Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 1
Joel
Las calles estaban abarrotadas como en cualquier noche de sábado. El centro de Barcelona centelleaba bajo el dorado de las farolas y un cielo despejado en el que solo se advertían estrellas titilantes.
El repiqueteo de tacones, la marabunta que emergía de la salida del metro de la línea verde y las conversaciones ahogadas por el tráfico de las nueve eran todo lo que fluctuaba en el ambiente. Yo, en cambio, permanecía sumido en una maraña de cavilaciones que me incitaba a resoplar cada dos segundos, sintiendo que mi alrededor se desplazaba a un ritmo vertiginoso mientras mis extremidades avanzaban a cámara lenta.
Entré en el Hamlet, el bar de hamburguesa y birra de Paral·lel que consideraba un poco mío porque me había visto crecer, y ocupé la mesa del fondo. Distinguí los rizos azabaches de Eloi detrás de la barra. Le sirvió unos combinados grasientos a una pareja, y me sonrió mientras llenaba dos jarras de cerveza y caminaba en mi dirección.
—Estoy molido. —Se recostó sobre el asiento de madera de cedro, desatándose el delantal verde militar—. Mi tío me tiene aquí desde las tres.
Por mucho que se quejase Eloi, disponer de un negocio familiar en época de crisis y contratos temporales era un regalo. Quizá por eso había dejado de inscribirse a ofertas de InfoJobs y ser camarero le atraía más que ejercer la abogacía. Además, las propinas y los números de teléfono que le anotaban en servilletas suponían un aliciente para alguien que, en sus propias palabras, no cumplía los requisitos de un novio formal.
—¿Mañana libras? —pregunté con la esperanza de llenar mi agenda y evadirme de la realidad.
—Doblo. De una a cinco y de ocho a doce.
—Genial —suspiré. Me esperaba un domingo jodido.
—¿Todavía no ha empezado el partido? —Echó un vistazo al reloj y se secó el sudor de la frente con el antebrazo.
Estábamos a principios de septiembre y seguía haciendo el mismo calor que en agosto. El aire acondicionado del local paliaba las altas temperaturas, pero dormir en Barcelona sin ventilador era una tortura. Al igual que hacer trasbordo por los pasillos del tren o calentar un plato precocinado en el microondas. Recortarme la perilla días atrás y mojarme el pelo antes de salir servía de poco, en un pestañeo mi flequillo despeinado volvía a estar seco.
Me había propuesto ahorrar, lo cual se traducía en no usar la tarjeta T-10 a menos que fuera a recorrer una distancia considerable. Los surcos bajo las axilas en mi camiseta de algodón gris eran la prueba del trayecto a pie desde Plaza España. Tiré del tejano, que me llegaba por las rodillas, y me recosté contra el respaldo.
—Faltan cinco minutos, impaciente —reprendí.
Eloi tenía un doble rasero para medir el tiempo. Se quitaba las zapatillas sin desatar los cordones con el objetivo de no perder segundos al día siguiente, y se duchaba con música para advertir que más de cinco canciones equivalían a mucha agua. Solía ir apurado. Si no había llegado tarde aquella noche, era porque ya estaba allí. Sin embargo, la puntualidad de los partidos era algo crucial para él.
Por lo que a mí respectaba, hacía años que el fútbol no me interesaba, desde que mi padre murió y la tradición de sofá, pizza y bufanda del Barça se guardó en un cajón con sus recuerdos. Me enteré por el programa Salvados de que Iniesta se había mudado a Japón, y poco me importaba que Puyol se hubiera retirado. Enzarzarme en una de esas discusiones sobre si Messi era mejor que Ronaldo quedaba atrás, en aquella adolescencia que sabía al «Dream Team» de Guardiola, a celebraciones en Canaletas y a veranos siguiendo los éxitos de «La Roja».
