Deja que suene nuestra cancion
Capítulo 61
Atena
Aquella fue la noche en la que menos dormí de toda mi vida. Guardé el rugido del mar, las constelaciones que nos arroparon, y ese beso que Joel dejó sobre la raíz de mi pelo antes de estrecharme para encajar nuestros cuerpos.
Y solo lo sentí a él mientras sus labios me acariciaban algunos mechones y terminaban en mi frente. Percibí las dudas en su mirada cuando sus ojos se clavaron en mi boca. Fue apenas un segundo. Me acerqué más a Joel, hasta quedar cara a cara, y noté cómo su respiración se aceleraba.
—Me alegra que me llamaras —dije para ahuyentar sus fantasmas.
—Y a mí me alegra que hayas venido —respondió.
De madrugada, solos en aquella esquina de la playa, disponíamos de mayor privacidad que nunca. Me incliné muy despacio hasta que mis labios tocaron los suyos y esperé su reacción. No me devolvió el beso, se removió inquieto y cerró los ojos.
—¿Por qué es tan difícil? —lamentó.
—Mírame, Joel.
Me hizo caso y suspiró. Advertí las ganas contenidas, la manera en la que apretaba la mandíbula y la rigidez de cada músculo.
—Si supieras lo que se me pasa por la cabeza ahora mismo...
—Cuéntamelo —le pedí.
Acaricié su mentón y la barba de tres días me hizo cosquillas. Sonreí.
La punta de su dedo índice resbaló por la curva de mi nariz y me calentó las mejillas.
—No estaría bien —admitió.
Trepó hasta mi oreja y sentí un escalofrío agradable.
—Por favor —rogué.
Ya no alcanzaba a escuchar el sonido de las olas. Mi pulso frenético se repetía con eco en mis oídos. Joel tragó saliva, tenso.
—Estoy pensando en lo bien que te sentaba el bikini, y en la pena que me ha dado que volvieras a ponerte tu ropa... En lo mucho que me gusta el escote de tu camiseta. —Dejó caer la mano hasta mi hombro, donde la manga holgada se desbocaba y quedaban al descubierto centímetros de piel que sus dedos recorrieron. Ahogué un gemido y cerré muy fuerte las piernas cuando rebasó la línea de mi clavícula y jugueteó con la costura del sujetador—. Y en lo que me apetece desnudarte, besarte entera y escuchar cómo tienes un orgasmo entre mis brazos.
—Joder, Joel.
—Sí, joder —masculló.
No necesité mayor declaración que aquella. Devoré su boca, y sus labios se entreabrieron al instante para dar cabida a mi lengua. Fue intenso, profundo, abrasador, lo que ambos habíamos anhelado en silencio. El hormigueo en la zona baja de mi vientre creció hasta convertirse en una obsesión. Joel trazó un reguero de besos por mi cuello y me atrapó el lóbulo. Su respiración en el oído me hizo perder la cordura.
—¿Quieres que paremos? —preguntó sin aliento.
—Nunca.
Deslicé hacia abajo la mano que acariciaba su espalda y la descansé en su cadera. Me atreví a descender más aún, rumbo a la cremallera del pantalón. A Joel se le escapó un gruñido al notar mis dedos sobre la tela, y succionó y marcó con los dientes la piel sensible de mi cuello.
—Hazlo otra vez —jadeé.
Su lengua me lamió antes de volver a morderme con suavidad. Coló las manos por debajo de mi camiseta y me desabrochó el cierre del sujetador para masajear mis pechos, sin quitarme la ropa. Mis pezones se endurecieron contra su lengua y pronuncié su nombre desafinado, con la voz rota y una pincelada erótica que nos excitó.
Rodamos por la arena y Joel se colocó encima de mí, entre mis piernas. Enrosqué los brazos a su cuello y lo retuve ahí, buscando la fricción de nuestros cuerpos. Notaba el calor que irradiaba, el peso de su
abdomen y las ráfagas de placer que nos sacudieron cuando empezó a moverse. Hubo millones de besos que me pellizcaron el corazón esa noche, pero ninguno fue comparable a los que compartimos al frotarnos por encima de la ropa, deseando que pudiéramos disfrutar de aquella libertad siempre.
Mis labios perseguían a los suyos hambrientos, desesperados, sin tregua, y Joel tenía los ojos brillantes cada vez que se apartaba de mí para observarme con una sonrisa. Me subió la camiseta y el sujetador desabrochado hasta el cuello, y su boca me lamió los pechos mientras nos mecíamos acompasados al rumor de la playa.
—Te juro que he soñado con esto —susurró.
Y yo le clavé las uñas en la espalda, me arqueé para llegar a sus labios y me retorcí con un orgasmo explosivo.
Joel continuó frotándose un poco más hasta que se echó a un lado, con el pecho agitado y la mirada fija en el cielo. Sin decir nada, le bajé la cremallera del pantalón y le acaricié hasta que lo noté estremecerse.
Volvimos a besarnos. Me pregunté cuánto tardaría en sentir sus labios rozar los míos de nuevo. Y se dejó ir con mi nombre en la boca y su erección entre mis dedos.
Permanecimos una eternidad allí. Abrazados, temblando, felices.
—Buenas noches, Atena —musitó.
Sus yemas delinearon mis labios y los cubrieron con tres dedos antes de depositar un beso casto sobre su propia mano.
Aun así, pese a la barrera, cerré los ojos y moví la boca contra su palma. Mis extremidades tiritaron y mi pecho se transformó en una sucesión de latidos sincronizados a la melodía que escuchaba cada vez que pensaba en él. La banda sonora de los secretos que no se expresan en voz alta, sino con acciones en la distancia y fe ciega en que, si anhelas algo con todas tus fuerzas, sucederá. La de un abrazo que me acunó a la altura de la cintura y me sigue reteniendo en esa playa con el sabor a mar en la piel. La de un «pase lo que pase, siempre podremos regresar a esta madrugada». El juramento de que no importa qué suceda más tarde; si lo has vivido, será tuyo, aunque el cielo se deshaga en tormenta.
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