Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 19 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 16

Joel

Dos pizzas hawaianas, cerveza fría y Eloi y yo apalancados en el sofá, sin zapatos, notando las cosquillas de la alfombra en la planta de los pies. Ese era el plan del sábado por la noche.

—Siéntete afortunado —bromeó mi amigo—, he rechazado una cita prometedora para estar contigo. Y ya sabes que mi tío no me da muchos fines de semana libres.

—Vete si quieres, pero la comida se queda. —Mordisqueé la porción que tenía en la mano y noté cómo la harina de la base me teñía la barba.

—¿Vamos a hablar de lo que te preocupa, o hacemos como siempre y lo apartamos a un lado hasta que explotes?

—Nos acabamos la pizza y charlamos —prometí.

Mastiqué pausadamente, digiriendo la situación.

Llevaba dos semanas trabajando en el IES Valancós y se me antojaban dos siglos. Cada clase, en lugar de mejorar, confirmaba mi poca madera de docente. Y no es que estuviera acostumbrado a que las cosas resultasen fáciles. Más bien al contrario, pero echaba de menos a las musas, mi anhelada inspiración se hacía de rogar. En lugar de salir corriendo hacia el ordenador o anotar una idea de madrugada, me hallaba sumido en la frustración previa al eureka.

Cogí aire y lo solté despacio, mucho más cómodo con una simple camiseta ancha y vaqueros que con las camisas y pantalones de vestir que usaba de disfraz en el instituto. La mesa del profesor era mi escudo, la barrera que me separaba de los alumnos, un muro infranqueable. No podía culparlos a todos ellos de aquella desidia generalizada, así que me atribuía la responsabilidad a mí. Me sentía inferior. Patético. Incapaz. Por ocupar un

puesto que no era mi vocación, por no llegar a los chavales que fijaban la vista en obras de arte como quien ve un jeroglífico que jamás descifrará. La baza de ser el más joven del claustro no me convertía en aliado y, si había un sentimiento que despertaba en aquellos estudiantes, era la indiferencia.

Quizá porque no puedes impresionar a nadie cuando te estás defraudando, y eso ellos lo percibían, pese a los trajes, el tono autoritario y mi ímpetu en que me entregasen sus resúmenes semanales para asegurarme de que estaban entendiendo mis discursos ininteligibles y que no iban a suspender selectividad por mi torpeza explicando el temario. Quizá no era el más indicado para inculcar nada si había acabado allí de rebote. Por una crisis. Por un alquiler. Por una rutina en la que el dinero pesaba más que mis cualidades.

—En serio, Joel, descansa el cerebro un poco —me alertó mi amigo—.

Oigo tus pensamientos.

—¿Otra cerveza? —ofrecí, y me puse en pie antes de que me diera una respuesta.

Regresé al sofá con dos latas frías y bajé la tapa del cartón para cubrir los restos de mi pizza. No pronuncié más que monosílabos hasta que me acabé la segunda Moritz, fuimos a un veinticuatro horas a por refuerzos, y el alivio momentáneo de la compañía de Eloi mitigó mi pesimismo.

—¿Te ha tocado un grupo malo? —Me apuntó a la sien con los dedos índice y medio antes de simular que me disparaba. Sopló el gatillo y me provocó una risa ronca.

—Los de la optativa no dan problemas, y los de bachillerato son buenos chicos. A excepción de una estudiante que me la tiene jurada.

—¿La delegada sabelotodo a la que haces leer en alto o la que te besó y ahora te odia?

Resumido así, con humor, parecía menos intenso. Le di un golpe en el brazo con el puño cerrado y Eloi se contuvo para no devolvérmelo el doble de fuerte.

—Minerva, una alumna brillante que tiene razón en cada palabra que dice, solo que lo expresa en un tono acusatorio que me saca de quicio.

—Suspéndela. —Se llevó la Moritz a los labios y bebió un trago largo.

—Si suspendo a la mejor, ¿qué hago con el resto?

—Pues bájale la nota como toque de atención.

—Pretendo motivar, no amenazar.