No obstante, la magia del deporte no se hallaba en los resultados, sino en aquellos instantes que te brindaba junto a tus seres queridos. Mi mejor amigo era consciente de ello, y usaba las citas deportivas como excusa para sacarme del ático y emborracharme hasta que le contase mi verdadero
problema. Nada de bufar por las obras de los vecinos, las goteras del salón o que me hubieran subido el alquiler ciento cincuenta euros y llevase una temporada en el paro.
Eloi se llevó la jarra a los labios y bebió un trago largo de su cerveza.
La espuma le tiñó la zona del bigote.
—Todo eso son añadidos, Joel —dictaminó—. Tu cara de estreñido tiene nombre y apellidos.
Vega Reyes Hernando. La morena de mirada caramelo con la que llevaba quince meses saliendo y me ayudaba a olvidar el drama de ser un autónomo mal pagado, sustituyendo las cifras de las facturas por los lunares de su espalda. Locura. Idas y venidas. Ese huracán que desordena tu desorden y te enseña lo que creías perdido: que tu valía como individuo no la dictan las circunstancias, que tus logros profesionales no te definen.
Habíamos sido una noche de San Juan saltando hogueras en la playa, cenas de chino a domicilio para comer en la cama antes de comernos nosotros, baños compartidos de orgasmos y risas.
Hasta que Vega y yo nos convertimos en algo distinto.
Una relación abierta que había aceptado por miedo a perderla. Ella pasaba los fines de semana arrasando por locales de ambiente y gastaba los lunes de resaca en mi piso, reiterando que darle alas hacía que me quisiera más. Aunque yo solo sentía que me utilizaba, que un pez no precisa salir del agua para respirar ni un pájaro sobrevive en las profundidades.
—No nos hemos reunido para regodearnos en la mierda —increpé por encima del rumor de los aficionados. Los jugadores ya estaban en el campo y uno de los equipos acababa de marcar gol, aunque no lograba ver el numerito de la esquina superior de la pantalla.
—¿Te estás quedando ciego a los veintisiete? —se mofó Eloi, y sus ojos pardos se iluminaron.
—No me he puesto las lentillas.
Y no planeaba hacerlo en un futuro próximo. Con las gafas para leer y conducir sobrevivía, pese a haberlas dejado en la encimera convenciéndome de que no las necesitaba para tomar algo y pasear de vuelta hasta la buhardilla.
—Va a ir bien, no te preocupes más. —Mi amigo me dio una palmada en la espalda—. ¿Estás así por el trabajo?
—Supongo —admití.
—Vas a ser un profesor enrollado, como los del IES Magarid.
Eloi y yo nos conocíamos desde primaria. Gracias a él había aprobado la ESO dándole el cambiazo a algún examen y aguzando la vista en los tipos test. Me había aplicado en bachillerato, lo justo para aprobar selectividad y estudiar Diseño Gráfico. Durante la carrera había descubierto mi vocación y había sustituido pasividad por compromiso y entrega. Aun así, resultaba paradójico que fuera a dar clases en un instituto. Yo, el precursor de las chuletas microscópicas en la tapa de la calculadora científica, el que había sobornado a compañeros de otras clases para que le pasaran las preguntas de los exámenes.
—No duraré demasiado —sentencié con un deje de pavor. Quizá debido a las noticias que había leído en Twitter sobre alumnos que pinchaban ruedas y amenazaban a sus profesores. Quizá porque la docencia implicaba renunciar a mi sueño de engrosar el portafolio y trabajar para agencias de publicidad. Pero el ego no pagaba el alquiler; el contrato de un año, sí.
—Por tu nuevo empleo. —Eloi elevó la cerveza para brindar—. Por que el seguro te cubra los retrovisores del Seat.
—Te odio —cuchicheé.
—Mira el lado positivo, hace varias semanas ibas a venderlo.
—Y puede que, dentro de varias semanas, vuelva a estar en la cola del paro.
