Deja que suene nuestra cancion

Ester Isel · Capítulo 68 de 100

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Deja que suene nuestra cancion

Capítulo 65

Atena

Al día siguiente, a la hora del recreo, el aula de artístico seguía llena. Los rayos de sol traspasaban las cortinas y mis compañeros se agolpaban en círculo alrededor de la mesa del profesor, ocupada por Minerva y Sam.

Ambos exponían las dos caras de una moneda, pros y contras acerca de planificar un viaje de fin de curso paralelo al de nuestros compañeros de letras y ciencias.

—Virginia y Alonso irán a Tenerife —defendía Minerva con solvencia

—. El director no va a querer que más profesores dejen el instituto para acompañarnos a nosotros. Y sin supervisión adulta no hay viaje, estamos perdiendo el tiempo.

—El director no necesita a nadie —contradijo Sam—. Nos iríamos a finales de junio, justo después de hacer selectividad. En esas fechas no hay clases.

—Pero cierran expedientes, preparan contenidos para el curso siguiente y reparten los ejercicios de refuerzo de verano.

—Minerva, para de fastidiarnos el plan. Si queremos ir a algún sitio, tenemos que intentarlo. —Sam se giró hacia nosotros, que mirábamos de izquierda a derecha como si se tratase de un partido de tenis—. Vamos a votar. ¿Quién dice sí al viaje?

Diana, las bailarinas, Xavier y Dídac alzaron la mano.

—¿Quién cree que es absurdo? —masculló Minerva con el índice hacia arriba, escrutándome en busca de apoyo.

Me abstuve. No tenía dinero y eso me despojaba del privilegio de participar en aquella microdemocracia. Sam aplaudió satisfecho y anotó los nombres de los presentes en un folio.

—Si os parece bien, buscamos destinos y volvemos a reunirnos el jueves —anunció con una sonrisa triunfal.

Dídac se pasó el camino de vuelta a casa parloteando sobre lugares paradisíacos, haciendo listas mentales de la ropa que tenía y la que quería comprarse. «Un bañador decente por si hay piscina en el hotel, camisetas de verano de esta temporada y unas gafas de sol... También algún abrigo, por si elegimos Noruega o Islandia, aunque preferiría un país menos frío». No hizo falta que disimulase mi desidia, él solo se respondía, subía a cada bordillo y se sujetaba a las farolas al más puro estilo Cantando bajo la lluvia.

Estaba totalmente anestesiada, observando a través de una barrera, a una distancia prudencial. Lo cierto es que ni siquiera me detuve a analizar por qué no me ilusionaba salir del barrio tras las tediosas jornadas de estudio que afrontaríamos las siguientes semanas. La Atena de meses atrás, la más ingenua y alocada, habría dado saltos de alegría ante una iniciativa así. Sin embargo, no disponer de medios me obligaba a mantener la cordura. De nada servía una rabieta, lo mejor y más inteligente era no concederme la posibilidad de soñar y asumir que mi sitio estaba en un sótano sombrío, sin rechistar.

Me despedí de Dídac y enfilé la calle Miguel Delibes. Saludé a varias vecinas que charlaban sin prisa en el interior del portal, custodiando la entrada al ascensor, y subí por las escaleras. Cuando llegué al rellano, alcé la vista y me percaté de que no estaba sola. Isolda yacía recostada contra mi puerta vistiendo una camiseta gris, falda vaquera y leggins estampados a juego con el lazo anudado en su pelo.

—¿Qué te pasa? —pregunté al ver sus ojos vidriosos e hinchados.

—Marc me ha dejado —murmuró con mejillas y labios bañados en lágrimas.

Nos abrazamos. O, para ser exactos, ella se abalanzó sobre mí y me rodeó con firmeza, apoyando el peso de su cuerpo en mi pecho. Pasaron varios minutos en los que Isolda gimoteó y yo le acaricié la espalda, tratando de diluir su dolor. Era como en los viejos tiempos, solo que a la inversa. Entonces, ¿por qué nos sentía tan distintas?

—Lo siento —musité, pero no era verdad. Verla así me entristecía sin llegar a enfadarme, sin pretensiones de culpar a Marc o de urdir un plan para que mi amiga se distrajese. Quizá ya no la consideraba amiga.

Espanté esos pensamientos y entramos en casa. Dejé que se acomodase sobre mi cama y fui a la cocina a por agua.

—De verdad que no lo entiendo —se lamentó tras un sorbo largo que le sirvió para contener el sollozo. Me senté a su lado y la escuché con las manos recorriendo la costura interior de mi tejano—. Quedábamos cada tarde, pasaba horas acompañándole en el trabajo, íbamos a sus restaurantes preferidos, la mayoría japoneses... Elegía la película que más le gustaba de la cartelera y las bebidas se reducían a agua, aunque yo me muriese por un refresco con gas. Llevo este corte de pelo estúpido por él, fui a hacérmelo en un arrebato después de que insinuara que me quedaría muchísimo mejor así. Y el sexo era increíble. No había ninguna señal que me advirtiera de que la relación se iba a la mierda.

Mientras Isolda narraba su rutina con Marc, una chispa se encendía en mi interior. Las últimas ocasiones en las que se había presentado en mi puerta era porque tenía un problema que solucionar. Su desencanto con la universidad, la hecatombe que eso desencadenaría en su familia, la ruptura con su primer novio... Nada relacionado conmigo o con nosotras. Solo con ella.