—Con nosotros era lo único que funcionaba. Los «estudia o acabarás siendo reponedor o camionero como tu padre», y los «sois el peor curso que me ha tocado en los quince años que llevo enseñando» —imitó la voz estridente de nuestra tutora.

—Que fuera lo único que sabían hacer nuestros profesores no implica que estuviera bien —repuse—. No voy a repetir los errores que cometieron conmigo. Además, ya no funcionan esos trucos baratos. Cualquiera se conformará con encontrar trabajo, de lo que sea. Y no es justo hundir a las generaciones mejor preparadas de España. Ya lo harán sus jefes cuando los contraten como becarios a los treinta o tengan que largarse a Londres para cuidar niños o servir hamburguesas en un McDonald’s.

—No sé, Joel... Te quedas sin opciones.

—Quiero inspirarles.

—¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!

—Si se me ocurriera cómo hacerlo... —lamenté.

Le narré las últimas clases: ojos fijos en los móviles que escondían en el cajón bajo el pupitre, las entregas escuetas de Samuel, las caras de no entender nada de Diana, Ruth y Xavier, las distracciones de Dídac. Que Felisa me hablase de eventos deportivos en vez de la batalla de Salamina cuando le pregunté por lo que recordaba del Templo de Atenea Niké fue el remate. No estaban comprendiendo nada. Memorizar no les servía. Ni leer, resumir o hacer comentarios de cada arquitectura.

—No te fustigues tanto, Joel. Que quieran ser youtubers o estén obligados a estudiar algo que no les gusta no es tu culpa.

—Me da igual lo que sean si es lo que les hace felices, pero me jodería que se les cerrasen puertas por unas décimas...

—Mírate, eres todo un padrazo —se mofó—. Te preocupas por ellos.

—Navegamos en el mismo barco, tenemos que contribuir para no hundirnos.

—Sigue así, lo estás haciendo mejor que «algunos profesores de verdad» —entrecomilló el término.

—Podría hacerlo mejor.

—Siempre en busca de la perfección. Hacía mucho que no te veía así, con el fuego en la mirada y las ganas de comerte el mundo.

Pero no era por mí, sino por ellos. Algunos tenían claro su futuro; otros, avanzaban de puntillas, tan perdidos como lo había estado yo. Era imposible no empatizar, no desear allanarles el camino y tenderles una mano.

—El fracaso escolar se debe a lo mal que está montado el sistema educativo —afirmé pasadas las doce, tumbado sobre la alfombra, con la cabeza recostada sobre ambos brazos.

—Te has pasado con el alcohol —canturreó Eloi, que también estaba achispado—. Si no puedes dar una clase en condiciones y pretendes derruir los cimientos de la docencia..., suerte con ello. Porque te aviso, amigo, vas a fracasar estrepitosamente.

—Joder, ¿es que no te acuerdas de lo pesadas que se nos hacían las clases? Siguiendo un horario durante meses, con profesores que no nos entendían, encerrados leyendo cosas que jamás veríamos...

—Sé adónde vas, tío —me advirtió.

—Ayúdame.

—La creatividad es tu terreno.

—No me he ganado muy bien la vida con ella.

—Nunca es tarde, pero si ese director es tan conservador, más te vale adornar tus locuras con buenos argumentos para que no te echen.

Se pellizcó el mentón y añadió un par de oraciones más, pero yo ya no le veía. Acababa de tener una idea y, en aquel instante, todo eran fuegos artificiales.

—Espera. —Corté el discurso de Eloi.

Corrí a por el portátil y regresé al salón para teclear sin tregua.

Mi amigo se acomodó entre los cojines del sofá y se durmió. Yo estuve despierto hasta el amanecer, encajando las piezas de un proyecto que iba a defender a capa y espada. Esperaba que mi idea recondujera la dinámica de las clases y que me colocase en la casilla de salida para desempeñar mejor mi trabajo como profesor.

Más tarde, cuando la vorágine se ordenó y di por concluida mi tarea, me apoyé en el alféizar de la ventana para respirar el olor a domingo pausado, con ciclistas madrugadores, el ulular de las aves y la brisa matinal acariciándome el rostro. Me pregunté si provenía de mí aquella calma aparente, y deseé que fuera lunes por la mañana.

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