—Te conozco, Joel, no eres de los que se rinden.
—Tampoco soy profesor.
—No se trata de lo que haces, sino de por qué lo haces. Esto es provisional, un trabajo que te salvará el culo hasta junio.
—Un curso —recalqué.
—Después podrás buscar otra cosa.
No respondí. La vida me había enseñado que buscar y encontrar no iban de la mano. Horas después me daría una nueva lección: cuando no esperas nada, sucede. Lo impensable. Aquello en lo que no confías. Las
malas ideas que se vuelven jodidamente tentadoras. Pero dentro del Hamlet, con el murmullo de los comensales que se animaban a la tercera bebida, un partido que ambos equipos perdieron estrepitosamente y Eloi sonriéndole a una chica sentada a un par mesas de nosotros, no tenía la menor idea de lo que el destino me deparaba.
Me quedé en el local hasta la una y media. Ayudé a pasarle un trapo húmedo a las mesas y salí para enfrentarme al tortazo del clima después de negarme a que Eloi me acercase en coche. Necesitaba reflexionar en el exterior para que el aire arrastrase mis tribulaciones lejos, para que las bocanadas que soltaba no me persiguieran hasta casa y el cielo me diese un mapa de constelaciones que seguir, y así librarme de la frustración laboral, la irrisoria cantidad que había en mi cuenta corriente y los «¿con quién diablos estará ahora Vega?».
Entonces vi a Atena. Caminando a unos metros delante de mí, melena rubia cayendo por los hombros con gracia, algo encrespada. Iba enfundada en un peto vaquero, un top de rayas horizontales y botines de tacón que debían estar asándole los pies, además de provocarle un dolor del que ella misma se quejaba.
—No vuelvo a hacerte caso nunca, tus zapatos son una tortura —le replicó la voz rasgada de Atena a su amiga.
—O te arreglas o no entras en la discoteca —sentenció la morena de coleta alta y mono de tirantes negro que la sujetaba del brazo—. Son las normas.
—Las normas de una sociedad sexista, Isolda.
—Por favor, ahora no... Saca la T-10 y acelera el paso.
—Espera. —Atena hurgó en el monedero, en la funda del móvil y en cada centímetro del clutch de purpurina—. Mierda, no la encuentro.
—Estupendo —masculló Isolda con amargura—. Nos hemos gastado el dinero del taxi en chupitos. Cuando te he dicho que le pusieras ojitos al camarero, iba en serio. Esos eran mis últimos veinte euros del mes.
—Es preferible no salir antes que sonreírle a ese baboso...
Le soltó un discurso a su amiga, uno que empezó con el lema «si no pagas, eres tú el producto que están vendiendo». Se recostaron en la fachada para mecer los monederos vacíos como si esperasen que el
movimiento crease billetes, sin reparar en la presencia de un imbécil que enfilaba la calle tambaleándose cual peonza. El hombre, que dejaba un rastro de humo y zigzagueaba a la espera de terminarse el cigarrillo para meterse en un portal, les dedicó una inspección lasciva. No se cortó, emitiendo un silbido que en su estado de ebriedad equivalía a un piropo, mientras que en el contexto de dos chicas volviendo de madrugada, era una amenaza implícita.
—¿Lo habéis pasado bien? —El tipo le dio una calada honda a la colilla.
Lo contemplé como lo estarían haciendo ellas, barajando si el metro setenta, los noventa kilos y los brazos de gimnasio podrían alzarlas del suelo. Los pasos de Atena e Isolda se tornaron indecisos, titubeantes.
Estaban muertas de miedo y no era para menos, las agresiones y desapariciones protagonizaban telediarios, portadas de periódicos y publicaciones destacadas en redes sociales. Ser mujer era sinónimo de debilidad.
