Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 34
Joel
Era 29 de diciembre. Los cristales del Hamlet estaban teñidos con espray blanco simulando copos de nieve, y del extremo de la barra colgaban lucecitas de colores que parpadeaban con resplandor verde, rojo y azul. El árbol que había decorado junto a mi mejor amigo, un abeto artificial engalanado con bolas doradas y una estrella descomunal en el punto más alto, adornaba la entrada.
Pese a nuestra oposición, el tío de Eloi había colocado un matojo de muérdago con pilas que reproducía villancicos cada vez que alguien abría o cerraba la puerta del local. Lo que al principio le había entusiasmado era, a finales de mes, un fastidio al que denominaba «contaminación acústica».
—¿Quieres un poco de pavo con guarnición? —Eloi me guiñó un ojo y me retorcí en el taburete.
—Ni de coña.
Me había reunido con Irina, Fede y mi madre en Nochebuena y Navidad para tomar la tradicional escudella, los canelones caseros de mi cuñado y un tronco relleno de trufa que me supo a empacho después de la bandeja de polvorones, neulas y turrones. Mi estómago no soportaba más platos copiosos, así que había declinado la invitación de cenar y tomar las uvas en familia.
—Algo ligero entonces. ¿Unas bravas con entrecot? Ayer sobraron costillas... —insistió mi amigo.
—Cierra la boca —rugí por encima de Adeste fideles.
Me di la vuelta por inercia, con la boca dispuesta a verbalizar un comentario sarcástico sobre el muérdago, pero mi risa amarga se transformó en graznidos. Cada concepto se atascó en mi garganta al distinguir a Atena
recorriendo el diminuto pasillo con los ojos esmeralda abrazados por negro.
Brillo de labios. Una elegancia clásica y sencilla, dórica. Con un gorro de lana granate, la bufanda oscura cubriéndole el cuello de la cazadora y los tejanos desteñidos remetidos por los botines.
Mi corazón se saltó un latido que adoptó forma de sonrisa. Una de esas que delata lo que proteges bajo la piel.
—Mierda —espeté recuperando la compostura. ¿Por qué actuaba así?
—¿Qué te pasa? —preguntó Eloi.
—Una de mis alumnas acaba de entrar —disminuí el volumen, aunque el clamor de los comensales ahogaba mi voz.
—¿La rubia?
—Sí.
—Pues ha estado viniendo mucho.
—Genial. —Puse los ojos en blanco—. Es la chica de la que te hablé.
—La alumna con la que te...
—Joder, habla más bajo.
—Así que viene por ti.
—Le mencioné el Hamlet de pasada... Deberías darme las gracias por recomendarte.
—Bueno, tu clientela no me aporta beneficios. Solo toma agua del grifo y me da pena cobrársela. Prepárate. —Le dio un toquecito a la barra
—. Se acerca.
En efecto, dos segundos después se sentó en el sitio libre a mi izquierda, y Eloi se alejó para anotar una tapa en la pizarra de los menús diarios.
—Qué casualidad —saludó Atena, quitándose la chaqueta y alisándose el jersey crudo de lana.
—Seguro —la juzgué.
—Por cierto, felices fiestas. —Buscaba romper el hielo, suavizar la pendiente. Y yo no iba a ponérselo fácil.
—Hay más asientos libres —dictaminé.
—Me gusta este. —Se acomodó con la bufanda y la diminuta mochila sobre el regazo, hundiendo la punta de los dedos en las telas para apaciguar su tensión.
—No está bien.
«No está nada bien, así que échala», me imploré.
—El qué —disimuló.
—Esto. Estar aquí. Juntos. Que nos vean. —«Que nos confundamos, te cuente qué tal me van las cosas, tú me hables de música, tu colonia de vainilla siga atrayéndome y nos metamos en un lío».
—No estamos juntos, hay más gente aquí. Solo vemos una serie —
apuntó a la pantalla plana donde daban una reposición de La que se avecina
— y tomamos algo.
—Tú no tomas nada y yo me marcho —zanjé el tira y afloja.
—¿Tan pronto?
—Tengo cosas que hacer.
—¿Como escuchar mis canciones?
—O restarte décimas por cada post de Instagram que rellenes con música —maticé sin un ápice de humor.
Quería que dejase de hacerlo, que no me diera información sobre ella, sus gustos o lo que deseaba. Porque era lo mismo que yo deseaba y me mataba por dentro. Todo aquello era mi culpa por no guardar las distancias frente a la Fuente Mágica. Por relajarme durante dos canciones. Solo dos.
—¿Eso quiere decir que no te gustan?
—Buenas noches. —Me puse en pie, ella me rodeó la muñeca en un contacto abrasador y se me cayó el alma a los pies—. Atena, no seas cría.
Vi el efecto de mi ataque en su rostro. Había infinidad de cosas que desconocía de ella, pero sabía que no era infantil, insensata ni estúpida.
Infravalorarla, reducirla a una niña, suponía un insulto. Estaba convencido de que aquello la enfadaría, y necesitaba generarle repulsión, rabia, añadirle unos metros a la distancia que nos separaba para edificar murallas que no pudiera trepar.
Me daba por victorioso, no consideré que el orgullo no la guiaba como a mí, que su inteligencia emocional le permitía discernir guiones malos de diálogos veraces.
—No te vayas por mí. —Camufló su desánimo sin éxito.
—No lo hago —repuse. No era solo por ella, sino por los dos.
—¿Lo de siempre? —irrumpió Eloi.
