinchos y paella solo era el preludio de una noche de copas acompañadas de melodías irresistibles.
Atena y yo desafiamos las normas e hicimos de aquella velada una experiencia íntima. Compramos bocadillos de lomo con queso para cenar y dormimos frente al mar, abrazados bajo un manto de estrellas.
Y fue el mejor plan no planeado del mundo.
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