Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 75
Atena
Cuando llegó el día de selectividad, estaba tan cansada de estudiar que los nervios se evaporaron nada más pisar el campus de la Universidad Politécnica. El reloj aún no marcaba las ocho y la brisa matinal mecía los árboles y briznas de hierba de las explanadas rectangulares que separaban los edificios de cada facultad.
Nos recostamos en un bordillo y nos mantuvimos en silencio mientras apurábamos hasta el último segundo. Las bailarinas hojearon libros de texto en el suelo, con las piernas abiertas en un ángulo de ochenta grados. Xavier leyó en voz baja un tema de Filosofía, y Sam se puso los auriculares para relajarse.
Yo guardé la libreta con esquemas dentro de la mochila y me propuse vaciar la mente, obviando a los grupos de otros institutos que se agolpaban a nuestro alrededor.
—Ya casi es la hora —informó Dídac apagando una de sus alarmas del móvil, pero solo los del artístico le hicimos caso.
Sorteamos a los corrillos de letras y ciencias, e hicimos cola frente al acceso principal. Cuando abrieron la puerta y entramos uno a uno en el aula, Virginia y el director, que nos habían acompañado en metro, se marcharon a tomar un café.
Me acomodé en un asiento de la cuarta fila, dejando dos lugares libres entre Dídac y yo, y escuché las indicaciones del profesor asignado antes de pegar mi código de barras en el primer folio. Una vez bajé la vista al papel, las manecillas del reloj multiplicaron su velocidad y me zambullí en los tres años de conceptos y apuntes que me habían conducido a ese momento. No necesitaba aprobar para entrar en el Conservatorio y, aun así, anhelaba
hacerlo. Para demostrarme que había superado cada obstáculo, que ni la separación de mis padres ni los problemas de Víctor con la bebida iban a dictaminar qué sería de mí.
Ese día, Atena Beltrán era mucho más que una etiqueta sin nombre.
Me sentía preparada y expectante, sosteniendo un bolígrafo con la misma soltura con la que balanceaba el arco contra el violín. La música que siempre me acompañaba se tornó un rumor bajito para facilitar que el temario fluyese del cerebro a la hoja.
Aquellas horas fueron un viaje catártico en el que no calculé los puntos que podría sacar de cada ejercicio ni me distraje a medida que mis compañeros entregaban sus exámenes o resoplaban haciendo malabarismos con lápices entre los dedos. Me aislé en una burbuja en la que solo existía yo, y supe que hacer selectividad no marcaría un antes y un después en mi rumbo, no como los alumnos que pretendían entrar en Medicina, Publicidad o Ingeniería. Pero también interioricé que cada acción a la que te enfrentas te enseña algo de ti mismo, y superar bachillerato me despojaba de los «no vales para los estudios», «te falta constancia para terminar las cosas» y
«solo se te da bien tocar un instrumento».
Para mí acababa y empezaba una etapa con el final de ese curso. Allí, volcando en hojas las enseñanzas que tanto me había esforzado por asimilar, entendí que el verbo «querer» siempre supera a los «no puedo».
Pese a que las pruebas de Lenguas y Literatura me salieron decentes, en Inglés detecté frases sin sujeto y varios conectores inventados al revisar mi ensayo sobre el ecologismo antes de entregarlo. Salí de Historia con dolor en la muñeca de tanto escribir, y me presenté a Filosofía como específica para subir nota, aunque el examen que más disfruté fue el de Fundamentos del Arte.
Volví a recorrer las calles de Barcelona y cada fotografía mental de su arquitectura, sus museos y exposiciones. Evoqué aquellas lecciones en las que Joel se había desvivido por transmitirnos los enigmas de cada obra y las historias que las dotaban de significado y despertarían nuestra atención.
Viajé por cada época, rescaté sus rasgos característicos y realicé el examen más sencillo de mis años como estudiante.
Ahí estaba la clave de todo: basta con experimentar algo para no olvidarlo nunca. Las clases de Joel nos lo habían inculcado.
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