Atena asintió y contempló con ojos brillantes el vaso de agua que le servía mi amigo.
—Quería hablar contigo, Joel —confesó tras dar un sorbo largo—.
Hablar normal, sin formalidades ni el instituto de por medio.
—Eso es lo único que hay entre nosotros —remarqué.
—Pero si lo eliminásemos, habría mucho más.
—Te equivocas.
—Si no fuera así, no tendrías miedo. Lo hablamos, Joel, y te dije que lo comprendía, a medias. Si tu trabajo no estuviera en juego, no huirías.
—No huyo.
—Está bien, entonces siéntate y quítame la razón.
Nos enzarzamos en un duelo que ganó Atena. Perderme en sus ojos era ser un poquito más libre, abandonar la culpabilidad y entrar en su cabeza sin recurrir a los trabajos que entregaba. Su caligrafía no le hacía justicia a los hoyuelos que brotaban en sus mejillas al sonreír ni a esa mirada desafiante, segura, tan suya.
Lo sopesé antes de hacerle caso y ocupar mi taburete a regañadientes.
Eloi se acercó para servirme un plato de arroz a la cubana, huevo frito y dos bistecs de ternera empanados. Me observó cauteloso en busca de un gesto para echar a mi acompañante o rellenarle el vaso.
—Uno igual para ella —le pedí a Eloi, clavando la vista en mi combinado.
—No tengo hambre —refutó Atena.
—Invito yo —aclaré.
—Pero...
—Corre a cuenta de la casa —zanjó mi amigo.
La cena estuvo repleta de inspecciones de soslayo, prudencia y silencios. Uno por cada pulsación exaltada e interrogante que no formulamos. Nuestros codos se rozaron varias veces al partir la carne, y la salsa de tomate asentada en su labio inferior me sacó de mis casillas, pero lo que de verdad me afectó fue la paz que nos envolvía. Una compatibilidad inusitada, la posibilidad de ser posibles, de funcionar.
—¿Qué tal llevas el curso? —se interesó, y yo alcé una ceja.
—¿No debería preguntártelo yo a ti?
—No vas a hacerlo. Además, ambos sabemos que voy a graduarme.
Me estoy esforzando, el año que viene será el de los sueños que se cumplen.
—No te confíes, en mi asignatura tienes un aprobado discreto —me permití bromear.
—Cinco meses —murmuró.
—¿Qué?
—Quedan cinco meses para que deje de ser tu alumna. En julio, cuando te pregunte cómo te ha ido el día, no podrás esquivarme hablando de mis notas.
—Atena...
—Por si te quita el sueño, nos gustan tus clases. Es curioso, ¿verdad?
Que el bloqueo de alguien nos inspire, que de un callejón sin salida surjan tus mejores ideas.
—¿Las mejores?
—Las creaciones más importantes no son las perfectas, las que ganan premios o salen en medios. Son las que tocan a alguien, conmueven, incitan a estudiar para un examen, a perderse por Barcelona retratando arte y a cuestionarte quién eres, qué quieres ser.
—¿Eso consiguen mis clases?
—Sí, por mucho vértigo que dé.
—No me da...
—Descubrir que algo imprevisto saca lo mejor de ti da miedo —me cortó.
Cuando se comió las puntillas del huevo y puso los cubiertos en el plato, su mano persiguió la mía y yo la retiré antes de que las entrelazásemos. Quemaba. Ejercía el efecto de un imán. Era contundente, casi obligado. Apreté la mandíbula y exhalé aire por la nariz.
—¿Por qué actúas así? —me recriminó—. Estamos lejos del instituto, podemos...
—No podemos nada.
—¿Para eso me das esperanzas? —se consternó y en su frente emergieron pliegues de incomprensión.
—¿Esperanzas? —Me había perdido.
—Con las notas que has estado dejándome.
—No sé de qué me hablas.
—Claro que lo sabes. Llevas semanas lanzándome mensajes a través de versos.
—¿Por qué iba a hacer eso? Te lo dije, Atena, no hay un nosotros.
Mi negativa resbaló por su semblante mientras seguía inmersa en los castillos de arena que había creado en su mente. ¿Por eso había ido al Hamlet? ¿Acaso creía que la había citado allí?
—Si no has sido tú... —musitó con un hilo de voz.
—Te aseguro que no he sido yo.
Sus facciones se ensombrecieron y se levantó sin vacilar. Quise detenerla y me obligué a dejarla marchar mientras su fragancia inundaba el ambiente. Abrió la mochila para sacar una agenda, la colocó sobre su silla y me dejó a solas con un «lo siento» murmurado que destilaba vergüenza.
Recordé un artículo que había leído años atrás sobre las esculturas móviles que Tamara Kvesitadze había diseñado en Georgia, la representación de un hombre y una mujer que se miraban a la cara, se besaban y se atravesaban hasta que ambas estructuras de acero se unían para simbolizar el amor. Había analizado el movimiento —que duraba diez minutos— en numerosos vídeos de internet, empapándome de la historia de Ali y Nino, la tragedia de dos personas de religión y cultura distintas a las que no habían permitido estar juntas. Después de unirse, las figuras se daban la espalda en una despedida sin fin.
Pensé que eso era lo que hacíamos Atena y yo, despedirnos a diario.
Quizá por eso no llegábamos a besarnos ni a fundirnos en uno, quizá nuestro afán por desentrañar los secretos del otro nos conducía a mirar en direcciones opuestas.
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