Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 80
Atena
Nuestro segundo día en París inició con croissants recién horneados y un recorrido por las obras impresionistas del Museo de Orsay, situado en la antigua estación de trenes. Tras contemplar lienzos de Monet, Degas, Renoir y Cézanne, hicimos una sesión de fotos desde el observatorio Tour Montparnasse. El rascacielos nos brindó panorámicas conmovedoras del corazón de la ciudad, y Minerva volvió a ejercer de fotógrafa, retratándonos con el Panteón y el Palacio de los Inválidos.
—Mierda, me estoy quedando sin batería —se lamentó Sam cuando nos sentamos en el Campo de Marte, al mediodía.
La explanada verde ofrecía unas vistas increíbles de la Torre Eiffel.
Multitud de familias extendían sus mantas y gozaban de pícnics, juegos de mesa y lecturas absorbentes bajo un firmamento celeste. Pese a que las temperaturas rondaban los treinta grados, corría una brisa agradable.
—Si no hubieras estado media hora conectado al wifi enviándoles vídeos a tus padres... —replicó Dídac dándole una patada amistosa en la espinilla.
—Soy idiota. ¿Alguien tiene una batería externa de sobra?
—Te presto el mío —ofreció el rubio entregándole su teléfono.
—¿Me haces una foto así? —Sam abarcó la Torre Eiffel con pulgar e índice, aprovechando la perspectiva para simular que la tenía entre los dedos.
Román y Joel aparecieron con la compra de un supermercado de los alrededores: sándwiches de pavo rebajados por su fecha de caducidad cercana, botellas de agua fresca y bolsas de patatas para compartir. De postre, macarons.
—Es la una —rio Xavi sacando su bocadillo del envoltorio—. Cada día comemos antes.
—Mejor, así visitaremos más sitios —puntualizó Minerva—. A las seis cierran todos los museos.
—¿Os apetece acercarnos a la Torre Eiffel cuando acabemos? —
preguntó Joel leyendo en las notas del móvil la lista de lugares pendientes
—. Si no hacemos cola para subir hasta arriba, nos dará tiempo de ver otras cosas. ¿Preferís pasar la tarde en las Catacumbas o en el Palacio de Versalles?
—Versalles está lejos. —Román bufó como un niño de cinco años al consultar el mapa.
—¡Versalles, Versalles! —exclamaron las bailarinas, y la democracia a mano alzada votó por subir a un tren y cumplirles el deseo.
Después de comer, nos relajamos en el césped. Algunos, como Dídac y Diana, sucumbieron a una breve siesta. Joel se estiró con los brazos bajo la cabeza, la camiseta de algodón le dejaba al descubierto unos centímetros de piel del abdomen.
Me quité las sandalias para que la hierba me acariciase la planta de los pies, y no me importó que la tierra ensuciase la parte trasera de mi vestido de tulipanes. Felisa se dedicó a idear peinados creativos: dos moñitos para Olaya, una coleta de burbujas para Diana y una trenza diadema para mí.
El estridente tono de llamada de Román rompió la paz del momento, y el profesor de Literatura se levantó malhumorado antes de responder.
Nos miramos entre nosotros y suspiramos. Si creíamos que el director iba a darse por vencido en su empeño de controlar aquel viaje, estábamos muy equivocados. Asignar a su ojito derecho como acompañante de Joel evidenciaba lo poco que confiaba en su nuevo docente. Nuestras sospechas se confirmaban cada vez que Román se apartaba con sigilo para dar parte al Valancós de lo que estaba aconteciendo en territorio francés.
—Cuando reciba la factura se enterará de que las llamadas al extranjero salen un pelín caras —susurró Sam para que solo unos pocos pudiéramos escucharlo.
—¿Alguien se apunta a jugar? —Xavi agitó su botella de agua vacía.
—¿Tan desesperado estás por darnos un beso? —se burlaron las bailarinas al unísono.
—Es por hacer algo. —Se encogió de hombros con las orejas muy rojas—. Sin besos, tipo el escape room que hicimos a finales de curso... —
Apoyó la barbilla sobre las rodillas—. La ruleta de arte. A quien le toque, responde una pregunta de la asignatura, o una comprometida.
—Esto va a ser supermaduro —ironizó Minerva con el ceño fruncido.