Atena se giró con disimulo para escrutar la acera y me atisbó con el ceño fruncido. Bajo la luz de las farolas, sus ojos oscilaban entre canela y verde, cargados de reproche y pavor. No quería ser guerrera ni carne de cañón, solo una chica que recordaría esa noche por lo bien que se lo había pasado, y no por la taquicardia de vuelta a casa.
Me detuve para guardar las distancias, señal de que no estaba persiguiéndolas, hasta que el borracho se acercó a ellas balbuceando frases ininteligibles y agarró la cadena del bolso de Isolda. La morena, asustada, se zafó del complemento y echó a correr junto a Atena.
En ocho zancadas llegué hasta el bolso y recogí el pintalabios, el monedero, los pañuelos de papel y el teléfono que yacían abandonados a su suerte sobre los adoquines.
—¿Qué pretendes? —le espeté al tipo, que se pasaba la palma por la cabeza rapada y apagaba la colilla contra la pared.
—Yo no...
—¿Tú qué? —Tragué saliva. Notaba las pulsaciones aceleradas, la ira era mi única respuesta ante aquellos que empleaban su posición de poder para atemorizar.
—Solo quería...
No completó la oración ni yo esperé a que lo hiciera, atravesé la calle y busqué a las chicas, quitándome el pensamiento de partirle la cara a aquel imbécil. Las hallé a veinte metros, frente a la puerta de un bar que aún no había cerrado. Cabizbajas, temblorosas, con la respiración agitada.
—Se te ha caído —dije entregándole el bolso a Isolda.
—No se me ha caído —rectificó desafiante.
—Lo sé. —Saqué mi T-10 de la cartera y se la ofrecí.
—¿Qué quieres a cambio? —Me dedicó una mueca de desprecio.
—Que lleguéis de una pieza a casa —repuse. Estiré el brazo sin acercarme, tratando de no intimidarlas.
Atena se aproximó, aceptó la tarjeta y musitó un «gracias» moviendo los labios. Su mirada, delineada con sombra y lápiz negros, brillaba. La sonrisa le rellenó los pómulos y sus rasgos dulces me sorprendieron, totalmente opuestos a la mordacidad con la que exponía sus alegatos.
No sentí una ráfaga de electricidad, el tiempo no se detuvo ni nuestros dedos se rozaron en un contacto que me estremeció de pies a cabeza. Ni siquiera le respondí, solo la observé alejarse unos pasos hasta que ella e Isolda desaparecieron por la entrada del metro. Ajeno a que mi vida se había complicado con aquel pequeño gesto altruista, avancé en dirección contraria.
Aquella noche yo pensaba en otra persona y ella en que ningún idiota las molestase en el trayecto de vuelta. No sabía que Atena era valiente encarando a quienes se propasaban mientras bailaba con su mejor amiga, pero que se hacía diminuta en un hogar que la oprimía. Desconocía lo obstinada que llegaba a ser y lo fácil que resultaba para ella luchar por lo que se proponía. En los meses siguientes, odiaría y adoraría por igual su osadía, ansiando poseer yo una poca. Pero no llegué a advertirlo aquella madrugada. No adiviné que acababa de tropezar con mi talón de Aquiles, con la chica del violín negro, los exámenes en blanco y las letras de canciones que clamaban lo que no nos atreveríamos a decir. La muchacha que diferenciaría entre renunciar y elegir.
Una consonante la separaba de la ciudad griega, una vocal de la diosa.
Y pese a no interesarle la mitología, personificaba justicia y guerra a la perfección.
Entre nosotros se interponía un abismo de ocho años, pero compartíamos esa juventud que muchos tachaban de indecisión. Ese carácter aventurero que nos obligaba a perseguir oportunidades, modificar anhelos o adaptarnos a situaciones que aniquilaban sueños. No lo supe ver, tuve que asimilarlo conforme sucedía hasta comprender que los problemas a los que se enfrenta cada generación son más similares de lo que creemos.
Pese a la edad, algunos no dejamos de ser jóvenes nunca.
OceanofPDF.com