—Ceder y dar el control a alguien no te asegura que vayan a devolvértelo de la misma forma. Estando a tu lado, apoyándote —le comenté. Me refería a Isolda, pero ella estaba demasiado ofuscada para percatarse de mi indirecta.

—Atena, no lo entiendes. He sido la novia perfecta. Por eso no lo comprendo, lo he dado todo.

—Ojalá te hubieras esforzado igual en nuestra amistad. —Mentiría si dijese que una parte de mí no se rompió al pronunciarlo en voz alta. Y, pese a que me sintiera una persona horrible por reprocharle su comportamiento conmigo mientras el corazón se le resquebrajaba por un chico, era el momento. Isolda solo me buscaba si sus planes fallaban. Si esperaba a ser honesta con ella en un futuro, puede que esa conversación no llegase nunca.

—¿A qué viene eso? —Frunció el ceño.

—Estoy cansada de fingir. Me cuesta quedar contigo, no contestas a mis whatsapps ni me llamas. Solo te tengo delante porque Marc ha cortado contigo.

—Te equivocas —rebatió controlando su carácter—. Estoy aquí porque eres mi mejor amiga, la única a la que se lo cuento todo.

—Isolda, hemos sido mejores amigas durante años, pero no en los últimos meses.

—¿Por qué dices eso?

—¿Lo preguntas en serio?

—Sí, lo pregunto en serio —repitió—. Pensaba que podíamos confiar la una en la otra.

—La confianza no se gana por antigüedad, sino a diario —puntualicé conteniendo un suspiro.

—No te entiendo, siempre he estado a tu lado —insistió elevando el tono—. Cuando lo dejaste con Leo, cuando tus padres se separaron, cuando suspendiste, cuando necesitabas una cama en la que dormir mientras Víctor bebía. La noche en la que tu madre puso una foto con su novio en redes sociales, o en ese recital de violín en el que hubieras estado sola de no ser por mí.

Que lo enumerase así, resumiendo el compendio de mis desgracias en puntos que le otorgaban el premio a la chica más solidaria de Barcelona, me hizo daño.

—Pero no en los últimos meses —recalqué—. Has desaparecido.

—Estás siendo injusta.

—Podría callarme, tragarme lo que pienso como llevo tiempo haciendo e ir contigo a merendar. Podría escucharte toda la tarde y reír tus gracias, darte consejos y aceptar que pagues lo que sea o que me regales uno de tus vestidos —expuse al borde del llanto—. Y me sentiría como una mierda sabiendo que ya no eres mi amiga, que interpreto un papel cada vez que abres la boca para soltarme tus líos y te doy un consejo. No tengo ni idea de qué decirte, Isolda, apenas te reconozco.

—No te pones en mi piel. Eres egoísta, Atena. Tú, tú y solo tú. ¿Qué hay de lo que yo necesitaba? Vivir algo diferente, acumular experiencias, avanzar... No puedes atarme como a un perro. Yo sí aprobé, yo sí encontré

el amor, yo sí era feliz.

—¿Eso significa que a mi lado no lo fuiste? ¿Que para tener una vida magnífica tenías que borrarme del mapa?

—¿De verdad quieres una respuesta sincera? —La malicia dominó sus facciones—. Quedar contigo empezaba a hartarme, eres un disco rayado que se atasca en la misma canción. Que te ocurran cosas malas no implica que tengas que regodearte en ellas y arrastrar a quienes te rodean a tu agujero negro.

Pude ponerme a su nivel, recriminar detalles ínfimos, reflotar peleas y verter gasolina para calcinarnos. Opté por masticar el odio en trocitos diminutos y expulsar solo lo bueno.

—Te quiero, Isolda, no solo por las cosas que has hecho por mí, sino por la chica que eras. La que leía el futuro y modificaba las cartas que salían si no le gustaban, porque el destino es el que uno elige. La que se reía de las dietas para entrar en la ropa, tachaba las tallas de las etiquetas pequeñas y escribía corazones en las más grandes. La que tuvo el valor de dejar la carrera y la que podría convertirse en la mujer más fuerte del universo si decidiera ser un planeta y no un satélite. —Me limpié el rabillo de los ojos con el índice, conteniendo la emoción de una despedida anunciada mientras me quitaba su hilo rojo de la muñeca—. Has formado parte de una etapa muy importante, pero pertenece al pasado.

No quería viajar en el tiempo, volver a ser la chica de dieciocho que se acostaba riendo las ocurrencias de Isolda a través del teléfono, o la que corría a su casa con ansiedad, huyendo de un padre alcohólico.

Recordaba a la perfección algo que había dicho la noche en la que ella conoció a Marc y yo a Joel. Tumbadas en su cama, con las copas zarandeando el techo en el que clavamos la vista, había afirmado que no quería enamorarse de alguien que le hiciera ver la vida diferente. «Quiero poner mi corazón en las manos de un chico que no intente modificar cómo veo y siento. Respetar es más romántico que cambiar quién eres por otra persona», había admitido.

Ese discurso se aplicaba a cualquier ámbito, pero si yo le restaba color y ella no era más que una luz intermitente, había que limar, moldear y aplicar modificaciones por ambas partes para alcanzar el punto intermedio.

Y si hacer cambiar a alguien no es amor, tampoco amistad.

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