Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 68
Joel
Ese lunes no quedaba nadie en la sala de profesores, pasaban las seis, y el paisaje que se vislumbraba a través de la ventana era de un azul eléctrico salpicado por las copas de los árboles. Suspiré, fijando la vista por enésima vez en el ejercicio que estaba corrigiendo, con la mente muy lejos de allí. Y
casi intuyendo mi dispersión, las notas de un violín se colaron por el burlete de la puerta y me erizaron el vello. Era ella hablándome a través de las cuerdas, y no tuve más remedio que ponerme en pie y subir las escaleras hasta el tercer piso, coger aire y colarme en el aula de música, sin hacer ruido, para no interrumpirla.
Sabía que el director estaba en la planta baja y que no era aconsejable hacer aquello. Pero lo hice igualmente.
Contemplé su figura, la melena rubia cayendo desordenada como una cascada por la espalda, la tela del jersey borgoña que se había remangado y le quedaba holgado, cubriendo el inicio de los vaqueros ajustados con pequeños cortes deshilachados a la altura de las rodillas.
Ojalá hubiera podido congelar ese instante en el que Atena todavía no había advertido mi presencia y solo estaba ella, con su música.
Quise vestirme con cada compás, envolverme en su pentagrama y que su mirada se enredase en mí mientras sopesaba si era mejor arroparnos en el silencio o callarnos con el roce de nuestras bocas. Todavía hoy, al recordarlo, mi corazón brinca frenético y mis palmas sudan como las de un adolescente que se aproxima a la chica que le gusta por primera vez.
Fue el ruido de mis suelas el que la puso sobre aviso, o mi garganta tragando saliva, la percusión de mis pulsaciones o ese halo intangible que nos unía en un círculo de fuego del que resultaba imposible escapar. Atena
ladeó la cabeza, buscándome, y yo ya estaba allí, con el mentón recostado en el hueco de su hombro.
—No pares de tocar —imploré en un susurro.
Mi aliento activó su piel y sentí el respingo cuando recorrí rutas imaginarias sobre su cuello con la punta de la nariz. Entonces la besé encima de la clavícula, con los labios entreabiertos y mi respiración anidando en sus poros. El brazo que blandía el arco perdió fuerza, puede que sus piernas fallaran y un jadeo escapase de sus entrañas. Pero lo único que oí yo fue una nota desafinada, extraña, un sonido estridente que no tenía nombre. Quizá error. Quizá nosotros. Porque era singular, casual, inercia, todo lo que aquel violín anhelaba decir y no podía.
Le coloqué bien el cuello del jersey, hundí la barbilla en su hombro y me quedé allí, sujetando su espalda en mi pecho, abrazándola mientras la proximidad se traducía en una melodía aturullada sin precisión.
Sus dedos hicieron malabarismos por las cuerdas y cada nota que emitía se transformó en un sonido ensordecedor que me hacía partícipe del presente. Los vibratos más tímidos eran un bálsamo curativo ante los días que nos quedaban separados, y alargaban las manecillas del reloj hasta que ese instante rozaba la eternidad.
De allí ninguno de los dos podía huir. Del ahora. De la canción que llevaba nuestros nombres. De las emociones que anidaban hondo, muy hondo, donde ni la piel camufla lo que sientes.
—Tocas jodidamente bien —musité.
—Son solo estudios para calentar —explicó con la voz ronca.
—Son arte. —El «tú eres arte» se me quedó atascado, temblando entre la emoción y el deseo.
Aquellos fragmentos que reproducía de memoria, de los que no llegué a indagar título ni compositor, rasgaron mis vísceras poco a poco. Si alguien llevaba las riendas, era Atena. Ella me enseñó que renunciar a la prudencia no era una opción. Nos habíamos elegido de manera inconsciente y no había números que pudieran tambalearnos.
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