Nos incorporamos e hicimos un círculo con la botella en el centro, aunque no llegamos a hacerla girar ni una sola vez. Uno por uno tomamos la palabra para abrirnos a nuestros compañeros de viaje. Contra todo pronóstico, Dídac fue el primero. Pronunciando una frase escueta a media voz, salió del armario y clavó la vista en la punta de sus zapatillas de lentejuelas. Su secreto nos valió un abrazo colectivo, tras el cual Sam admitió haberse pillado por todas las chicas de clase en algún momento, incluso por Minerva.
—¿En serio? —preguntó la delegada con incredulidad—. Pensaba que el odio era mutuo.
—No sé, tiene su punto que me lleves la contraria —reconoció él.
La naturalidad con la que Dídac y Sam expusieron aquello que habían cargado a cuestas nos empujó a imitarlos. Uno a uno, sin escudarnos en las directrices de un plástico apuntándonos, fuimos confesando algo.
—Sin vosotros no estaría aquí, literalmente —dije sin reparos—.
Hemos tenido muchos problemas en casa y estas vacaciones son un lujo que no hubiera podido permitirme sin el esfuerzo que hicimos juntos.
—Se acabó tanta cursilería —gruñó Minerva—. No os imagináis las ganas que tengo de empezar la universidad y dejar de escucharos a todas horas. —Repasó nuestros rostros con detenimiento antes de sonreír—. Pero este viaje está siendo bueno, por muy pesados que seáis.
Le dedicamos una carcajada honesta que se extinguió con el semblante pálido de Ruth.
—Allá va mi bomba: he suspendido selectividad.
—Aún no lo sabes —la consoló Felisa.
—Estaba muerta de miedo y me bloqueé —explicó—. No conseguía recordar nada. Entregué los exámenes de Literatura, Historia y Fundamentos del Arte en blanco. Sé que no es un gran drama y que no necesitaba la nota para entrar en el Conservatorio de Danza, pero me había esforzado y da rabia.
—Teníais mucha presión —la animó Joel—. Un examen no marca el rumbo de vuestras vidas ni define quienes sois.
—¿Qué hay de ti, Joel? ¿Eras buen estudiante? —inquirió Sam con un mohín divertido—. Cuéntanos algo de tu adolescencia.
—Vivía en una montaña rusa —contestó él, tirando del tejido vaquero que le apretaba las rodillas—. Este curso ha sido similar a aquella época, moviéndome a ciegas, frustrado. Cuando acepté el trabajo, sentí que fracasaba por cambiar de dirección en mi carrera. Como ya os conté a inicios de curso, estudié Diseño Gráfico, pero no me fue demasiado bien.
Desde contratos en prácticas no remuneradas hasta temporadas de autónomo en las que pagaba más de los ingresos netos que me quedaban a fin de mes. A principios de septiembre salía de una relación agotadora y conocí a alguien con quien quería estar, aunque no debía. —Se rascó el mentón—. Lo que pretendo decir es que la vida da muchas vueltas. A veces os sentiréis perdidos, os preguntaréis por qué suceden ciertas cosas, dudaréis de vuestras elecciones. Es inevitable, y lo único que podréis hacer es seguir dando pasos al frente. Nadie que se haya rendido ha llegado a un destino que merece la pena y, creedme, vosotros la merecéis. Habéis convertido una profesión que repudiaba en algo a lo que me gustaría dedicarme si el director no rescinde mi contrato por todas las normas que me estoy saltando...
—Podrías haberte dedicado a ser modelo —musitó Olaya—. Tienes una cara bastante perfecta.
Felisa le dio un codazo y su amiga se calló al instante.
—¿Se lo damos ahora? —sugirió Xavi.
—Claro, vamos a vomitar arcoíris —coincidió Minerva con sarcasmo.
—Para ti —anuncié sacando varios paquetitos de la mochila y poniéndolos sobre sus manos—. Un detalle de los alumnos de bachillerato artístico.
—Gracias, chicos —declaró emocionado al abrirlos y ver los dos bolígrafos del Louvre y una agenda de Van Gogh que habíamos comprado en la librería del Orsay esa mañana—. Gracias por estos meses creciendo a vuestro lado.
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